abril 10, 2026 4:23 pm
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EL CURIOSO CASO SUCEDIDO EN LA CANTINA

EL CURIOSO CASO SUCEDIDO EN LA CANTINA

Crónicas policíacas

Por: Rene Martínez

En el primer cuadro de la ciudad de Monterrey, o lo que se considera el primer cuadro, existía un comercio de expendio de bebidas alcohólicas con permiso para consumo en el interior, con un modesto letrero apenas perceptible borrado por las huellas del óxido y partículas de carbón que a su paso dejan pegado a las paredes los camiones de pasajeros y otros vehículos urbanos, que usan gasolina como su combustible principal.

Apenas se podía leer. No se apreciaba a la distancia y ni a empleados, ni al dueño parecía preocuparles esta situación a diferencia de otros comercios, que ponen especial atención en sus anuncios que adornan los frontispicios de éstos que aparecen adornados hasta con luces de neón, que encienden y apagan, para llamar la atención y con colores fluorescentes.

No era éste el caso.

Pero desde que entraba en funcionamiento, más por las noches, siempre estaba lleno y se decía que tenían buenas ventas, era pues un negocio de éxito y muy productivo.

A pesar de esto, siempre fue un lugar pacífico, nunca se registraban riñas entre sus asistentes asiduos o escándalos en su interior y como estaba rodeado de casas particulares, ni siquiera los vecinos se quejaban de lo que ocurría en el interior, pues nunca había escándalos y las casas que lo rodeaban estaban, muchas, abandonadas o eran usadas solo como bodegas y o discretas oficinas de otros negocios.

En los primeros años de la década de los ochentas, funcionaba por la calle Arteaga, a pocas cuadras al poniente de la transitada avenida Félix U Gómez.

Tampoco había ruido pues la radiola que proporcionaba la música estaba a bajo volumen, solo para escucharse en el interior del establecimiento.

Eran otros tiempos, con una moral diferente entre la sociedad, que tendía a reprimir todo lo extraño o lo que no comprendía y cualquier conducta que le pareciera extraña a la mayoría era tildada de pecaminosa o en su peor caso delincuencial, alentadas estas ideas por los fanáticos de las tantas religiones y sus líderes como por los políticos prominentes de nombres destacados que preferían tener ideas que abarcaran a las mayorías para tener más simpatizantes.

Así que era un lugar casi ignorado por todos, del cual ni siquiera tenían conocimiento los obreros o estudiantes que a diario pasaban por el lugar en los camiones urbanos en dirección a ciudad Guadalupe desde el centro de la ciudad.

Y así funcionó durante décadas. Y tal vez sigue operando aún hoy en día.

La homosexualidad era un tema que no se mencionaba en ningún círculo social. porque la gente de «Buenas costumbres» no la concebía.

Los religiosos la satanizaban, y la palabra no se mencionaba ni en escuelas, ni por el hombre de la calle o los centros de trabajo, so pena de ser mal visto por la sociedad por el uso de lenguaje vulgar.

Quienes tenían una preferencia s3xu4l diferente, lo ocultaban, constantemente lo disimulaban para evitar el rechazo de su círculo social y ser ofendidos de mil y un maneras diferentes desde el lenguaje ofensivo para ellos y ellas hasta el rechazo de oportunidades laborales y de los principales centros de estudios.

Si tenías esas preferencias s3xu4l3s, la sociedad les dificultaba el progreso personal y la educación, por eso callaban sus preferencias y cómo de este tema poco se hablaba, había mucha desinformación al respecto entre el hombre común de educación promedio.

Y enclavados dentro de la sociedad misma, vivían su realidad ocultos de la opinión pública fingiendo ser personas que no eran, con otros valores, otras reglas y en la total clandestinidad.

Los medios de comunicación noticiosos no los mencionaban a ellos nunca, ni las series de televisión. películas y otros géneros de distracción pública considerados como «diversión familiar» era un tema que públicamente no se tocaba por nadie.

Esporádicamente un hom0s3xu4l era detenido y entonces era exhibido por las autoridades policiacas como ejemplo vivo de lo que no se debía hacer y si eran sorprendidos en la calle vistiendo ropas del s3x0 contrario se les arrestaba por el termino de «Exhibicionismo» o de faltas a la moral pública.

Cosas que no eran delito, pero si ameritaban arresto hasta por 36 horas según el criterio del Juez Calificador en turno, que podía otorgarles su libertad y evitar el arresto mediante el pago de la correspondiente multa por haber infringido el reglamento de policía y buen gobierno vigente.

