CRÓNICAS DE UN REPORTERO POLICÍACO
Por René Martínez G.
EL DIPUTADO
No voy a escribir su nombre aquí pues no tiene caso, pero el episodio que vivió este oscuro personaje transcurrió en la década de los años ochenta y causó la sorpresa de toda la ciudadanía mientras que los políticos en turno guardaron silencio absoluto sobre el caso.
Fue en los años en que los asaltos bancarios dejaron de ser cometidos por los delincuentes por parte de los delincuentes, quizá porque se dieron cuenta que las cajeras contaban con poco efectivo para manejar y cuando era superada esta cantidad, de inmediato el dinero era depositado en la caja mediante un sistema a manera de ducto, que además permitía que las cajeras ni siquiera se movieran de su lugar mientras lo realizaban y de esta manera siempre tenían poca cantidad de dinero para manejar en cada caja.
De esto no se hablaba, pero los ladrones se dieron cuenta de una cosa: Asaltar bancos ya no era negocio y dejaron de hacerlo pues no valía la pena pasar alrededor de diez años de prisión en caso de ser detenidos, a cambio de lograr como botín una pequeña cantidad de dinero; los años de cárcel para el delito de robo a mano armada eran muchos y esta medida dio buen resultado.
Al reducirse los atracos bancarios que constantemente eran un distractivo para la policía pues ocurrían a las nueve de la mañana, la hora de apertura de los bancos, ya no hubo trastorno alguno a la actividad mañanera de los oficiales de policía que podían con toda calma planear la hora del almuerzo sin que ningún asaltante de bancos se los interrumpiera.
Y fue en esos días cuando a las primeras horas de la mañana uno de los contactos que yo tenía en la policía uniformada llamó por teléfono para avisarme de un asalto más poco después de las nueve de la mañana, pero que esta vez lograron ubicarlos y los patrulleros y policías de otras corporaciones se hallaban en plena persecución del autor del delito y se radiaban las características del vehículo en que escapaba, pero era seguido muy de cerca por los policías.
No hubo más información de la persecución y hasta la comunicación por radiofrecuencia de la policía fue silenciada. Y precisamente eso fue indicativo para mí de que algo importante estaba ocurriendo pues todos guardaban silencio al respecto por la vía de comunicaciones oficiales.
Mediante el teléfono principié a realizar las llamadas para tratar de indagar lo que ocurría sin que los operadores de radio pudieran darme una orientación sobre el sitio.
Mi intención era la ubicación para dirigirme hacia el lugar y poder capturar imágenes con la cámara de lo que ocurría, pero esto no era posible sin obtener antes la dirección y me encontraba en la frenética labor de hacer llamadas a todos los conocidos tratando de obtener alguna información.
Fue entonces cuando un ruido en una esquina de la sala de redacción llamó mi atención y solté el teléfono. Un compañero que se hallaba en la sección de culturales había entrado corriendo a la sala de redacción vestido aun con su piyama y lo rodeaban sus compañeras de sección que trataban de consolarlo pues se hallaba presa de una crisis nerviosa.
Con voz entrecortada relataba poco a poco una historia increíble que nunca pensó que le ocurriera. El departamento de personas jóvenes que rentaba como vivienda se vio repentinamente rodeado de policías con las armas en la mano que además de rodear el edificio corrían por todos los pasillos realizando una aparente búsqueda de alguien.
Cuando tocaron a su puerta pudo identificarse y lo dejaron en paz mientras continuaban la revisión del edificio y era claro que buscaban a alguien.
¡Mi mente se aclaró de inmediato, buscaban al asaltante armado! Entonces dejé de escribir y me acerqué hasta donde estaba él, rápidamente y a manotazos alejé a las compañeras que intentaban tranquilizarlo y lo tomé por el cuello de la parte superior del piyama al tiempo que le gritaba: ¿Dónde vives? ¡Dame la dirección del edificio de los departamentos! y ante lo cual solo abría desmesuradamente los ojos y guardaba silencio.
Eso me dio más coraje y lo apreté más al tiempo que le exigía… ¡Contéstame wey!… ¡Dime!…
La voz del jefe de redacción gritando mi nombre me hizo reaccionar, y dijo, además, consciente de la importancia de la información: ¡Te hablan por teléfono!
Fue entonces cuando lo solté y corrí hacia mi escritorio y efectivamente, era uno de mis contactos.
La historia que escuché y publicamos fue la siguiente: Dentro de aquel edificio de apartamentos donde fue cercado el asaltante solitario del banco, había ocurrido algo inesperado.
Con la misma arma que usó para cometer el intento de robo, se había disparado en la sien y los oficiales de policía lo hallaron en el interior del edificio ya sin vida y a un lado el arma.
Me proporcionaron también su identificación, era un diputado en funciones del partido mayoritario.
Así se publicó y yo quedé sin entender lo que pasaba pues era un misterio para mí lo ocurrido.
Días después, conversando con uno de los jefes de la policía de uno de los municipios, el tema salió a relucir y por mi parte externé mi desconcierto ante lo ocurrido que no entendía.
Uno de los ahí presentes me lo pudo aclarar rápido. Pronto terminaría su gestión de diputado y quería repetir en el puesto y en el partido que lo representaba estuvieron de acuerdo, sólo que le pidieron que pagara la publicidad de su campaña y no tenía el dinero para hacerlo.
Por eso intentó el asalto fallido y cuando se vio rodeado optó por quitarse la vida aún antes de que terminara su periodo como diputado. Ni antes de ese suceso ni después tuve noticia de algo similar de esa muerte que ocurrió en el interior de un edificio de apartamentos en la colonia Obispado.
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