EL CASO DE “LA UVA”
Crónicas policíacas
Por: Rene Martínez González
Ubaldina Costelo Olivares, mejor conocida en el mundo del hampa reconocida como «La Uva». Una leyenda urbana en el periodismo negro de la nota roja que con los años se fue desvaneciendo. Leyenda que ella misma promulgaba y de la cual estaba orgullosa. Su amplio historial delictivo.
¿Cuándo supe de ella?, El primer día de trabajo en la ciudad de Monterrey como reportero, pues acostumbramos leer por la mañana todos los periódicos para estar bien informados de lo que publicaban los otros en relación a nuestra edición del día.
Los compañeros que ya trabajaban en la empresa se hallaban en la sala de redacción en su actividad diaria, leyendo, y en la página de la nota roja sobresalía la fotografía de una mujer muy joven y el encabezado de la noticia decía «Cayó otra vez «La Uva».
Yo tenía mucho en que pensar.
Corría el año de 1977, era a mediados de año y por mi parte tenía mucho en que pensar. Era mi primer año de trabajo en la ciudad, el primer día, y estaría a prueba tres meses, antes de que me dieran una plaza formal.
Al menos eso me había dicho el director y los compañeros, sin afán de provocar mi desánimo me dijeron de otro de nuevo ingreso que tenía un año de antigüedad sin poder entrar, fungiendo como «Colaborador».
Por algo será.
Fue mi pensamiento inmediato, pero no comenté nada. Ahora el nuevo era yo, pronto se abriría un periódico vespertino policiaco, filial al matutino y me tocaba cazar la plaza y demostrar que era bueno haciendo mi trabajo.
A partir de ahí, cubría nota roja por las noches y escribía por las mañanas de tal manera que para las diez de la mañana ya estuvieran todas las notas y el periódico listo para imprimirse.
Pero hablemos de Ubaldina. Ella misma contaba su historia de esta manera: Era hija de un policía que la tuvo fuera del matrimonio con otra mujer, su amante, que vino a ser la madre de «Uba», y le consiguió una casa para vivir en un sector de posesionarios que luego sería conocido como «La coyotera».
En aquel entonces le apodaban al barrio «El trébol» como eran posesionarios no conseguían oportunidades de trabajo y poco a poco hallaron su modo de vivir: «El vicio».
Las cantinas llenaron primero las esquinas y los prostíbulos después y rápido cobró fama entre albañiles, obreros y trabajadores, pues no había reglas en el lugar y fungía como pequeña «zona de tolerancia» donde era fácil conseguir cerveza, alcohol y mujeres y barato pues era gente muy humilde y sus improvisados antros no ofrecían comodidad alguna a los visitantes.
Pero eso era mejor que nada.
Cobró fama en la década de los años cuarenta, del siglo pasado, y se inmortalizó como un lugar donde se ejercía la pr0stituci0n clandestina con cierta tolerancia de las autoridades.
Las calles en las que creció «La Uva» y el lugar de donde estaba orgullosa de vivir, pero eso no era todo según ella misma relataba, ya que, al no poder trabajar, fue su propio padre el que la enseñó a robar.
Eso antes de que cumpliera la mayoría de edad, instruyendo además en que cuando fuera sorprendida no podrían detenerla por ser menor de edad.
Daba risa escuchar su historia contada por ella misma, que su padre le enseñó a robar, cosa digna de un cuento, pero ella así lo relataba.
Sus víctimas, las escogía, todas ellas mujeres; pues robaba arrebatando dinero y prendas de valor y escogía a las damas que llevaran puestos zapatos de tacón y faldas entalladas pues así no la podrían seguir.
Pronto se hizo famosa entre los policías, y fueron muchas las veces que fue detenida y puesta en libertad por su edad y lo pequeño del monto robado que, al efectuar su arresto, se recuperaba.
Pronto pasaron los años y al crecer su edad, creció también su necesidad de dinero y su manera de operar, ya no eran solo las mujeres su blanco, algunos negocios también y se volvió selectiva en sus objetivos. Y en uno de los robos fue detenida, identificada e ingresó al penal por primera vez, en lo que sería una larga serie de condenas y egresos durante toda su vida.
La conocí en persona alrededor de 1980, cuando me la presentó el director del Penal del Topo Chico, hablando del concepto de rehabilitación social y la llamó a su oficina.
Muy orgullosa posó de nuevo para mi cámara, pero esta vez mostrando una mañanita tejida y otras prendas que había aprendido a confeccionar dentro de la penitenciaría y que el director decía que confiaba en que al salir en libertad pudiera rehabilitarse.
Y así se publicó y los compañeros de más edad en lugar de regañarme me preguntaron: » En verdad piensan que la van a rehabilitar?
Yo guardé silencio. Yo era el nuevo, era solo un reportaje y la opinión del director del Penal.
Los años le dieron la razón a mis compañeros, pues a través de las décadas la vi cometer delitos una y otra vez, hasta cuando se casó.
Al poco tiempo una riña a navajazos con su esposo motivó su detención. Los periodistas que cubrían la nota roja se negaban a retratarla en los pasillos de la Policía Judicial.
Los agentes de maldosos, minutos antes de la llegada de los reporteros, le daban un vaso de café caliente a Uba y salía a la entrevista con ellos, pero antes de que le tomaran una sola fotografía arrojaba el vaso de contenido hirviente a todos y regresaba a la celda.
Yo aprendí rápido a esperar que los bañara con café caliente y minutos más tarde cuando ya se habían marchado todos pedía hablar con ella.
Salía muy sonriente. Y al verme me reconocía y preguntaba con voz melosa: “¿Que pasó flaquito?, ¿Qué quieres?”
Platicábamos sobre el motivo de su detención y le pedía permiso de tomarle una foto y nunca me lo negó.
Ni tampoco su amistad, pues cuando nos cruzábamos en las calles del centro de la ciudad por casualidad me saludaba, me daba un beso en la mejilla y aprovechaba para decirme: «Ando trabajando. ¡Nos vemos!»
Yo ya sabía dónde nos veríamos. Sería cuando de nuevo se hallase detenida.
Una vez la encontré fuera del Penal en una de las bancas de espera, su esposo que aún vivía estaba detenido y ella esperaba la hora de visita.
Me saludó muy cordial y aproveché para entrevistarla, pero para mi sorpresa sacó de una bolsa de mandado un álbum fotográfico, lleno de recortes de periódicos de cuando había sido detenida y publicada la nota y me dijo: «Yo recuerdo cuales fotos y notas son tuyas. Nunca publicaste sobre mí una mentira o insulto como lo hacían los otros, ni burlas.»
Compartimos unos tacos y una soda y me despedí rumbo al periódico para hacer mi trabajo mientras, ella esperaba que llegara la hora de visita y poder ver a su marido. dentro del penal.
Me mostró el álbum con orgullo, como cualquier mujer muestra su álbum de quince años o de boda. El recuerdo que me dejó de esos años, es el de un ser maltratado por la vida, consumido en los vicios y drogas, pero que sabía ser amiga.
Le decían «La Uva». Yo la recuerdo con agrado.
A su manera fue mi amiga.













