EL CASO DE “EL AHORCADO, VIVO”
Crónicas policíacas
Por: Rene Martínez
Durante muchos años, antes de que existiera la dependencia del Servicio Médico Forense, en la ciudad de Monterrey se encargaba el traslado de cadáveres a la institución municipal que se denominó Cruz Verde.
En ella realizaban su trabajo, doctores debidamente calificados para atender los primeros auxilios, enfermeras tituladas, para lo mismo y socorristas que en muchas ocasiones habían sido voluntarios en la Cruz Roja mediante cursos de capacitación en urgencias médicas o tenían estudios de enfermería, pero eran destinados a trasladar los cadáveres de muertos en la vía pública en muertes ocurridas por accidentes viales o por crímenes.
Esto luego de que el traslado era ordenado por el delegado del Ministerio Público, quién tenía la obligación legal de dar fe del cuerpo sin vida y luego ordenar a los socorristas de la Cruz Verde el traslado al hospital universitario, para que le fuera realizada la autopsia y determinar las causas de su muerte con precisión conforme lo marca la ley.
En los casos de muerte por enfermedad o vejez considerada como muerte natural, el médico procedía a otorgar la dispensa de autopsia y que fuera trasladado a una funeraria local a elección de los familiares o sepultado.
Ese era el proceso legal.
Y ocurrió que, en el transcurso de la noche, reportaron por vía telefónica el deceso de un joven que había muerto ahorcado y del cual el agente del Ministerio Público ya había dado fe cadavérica y se esperaba la ambulancia para que levantara el cuerpo y lo llevase al anfiteatro para proceder.
En aquellos años, mediados de la década de los ochentas, la Cruz Verde estaba dotada con excelentes ambulancias y una de ellas equipada con equipo para atender a víctimas de un ataque cardíaco que les fue donada por alguna institución de Estados Unidos y era destinada para éstos fines.
Para el traslado de cadáveres estaba destinada una de las ambulancias más antiguas que carecía totalmente de equipo médico de urgencias, ni tanque de oxígeno, ni vendajes entablillados, ni alcohol, o anaqueles para guardar sueros o medicamentos, el interior de la parte trasera se hallaba vacío totalmente.
Solo tenía una camilla del tipo militar, de lona con dos palos gruesos a los lados que se veían sobresalir de la lona por los dos lados para que de ahí fuera tomada por las manos de los socorristas a la hora de realizar la maniobra de traslado del cuerpo.
«La muertera» le decían de broma sombría los socorristas y permanecía la mayor parte del tiempo al fondo del patio del estacionamiento pues era un modelo de varias décadas atrás y al frente estaban las unidades más modernas y altamente equipadas.
Ni siquiera contaba con los logos de la institución en las partes laterales de la ambulancia ni torretas ni sirena actualizada electrónica pues no las ocupaba y en su lugar tenía una antigua sirena de aire que emitía el clásico sonido agudo que emula un llanto, pero sin los modernos sonidos electrónicos con que ya contaban las nuevas unidades.
Cabe hacer la aclaración que la institución municipal solamente contrataba a personal altamente capacitado y los voluntarios que acudían los fines de semana para auxiliar al personal de planta que tenía un sueldo y que los fines de semana era más escaso.
Esto a diferencia de la Cruz Roja donde los choferes contaban con sueldo y prestaciones mientras que enfermeras y socorristas eran personal voluntario o bien que realizaban su servicio social y hasta los médicos ante lo cual la institución se ahorraba los sueldos de estos pasantes.
El salario del chofer de ambulancia era más alto que el que correspondía al socorrista por la responsabilidad que implicaba el conducir una ambulancia con personal médico y hasta heridos.
Y por ser una institución de beneficencia sus servicios no eran cobrados a los pacientes a quienes se atendía indistintamente fuera cual fuera su condición económica sin pedirles un centavo, y al igual que la Cruz Roja, había una alcancía para realizar los donativos económicos en los pasillos de la institución, pero a nadie se obligaba a realizar esto.
Jaime Zavala, era uno de estos socorristas quien había militado en la Cruz Roja por años y luego fue invitado por el personal de la Cruz Verde para trabajar ahí pues era uno de los mejores socorristas.
Yo tenía años de conocerlo, y conversábamos mucho en las horas muertas.
Con el fin de ganar mejor sueldo había solicitado la plaza de chofer, pero, luego del salir de su horario obligado de trabajo acudía durante horas sin percibir sueldo para practicar como chofer mientras esperaba su oportunidad de ocupar una plaza como conductor de ambulancias y cubría los turnos de los otros conductores cuando faltaban o descansaban y faltaba personal.
Yo sabía esto y Jaime era muy joven pues apenas rebasaba la veintena de años, pero quería progresar y amaba su trabajo.
Una de esas noches en que no había ni reporteros en la institución de guardia para cubrir la noticia, fue cuando avisaron del traslado del joven ahorcado de una casa de la colonia Mitras centro al anfiteatro.
