junio 10, 2026 4:14 pm
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EL CASO DE «EL GUADALAJARA»

EL CASO DE “EL GUADALAJARA”

Crónicas policíacas

Por: Rene Martínez

Como parte de mi trabajo era entrevistar a las personas que fueron detenidas por agentes de la Policía Judicial Estatal, pero no a todos, a los casos más sobresalientes del día, por considerarlos como advertencia a la sociedad pues, muchos de ellos eran delincuentes habituales, ladrones domiciliarios, violadores, reincidentes en la comisión de sus delitos que difícilmente llegaban a rehabilitarse y eran parte de la información que se publicaba a diario.

Por varias razones, una de ellas era el saber su ubicación y que sus familiares y conocidos supieran de su paradero en lugar de ocultar su detención, los delincuentes habituales lo agradecían, y nos saludaban respetuosamente, 

Otra era darles la oportunidad de hablar en relación a su detención ante la opinión pública y muchos de ellos la aprovechaban para alegar su inocencia o explicar a su modo la forma en que se vieron involucrados en un delito.

No pondré su nombre aquí pues no tiene caso, solo su apodo, pues así era conocido por todos los que vivían a diario en su mundo: El del hampa reconocida y establecida.

Le decían «El Guadalajara», tal vez por su ciudad de origen, la verdad desconozco el motivo de su apodo pero así me dirigía a él cada vez que lo detenían y era por el mismo motivo: Era experto en robos a joyerías en el centro de la ciudad.

Nunca usaba un arma ni la violencia.

Alguna vez me lo dijo en una plática, su método era increíble, era un ladrón muy astuto.

Cuando iba a realizar un robo, buscaba una joyería que se hallase situada frente a un puesto de venta de tacos, y se dirigía al lugar para almorzar.

Pedía su orden de tacos y una soda, y mientras ingería los alimentos observaba hacia la joyería que estaba enfrente, y cuando terminaba de comer pedía otra soda y la pagaba para poder permanecer un rato más frente al negocio.

Esto lo hacía varios días a la semana poco después de que la joyería abriera sus puertas al público a las nueve de la mañana.

Así se daba cuenta de las costumbres del empleado o los que atendían.

Invariablemente había un momento en que si era un empleado solitario iba al baño y de la hora en que, si eran varios, almorzaban.

También de cómo abrían los muestrarios de joyas y de cuales anaqueles no tenían llave.

Y esperaba precisamente esos momentos para perpetrar sus latrocinios, cuando los empleados estaban todos comiendo, entraba a la joyería.

Sabía que se tardarían más en atenderlo y que mientras ingerían sus alimentos le mandaban al empleado más nuevo o más tonto para que escuchara.

Los demás estaban distraídos.

Era entonces cuando le pedía que le mostrase un artículo del establecimiento, de los que estaban mas retirados en altura o lejos de la puerta principal.

Usaba un gancho de alambre rígido y a veces un bastón con un gancho de pesca atado para alcanzar algunas piezas de joyería que estaban un poco lejos de su mano.

Mientras el empleado se distraía buscando el objeto que el supuesto cliente le pedía aprovechaba cualquier distracción para alcanzar alguna joya o reloj valioso o dos.

Luego dialogaba con el empleado, no realizaba compra alguna y se despedía cortésmente como lo hubiera hecho un cliente y salía del establecimiento, pero llevando ya el botín de su robo.

El objeto era robado, pero sabía que la denuncia de los afectados ante las autoridades y los trámites podrían llevar horas.

Conocía a joyeros que compraban oro por pedacería así que serraba y martillaba los objetos de oro que había robado y procedía a venderlos como pedacería y obtener algo de dinero rápido, así no eran rastreables.

Otra forma era acudir al Monte de piedad, pero en lugar de entrar a las oficinas, ofrecía a la venta las piezas robadas a la gente que estaba afuera diciendo que le habían ofrecido muy poco dinero al empeñar o vender y pedía le ofrecieran algo de dinero que fuera un poco más a cambio de las joyas.

