EL CASO DE LA VEZ QUE TUVE CONTACTO CON MATERIAL RADIOACTIVO
Crónicas de un reportero policiaco
Por: Rene Martínez
Casi amanecía y había pasado la noche en el puesto de socorros de la Cruz Roja de Monterrey, cubriendo los sucesos de importancia que pudieran servir como noticia para el periódico.
Uno que otro accidente automovilístico, dos casos de heridos en riña; nada trascendente, y decidí esperar un poco más para no llegar con pocas noticias a la redacción del periódico.
Fue entonces cuando fue recibida la llamada telefónica por el comandante de la guardia, quien de inmediato me hizo una seña para que me acercara a su presencia y hablar conmigo.
Por la hora que era ya no había periodistas de nota roja, que dejaban el puesto alrededor de las cinco de la mañana, para ir al periódico a entregar fotos y redactar.
El comandante Andrés Castillo, quien tenía amplia experiencia como socorrista y rescatista ante lo cual recibió años atrás el nombramiento de comandante, también era egresado de la escuela de enfermería.
Me dijo: «Están reportando en la carretera a Monclova el derrame de material radioactivo». Asentí en silencio y le pedí el kilómetro del reporte y me dijo que un camión de carga había volcado dejando el material regado a un lado de la carretera.
Asentí con un movimiento de cabeza, tomé el papel en el que estaba escrita con claridad la carretera y la distancia del accidente a la entrada de la ciudad y me dirigí con el chofer.
Le dije: No va a ir socorrista, solo tu y te voy a acompañar.
Vámonos! fue su respuesta.
En poco más de media hora de seguir la carretera, pudimos ver una patrulla de la entonces Policía Federal de Caminos que estaba atravesada en el lugar, para evitar que automovilistas se acercaran al lugar y a prudente distancia del accidente otra patrulla hacía lo mismo para aislar por completo el tramo.
Un elemento de esa corporación nos hizo la señal de que podíamos pasar y nos indicó el lado de carretera donde habían detectado el material peligroso para todos.
La ambulancia fue puesta en marcha con precaución y a velocidad lenta por el chofer, Teodoro, que era un gran amigo y al que en el trayecto le expliqué lo que pasaba, no le atemorizó y dijo que con gusto me acompañaba hacia el lugar.
Pronto avistamos un camión de carga, no muy grande, del tipo de redilas, que estaba sobre un costado, la ambulancia se detuvo frente al vehículo aprovechando que el tramo de la carretera se hallaba solitaria y los dos bajamos.
El camión se hallaba sin conductor, el cual quizá había huido atemorizado porque sabía la carga que llevaba, pero no vimos señal alguna del hombre.
Mientras Teodoro revisaba alrededor del camión de carga, yo caminé entre el monte para buscar el cargamento radiactivo con algo de preocupación y pensaba tomar fotos y alejarme rápidamente.
Repasaba lo que yo sabía del efecto de la radiactividad en el cuerpo humano, que era parecido a recibir quemaduras internas, que podrían ser diferentes por el tiempo de exposición y la intensidad del origen del fenómeno.
Pensaba que lo más correcto era tomar rápido las fotos y retirarme a toda prisa cuando, a poca distancia de la carretera que estimé en unos cuantos metros, pude ver varios cilindros metálicos.
Eran de un metal que parecía aluminio por lo brillante de la superficie, de aproximadamente unos setenta centímetros de largo y alrededor de 24 centímetros de diámetro.
En los costados tenían impreso en color verde, el símbolo de la radiactividad, que es como las tres aspas de un abanico de casa, pero sin centro; de un color verde que se me antojó que era fluorescente.
Eran los contenedores del material radiactivo, pero estaban intactos, el envase era el protector para que fueran transportados con seguridad sin riesgo alguno.
Los revisé con más tranquilidad y pude ver que estaban completamente sellados lo cual me hizo sentirme mucho más seguro así que procedí a tomar fotografías y retirarme.
Teodoro, aún revisaba los alrededores del vehículo de transporte volcado y cuando me vio de regreso se sorprendió un poco ya que según creo, pensaba que me tardaría más en hacer mi trabajo de tomar fotografías del lugar, y le dije; «Ya vámonos, no hay ningún herido ni riesgo alguno aquí».
En silencio, abordamos la ambulancia de la Cruz Roja para regresar y le pedí al chofer que se detuviera junto a la patrulla del Policía Federal de Caminos, tomé su nombre de apellido Bejos, con grado de capitán, y le compartí la información que yo tenía y la seguridad de que no había riesgo alguno a lo que me contestó que ya venía otra unidad de transporte de la compañía de carga para recoger el material que iba con destino a una empresa privada de la ciudad de Monterrey probablemente para uso clínico.
Regresamos a la ciudad al puesto de socorro, y luego de informar al comandante Castillo lo que pasaba como me correspondía, pues yo era el auxiliar del chofer y haría labores de socorrista de ser necesario, me retiré al periódico a escribir las notas del día.
Yo iba de muy buen humor, por las gráficas exclusivas para el periódico y al llegar a la oficina de redacción solo estaban dos editores, el de primera página y uno de deportes, así como un reportero de nombre Jaime que elaboraba las noticias del día de deportes.
Al llegar a mi escritorio me topé a Jaime de frente y se me ocurrió decirle: ¡Abrázame!
Sin titubear me dio un fuerte abrazo y mientras lo hacía le dije: Gracias Jaime! Es que acabo de ir a un sito de un derrame de material radiactivo.
Me dio un aventón al tiempo que decía: “¡Desgrac1ad0! ¡Y yo que pensé que venían consternado por haber visto algún accidente grave!… ¡Infeliz!”
Le tuve que explicar que la exposición a la radioactividad no se transmitía, que no era como la gripa, que el único afectado es la persona que se expuso o sea yo y luego reímos los dos.
Se alejó a escribir su material del día, mientras yo esperaba que imprimieran en el laboratorio del periódico, las fotos que había tomado y pensaba en silencio; «Que poco sabe la gente sobre la radiactividad»
Al publicarse la nota de manera exclusiva por el periódico, causó mucho asombro tanto entre los lectores como los compañeros que laboraban en otros periódicos.
Algunos me veían y murmuraban. Yo solamente sonreía.











