EL CASO DE LA VEZ QUE LLOVIÓ FUEGO
Crónicas policíacas
Por: Rene Martínez
Justo había terminado de redactar las notas del día, casi nada espectacular, un accidente automovilístico fue lo más importante además de la serie de personas detenidas por oficiales de la policía por diversos delitos.
Todo estaba ya en el escritorio del jefe, se mandaban las noticias y las fotos seleccionadas para llenar las dos últimas páginas del periódico, así como para la portada; eran alrededor de las diez de la mañana y ya estaba un café sobre mi escritorio y empezaba a sentir el descanso que me llegaba al término de la jornada.
El primer sorbo de café me hizo sentir bien, el jefe de información del periódico matutino pegaba las órdenes de trabajo, escritas en una cuartilla de papel sobre uno de los vidrios del escritorio, para que los fotógrafos afrontaran el cubrir lo programado para el día que empezaba y algunos reporteros ya habían llegado, hojeado los periódicos y salido con rumbo a sus fuentes informativas.
Para mí, el turno ya había terminad. Me restaba esperar a Manuel González, periodista de fuentes universitarias, para ver si lo acompañaba a recorrer sus fuentes, pues era interesante trabajar con él y hacía yo el papel de fotógrafo y de pasada nos íbamos al café.
Como a diario lo hacía, pasé a los talleres donde se formaban las páginas del periódico con recortes encerados y luego a fotomecánica para seguir la evolución del proceso del ejemplar del día y en ocasiones ese recorrido terminaba en la prensa, cuando se imprimían los primeros y me entregaban uno de muestra para hacer la última supervisión en busca de errores y regresaba a la oficina de redacción con el ejemplar en la mano.
Esta vez no esperé y regresé a mi escritorio justo en el momento en que el vibrante sonido del teléfono hacía eco en los rincones casi vacíos de la sala de redacción, pues a esa hora casi todo el personal anda fuera.
Contesté fríamente: “Redacción buenos días en que podemos servirle” La voz al otro lado del auricular me era muy familiar, provenía de la central de emergencias de la Cruz Roja metropolitana, la comandante de turno Yolanda Nuncio, muy formal como siempre me comentó de inmediato con voz clara: “Me reportan un incendio en una fábrica de pinturas en ciudad Guadalupe parece que es cosa grande van saliendo las ambulancias para el lugar es la empresa “Pinturas Doal”.
Le di las gracias efusivamente y alcé la mirada (ni siquiera le había preguntado la dirección donde ocurría el siniestro y en esos momentos el compañero Jesús López, a quien llamábamos “Chuy”, revisaba las ordenes de trabajo del día para organizar su itinerario.
“¡Pide un carro Chuy, nos vamos!”. Casi le grito desde el escritorio al tiempo que colgaba el auricular del aparato de teléfono.
Al voltear su rostro hacia donde yo me encontraba para verme, noté cierta desconfianza en sus gestos, sí, era cierto, yo era el nuevo de la redacción, el más joven de los reporteros, apenas 18 años, entre un grupo de periodistas, todos mayores de los cuarenta, hombres serios de traje y corbata que utilizaban vaselina para arreglarse el pelo. La diferencia era mucha conmigo, pero no solo de edad, yo llegaba en jeans, zapatos de trabajo o huaraches y mi pelo era medianamente largo a diferencia de los compañeros.
Le volví a gritar y se estremeció totalmente, y casi gruñendo salió a la oficina de la recepción a pedir las llaves de un coche para irnos, al tiempo que preguntaba la dirección y ubicación del lugar a donde nos dirigíamos, a lo cual recibió una sola respuesta: “Tú maneja rumbo a ciudad Guadalupe y vámonos”.
De mala gana y gruñendo aceptó, abordamos el carro y se dirigió hacia el poniente de la zona metropolitana replicando y quejándose, pensando que lo había movilizado en falso y le rompía la rutina de trabajo tranquila que había esbozado.
No pasó mucho tiempo cuando pudimos ver la columna de humo que apenas se elevaba en el horizonte, y yo sabía que nos faltaba aun la mitad del camino cuando los dos pudimos ver un hongo de fuego que se nos antojó demasiado grande para lo que esperábamos ver.