Le apostaba a la codicia de la gente que veía la posibilidad de conseguir algo bueno a buen precio y le compraban joyas sin saber que eran robadas.

Esa era su forma de vivir: El hurto.

Pero solo de prendas valiosas.

Luego de consumada la venta en las afueras del monte de piedad, se alejaba de todo por varias semanas hasta que se le acababa el dinero y nuevamente asaltaba un negocio.

Cuando me lo platicó, me pareció muy inteligente su proceder, pero a pesar de esto había sido detenido en varias ocasiones.

Los agentes que realizaban su trabajo de vigilancia, también tenían bajo observación a las joyerías y al ver que se presentaba en varias ocasiones ante estas y observar su comportamiento, lo vieron robar y lo detuvieron en flagrante delito en varias ocasiones.

No le prestaba mucha atención a los detenidos, eso era parte de mi trabajo, hablar con ellos.

«El Guadalajara» y su caso era algo que sobresalía a todas luces entre todos por su manera de operar y nunca usar ni las armas, ni la violencia como ya lo he explicado.

Pasaron algunos meses sin verlo ni como detenido ni en las calles, y un día me tocó ir a la penitenciaría a realizar una entrevista al director del Penal sobre las condiciones de vida de los internos y mientras esperaba en el pasillo de admisión vi al «Guadalajara».

Estaba haciendo la función de «recadero» entre los reos que había confinados en el interior del penal y la puerta principal de la prisión.

Lo saludé de lejos mientras hacía su labor que le era confiada sólo a los presos que habían mostrado disciplina total y buena conducta.

Fue entonces cuando me llamaron para la entrevista con el director del Penal.

Me habló de rehabilitación y del caso de algunos reos que estaban realizando estudios en el interior de la penitenciaría mientras cumplían su sentencia y luego, con un celador, mandó llamar a uno de muestra.

Para mi sorpresa mandaron llamar al «Guadalajara» que ante la sorpresa del director me saludo como si fuéramos amigos de mucho tiempo.

Me dijo muy orgulloso: «Ya terminé la prepa que estaba sin terminar y sigo avanzando en mis estudios».

Claro que logró impresionarme el saber que un delincuente habitual, ahora estudiaba y había ingresado a la universidad que funcionaba dentro del penal, con la asesoría de algunos catedráticos.

Eso escribí en mi reportaje sobre las condiciones de los internos en el penal y hasta fotos le pude tomar al «Guadalajara» mientras llevaba y traía los recados en los pasillos internos de la prisión.

Luego me olvidé del caso; por varios meses.

Hasta que, de nuevo, me lo volví a topar en uno de los pasillos de la Policía parado, muy tranquilo y al verme esbozó la sonrisa que ya le conocía y me saludó afablemente.

Un oficial de policía que vio esto, murmuró varios insultos en contra del hombre, pero nadie escuchó sus palabras solo yo y disimulé de inmediato.

Luego lo vi fijamente y con la mano le pregunté ¿por qué estaba ahí en los pasillos en lugar de estar en una celda? y esto contestó: «Vine voluntariamente para una aclaración con la policía, no estoy detenido, no pueden detenerme traigo un amparo que evita mi detención, para investigación, me tienen que dejar ir, y es que me da gusto saludarte, no lo hacía desde que te vi dentro de la cárcel y fue ahí, lo que estudié fue Leyes,  ahora soy abogado! y te voy a decir otra cosa, pase lo que pase, nunca más me verás de nuevo aquí”

Salí del edificio de la policía meditando. Entendía el coraje de los investigadores de no poder realizar su captura y la burla del ladrón que probablemente seguía cometiendo sus fechorías solo que ahora impunemente.

Y conmigo cumplió su palabra…. ¡Nunca más lo volví a ver detenido!

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