En aquellos años la entonces Policía Judicial tenía divisiones: Aprehensiones, para ejecutar las órdenes de los juzgados, y las secciones de Investigaciones de Robos, Homicidios, y Localizaciones.

Cada una integrada por un comandante, jefes de grupo y agentes investigadores a las denuncias que eran presentadas por los afectados en las oficinas de la corporación o atender las órdenes de la fiscalía del Estado.

El comandante Ignacio Villarreal era un hombre de baja estatura, de barriga prominente y ocupaba la comandancia de la «Guardia» de la Policía Judicial, cada vez que le tocaba su turno pues laboraban 24 horas y descansaban 48.

De tez clara y pelo liso muy corto, siempre estaba de buen humor, pero tenía pocos resultados que informar de su grupo de investigadores a diferencia de los comandantes de Homicidios y Robos que a diario tenían cosas noticiosas para la comunidad.

El comandante Ignacio Villarreal, conocido por sus compañeros como «Nacho» no hacía informes para la superioridad frecuentemente, y muy pocas veces para los periodistas pues se limitaba a proporcionar datos estadísticos de vehículos denunciados como desaparecidos y jóvenes que eran buscadas por sus familiares, que poco llamaban la atención como noticia pues en el caso de las desapariciones era normal que a los tres días los propios familiares se presentaran para retirar la denuncia afirmando al comandante «Ya apareció, Se había fugado con el novio». Y por proteger a inocentes no se proporcionaban esos datos a los periodistas.

La historia del comandante Nacho era diferente a la de sus compañeros de la policía. No reunía las características físicas exigidas por la academia policiaca por lo cual no hubiera pasado el examen físico.

Tampoco había emergido de las filas de otras corporaciones como la policía uniformada.

Su trabajo como funcionario público inició como chofer y fue ascendiendo hasta lograr ocupar el puesto de chofer del gobernador del Estado.

Cuando dejaba el puesto el político, le pregunto a Nacho que podría ofrecerle antes de terminar su gestión ante lo cual Nacho le contestó: «Siempre quise desde joven ser policía».

El gobernador entonces aún en funciones le dio el nombramiento de comandante de la policía Judicial y fue asignado a la división de Localización de personas.

Y por proteger a inocentes no se proporcionaban esos datos a los periodistas.

Una madrugada cuando llegaba a las oficinas de la Policía Judicial, el comandante «Nacho» cuyo escritorio estaba a la entrada de la dependencia lucía muy alegre cuando llegué y sus carcajadas resonaban en las paredes del edificio.

Su proceder me llamó la atención pues no paraba de reír y con la mano me indicó que me sentara junto a él, lo cual hice mientras se calmaba y su taza de café caliente reposaba frente a él sobre el escritorio.

Cuando pudo parar de reír, empezó su relato para mí.

«Había escuchado mucho a los agentes de los diferentes grupos mencionar al bar «Los Magueyes» y lo que ocurría ahí dentro, pero no lo imaginaba» dijo el comandante y prosiguió:  «Le dije a un agente que me acompañara para salir de la duda y ver de qué se trataba y nos dirigimos al lugar», siguió relatando.

«Detuvimos la patrulla, mero enfrente de la puerta, para cualquier eventualidad que pudiese ocurrir y bajé decidido mientras el agente quedó en custodia del vehículo y me dirigí a la puerta decidido a entrar y luego identificarse» dijo el comandante.

«No pude pasar de la puerta, pues apenas me paré en algo como una improvisada pista de baile al centro del bar bailaban, hombres con hombres, ninguno vestido de mujer, al tiempo que se daban múltiples caricias mutuamente, mientras que en las mesas de bar y en las barras otros platicaban amenamente mientras algunas parejas de hombres se besaban, sin que a nadie le importara.

«No pude moverme del asombro y me quedé en la puerta observando lo que para ellos era «normal». Y pasé, no sé cuánto tiempo, observando, parado en la puerta hasta que otro hombre pasó a mi lado»

«Al tiempo que pasaba junto a mi -según relató el comandante- Me murmuró al oído; «Pásale chiquito, te vas a divertir, ¡anímate”! y al mismo tiempo me apretó con la mano una nalga!

Ja ja ja ja continuó con sus carcajadas el comandante, mientras yo me despedía para continuar mi trabajo de recabar noticias de carácter policiaco.

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