“¡Agarra la cámara!” Me gritó Chuy desesperado, pues él era el fotógrafo, y traía las manos ocupadas en el volante.
¿Y para qué? (pensé en mi interior), Si yo traía mi propio equipo fotográfico y a diferencia de ellos no era propiedad del periódico, había ahorrado meses para comprarlo, dos cuerpos de cámara Nikon y cuatro lentes iban en mi maletín.
Saqué la mitad del cuerpo por la ventanilla del auto y me senté prácticamente apuntando el lente hacia el lugar de la columna de humo cada vez más denso y negro, pero empecé a desesperarme pues no se repitió la explosión ante lo cual decidí mantener mi postura mientras sentía que Chuy le imprimía velocidad al vehículo, ya no se quejaba y en su rostro podía verse la tensión a que estaba sometido.
Casi al llegar al sitio sobrevino la segunda explosión, un gran hongo que pude captar plenamente esta vez, un gran hongo de fuego.
El carro que era propiedad del periódico, lo estacionamos a más de cien metros del lugar y los dos bajamos corriendo con los equipos en la mano, decidimos usar óptica diferente Chuy con angulares y yo con telefoto medio, uno de 135 milímetros, serviría para hacer las tomas de detalle de acercamiento.
Los dos traíamos ya, rollos de color puestos en las cámaras, esto era grande, no era para blanco y negro y caminamos haciendo las primeras fotos en dirección al frente de la empresa, cuyas instalaciones eran mayores a una manzana completa.
Fuimos los primeros en llegar, detrás de nosotros arribaba al sitio el primer carro de bomberos, pero sabíamos que vendrían más. La ambulancia de la Cruz Roja se situó al poniente de la factoría para no obstruir las labores de los brigadistas apagafuegos, que estaban ocupados en extender las mangueras para iniciar el ataque a las llamas que se elevaban demasiado.
La oleada de calor era intensa. Estábamos parados aferrados a las cámaras fotográficas frente a la puerta principal de la empresa y justo a pocos pasos de nosotros el capitán Lucio Zapata dirigía a gritos las maniobras y de repente paró en dar órdenes, me miró fijamente y a las cámaras fotográficas y me gritó la pregunta que lo ahogaba: – “¿Oye, esas cámaras graban sonido?”- Los dos le contestamos al unísono lo que sonó como un solo grito – “No”- Y entonces nos dio la espalda y siguió gritando con estas palabras: “Órale hijos de la ching4d4, muévanse c4bron3s que eso se pone de la jodid4”.
Ni tiempo tuvimos de reírnos. Un sonido sordo a unos pasos de nosotros interrumpió el momento, los dos lo contemplamos en silencio, una tapa de acero había caído tal vez lanzada desde el interior de la fábrica por las explosiones y la mitad de ella se clavó en la tierra.
Yo me puse serio, había caído muy cerca y en esos momentos pude ver al primer grupo de bomberos que, arrastrando una manguera, se dirigía al interior de la fábrica cruzando la puerta principal y me pegué a sus espaldas.
Los trajes de los brigadistas hechos de asbesto y otras sustancias servían como cortina para que uno no sintiera las oleadas de calor, eso ya lo sabía, mi trabajo estaba detrás de ellos y cambié lo más rápido que pude el lente que llevaba en la cámara por uno ideal para las tomas a corta distancia, ocupaba un angular.
Me repetía en silencio mentalmente lo que el instinto me aconsejaba como en anteriores ocasiones, toma aire, no respires nada en el interior, aguanta la respiración, toma todas las fotos que puedas y regresa corriendo hasta afuera.
El fuerte sonido de una explosión interrumpió mis pensamientos. Algo explotó en el interior de la fábrica y los bomberos fueron derribados, todos con todo y manguera, el hombre que yo seguía me cayó encima y se levantó rápidamente, pero al igual que sus compañeros salió corriendo de regreso en dirección hacia afuera del lugar.