El comandante de turno le dio la oportunidad a Jaime y me preguntó si quería acompañarlo. Pensé en nuestra amistad, ya que por ser un suicidio no me interesaba ni siquiera tomar fotografías pues no era publicable por razones de ética, y además comprendí que si no iba, lo mandarían solo al traslado del cadáver así que le dije que lo acompañaría pensando más en ayudarlo a realizar su trabajo que en hacer el mío de periodista.
Pronto llegamos al lugar y nos hicieron pasar al fondo de la casa un grupo de jóvenes quienes explicaron esto. El matrimonio propietario de la casa se hallaba fuera de la ciudad y el hijo mayor que era estudiante de preparatoria decidió hacer una fiesta en su casa e invitó a otros jóvenes compañeros de la escuela y vecinos del barrio, todos de la misma edad.
Nos dijeron que se inició la fiesta y cerca de la medianoche se dieron cuenta que uno de los invitados no estaba presente en la sala donde se desarrollaba el evento.
Procedieron a buscarlo hasta que lo hallaron en el patio trasero de la casa donde había un árbol grande, su cuerpo colgaba de una de las ramas pues se había ahorcado.
Explicaron los amigos del ahorcado que recientemente había terminado con su novia su relación de pareja y que al llegar a la fiesta se hallaba muy triste y ni siquiera se dieron cuenta cuando salió de la casa y procedió a colgarse de árbol usando la manguera de plástico de regar el jardín que estaba en el patio.
Aún se hallaba frente a la casa el delegado del Ministerio Público quien firmó la orden de traslado del cuerpo a Jaime pues era un procedimiento de ley luego de lo cual procedió a retirarse.
Sin hablar a señas nos entendimos Jaime y yo, pues por protocolo de la institución así se hacía, conocíamos el procedimiento a seguir y sobraban las palabras.
Jaime pidió que le trajeran una escalera que los muchachos procedieron a traer y así poder bajar el cuerpo del lugar donde se encontraba.
Entre todos colocaron el cuerpo en la camilla y se procedió a meterlo al interior de la «muertera» para llevarlo al anfiteatro que se encontraba a unas cuantas cuadras.
Jaime se posicionó a manejar la ambulancia y para esos momentos yo sabía el nombre del joven cuyos padres laboraban los dos y hasta la escuela donde estudiaba pues los datos me los habían dado sus amigos cuando llegamos al lugar donde se hallaba la fiesta y ocurrió el suicidio.
Era poca distancia a recorrer y mientras nos alejábamos de la casa yo abordé la parte trasera de la ambulancia
al momento que le decía a Jaime: «Oye, voy a practicarle las maniobras de RCP, no vaya a ser», Y me refería a la técnica de masaje al corazón o resucitación cardio pulmonar a lo que accedió de buena manera contestando; «Yo voy a manejar».
Principié con las maniobras de respiración artificial y pude sentir al cuerpo inerte cuando se agitó. Y lo vi dar una intensa bocanada de aire, y entonces le grité a Jaime: «Al Hospital de Zona, tiene Seguro Social por sus padres» ante lo cual Jaime encendió la vieja sirena y se dirigió al lugar donde con gran satisfacción pudimos entregar al joven con vida y respirando a los médicos de urgencias.
Los dos regresamos muy contentos al edificio de la Cruz Verde y los socorristas y el comandante apenas nos creían lo ocurrido.
El chisme corrió rápido, el honor que correspondía a los rescatistas lo había logrado un reportero, lo cual generó resentimientos entre algunos choferes y otros empleados de la institución que solo decían; «No es cierto, fue Jaime el que lo salvó».
A mí no me importaba, ¡que digan lo que quieran! eso pensaba yo y así pasaron semanas y poco a poco el caso se fue olvidando pues yo publique en la noticia que el rescate lo había hecho Jaime y en realidad eso no era importante. Yo razonaba así, pues los años de contacto con los socorristas me hacían pensar como ellos y era buscar el bienestar general sin esperar recompensa alguna.
Meses después de los hechos, nadie recordaba nada y un domingo que me hallaba conviviendo con los socorristas en el patio de la institución me mandó llamar el comandante Oscar al pasillo que se hallaba al frente de la institución.
Cuando le pregunté qué pasaba me señaló a unos jóvenes y me dijo: «Ahí te buscan!» y señaló a tres jóvenes.
Yo me preparé para lo peor pues siempre que buscan a un reportero es para realizar algún agrio reclamo por lo publicado o para agredir y me acerqué a los jóvenes mientras uno de ellos me llamaba por mi nombre.
Yo asentí con la cabeza y me acerqué preparándome mentalmente para lo peor y el joven dijo en voz alta: «GRACIAS. ¡¡MUCHAS GRACIAS!
Eso me intrigó mucho más y pregunté: ¿De qué?
En silencio el joven se abrió la parte alta de la camisa y me mostró el cuello que lucía una amplia cicatriz alrededor, la señal que deja el ahorcamiento. Y luego me dio un abrazo que me descontroló todo, solo le dije; Para eso estamos!. Y me alejé del grupo.
El comandante Oscar observaba en silencio desde la oficina de la guardia, pero nadie dijo una palabra más.