El grupo se tropezaba conmigo en su huida, y eso me impedía levantarme, me dio la rabia, pero regresé corriendo atrás de ellos, no había logrado más que tres fotos y no me parecían la gran cosa en verdad.
Caminé hasta reunirme con Chuy, que estaba muy serio. Le dije con voz baja – “La oleada de calor es muy fuerte”- Y él me contestó muy serio. “¡gira el cuerpo, date vueltas!” La otra pregunta era obligada de mi parte: – ¿Y así se me quita?” – Fue entonces cuando soltó la respuesta:
– “No, ¡Pero vas a quedar como pollo rostizado, todo doradito completo!” Los dos reímos fuertemente.
Decidí dejar a Chuy al frente y dirigirme a un costado y agregarme al grupo de la Cruz Roja, para que las tomas de los dos no fueran iguales, desde el mismo ángulo, pero ni los socorristas ni yo pudimos mantenernos en el sitio mucho tiempo, caían gotas calientes de pintura y algunos de ellos salieron con quemaduras.
Retiraron la ambulancia un poco más lejos, al mismo momento en que la brigada de bomberos que atacaba el fuego por ese costado era también obligada a regresar por un cambio de la dirección del viento.
Lo que pasaba arriba era impresionante, en la gruesa columna de humo negro veíamos las llamas que sobresalían más de cincuenta metros sobre las instalaciones de la fábrica y repentinamente veíamos volar tambos de doscientos litros que estallaban en el aire. Era la primera vez que me tocaba presenciar eso. Por eso nos “llovía lumbre”. Ya habían pasado dos horas y no había periodistas en el sitio sólo nosotros dos.
En una ambulancia de refuerzo que justo en esos momentos llegaba, pude ver bajarse al “Chafas” Carlos Moctezuma, un hombre de avanzada edad y a quien le correspondía la cobertura del evento. Bohemio, de avanzada edad, casi no le salían las fotos y no sabía escribir, pero cubría “Nota roja”. Era el quien debería haber estado en un principio en la cobertura del evento.
“¿Dónde jodidos andabas?” Le gritó Chuy, El hombre contestó a gritos un sonoro – ¡Ching4s 4 tu madr3!”
Ya no había llamas. Ni espectacularidad. El siniestro de la fábrica de pinturas había sido controlado.
Otra cosa me llamó la atención, fue el hecho de que un helicóptero aterrizaba a más de cien metros de donde nos encontrábamos, y la tripulación se mantuvo dentro del aeronave, pero bajó un hombre con traje y corbata muy finos y se acercó a nosotros, su aspecto era impecable.
Con voz firme nos dijo: “Se tienen que retirar a más de cien metros, yo soy de la Secretaría de Gobernación” Yo le miré al momento en que pensaba que ya habíamos conseguido las mejores gráficas, y me parecía ridícula su postura, y le conteste con voz firme también: “Si esto explota, vuela la fábrica, tu helicóptero y todo lo que esté a más de trescientos metros”
El tipo se descontroló con mi respuesta y se alejó de nosotros en silencio. Para cuando volví a ver el reloj ya llevábamos cuatro horas en el sitio, y apenas llegaban otros compañeros de otros periódicos y hasta de canales de televisión al sitio de la noticia.
Yo no lo entendía, eso era demasiado tiempo para la cobertura de una tragedia tan grande, pero a pesar de ello no hubo reportes ni de muertos ni de heridos, de hecho, la fábrica ya estaba evacuada totalmente cuando nosotros llegamos.
Cruce miradas con Chuy, quien en ese momento me dijo secamente: “Ya vámonos, ya hay mucha gente aquí”. Una mirada más al siniestro y casi no había llamas, lo que tenía que arder ya se había quemado, solo restaba la columna de humo.
Abordamos el vehículo alejándonos del sitio mientras pensaba en la combustión de todo tipo de solventes con los que se elaboran las pinturas, y aquella era una fábrica grande, demasiado grande de donde se enviaban sus productos a todo el país y quizá hasta el extranjero.
La edición del periódico del día siguiente llevaba las mejores fotos. Y mi firma a la par con la de Jesús López, estaba satisfecho de mi trabajo.











