EL MATEHUALA
Por: Rene Martínez
La institución que fue llamada «Cruz Verde»…. surge ante la necesidad de las autoridades de que fueran recogidos los cuerpos sin vida a raíz de un crimen o un accidente, alguien los llevara a las instalaciones del anfietatro para que les fuera practicada la autopsia y establecer con precisión las causas de su muerte conforme lo marca la ley.
Esto significa esclarecer por un médico legista con precisión las causas de la muerte y determinar si ocurrió por causas naturales como enfermedad o vejez o fue victimado de alguna forma lo cual convierte el deceso en un crimen y amerita la investigación para la consecuente detención de él o los responsables.
El personal de la Cruz Roja se negaba a proporcionar este servicio pues desde el origen de la institución y su fundador Henry Dunant, se estableció que su finalidad era recoger heridos. no muertos.
Y esto porque en una guerra, el suizo Henri Dunant pudo darse cuenta que los ejércitos que participaban en un enfrentamiento a campo abierto recogían únicamente a los heridos, mientras que los cadáveres muchos de ellos que podrían ser cientos o miles permanecían en el campo de batalla y a veces eran sepultados en tumbas masivas o cremados para evitar la putrefacción y enfermedades.
Pero los heridos quedaban tendidos en el campo de batalla pues los ejércitos no contaban con los conocimientos médicos para realizar estas labores y muchas veces ni con el personal médico necesario u hospitales para su atención
Surge entonces la idea de fundar la Cruz Roja como institución de servicios gratuitos, para atender a los heridos, pero en su reglamento establecen no trasladar cadáveres pues en una guerra.
Los cadáveres eran recogidos por los propios compañeros del bando al que pertenecían para darles sepultura y por esto no se participaba en esas labores y así quedó establecido el reglamento de la institución cuyos servicios eran gratuitos.
Sin embargo, en nuestro país y al no haber guerra, surgió la iniciativa de crear una institución que al igual que la Cruz Roja fuera integrada con médicos y personal especializado además de ambulancias y camilleros para atender tanto emergencias como el traslado de cadáveres que no realizaba la Cruz Roja ya que entonces no existía lo que ahora se llama servicio médico forense y se encarga de retirar un cadáver a petición del Agente del Ministerio Público que investiga el caso.
Pronto esta idea fructificó y por muchos años dió buen resultado para las instituciones y de hecho la ciudad de Monterrey contó con una de ellas que primero fue instalada a poca distancia del Palacio de Gobierno y luego sus instalaciones fueron trasladadas a la Calle Venustiano Carranza entre Ruperto Martínez y Espinoza donde funcionó como puesto de socorros, y posteriormente décadas después fue convertida en un hospital que daba servicio a toda la población.
Cuando me inicié en el periodismo para cubrir sucesos noticiosos, ninguno de los reporteros de más experiencia quería cubrir la información relacionada con la violencia.
Se le denominaba eufemísticamente «Nota roja»… Y todos preferían cubrir información política para estar cerca del gobernador o los presidentes municipales y diputados o espectáculos para convivir con los artistas o bien información deportiva y acudir a todo tipo de eventos en la ciudad que tuvieran que ver con los deportes.
Ahí había una disputa.
Pero los periódicos batallaban para encontrar alguien que pudiera interesarse en buscar la información y escribir la «Nota roja», pues ahí estaba el peligro físico.
El periodista que realizaba esos menesteres y acudía al lugar del accidente o crimen, siempre era amenazado por los familiares o los mismos protagonistas de la noticia que no querían que se revelara su nombre en los hechos ocurridos.
Se recibían amenazas de muerte, amagos intentos de golpes a diario e insultos al menos tres o cuatro veces al día cuando el periodista realizaba su trabajo.
Así me gané mi puesto en los periódicos, cubriendo esta información, pensando que era un puesto que nadie me disputaría y siempre encontraría un lugar en los medios para realizarlo o sea que nunca me iba a faltar el trabajo en toda mi vida y así fue.
El caso es que por mi trabajo estaba en constante contacto con los puestos de socorro tanto de la Cruz Roja como la Cruz Verde y había un acuerdo de permitirnos hasta abordar las ambulancias si uno estaba dispuesto a ser voluntario en sus acciones diarias.
Así aprendí primeros auxilios, ayudando a los socorristas y escuchándolos, me enseñaron a manejar fracturas de huesos, aplicar férulas y vendajes para inmovilizarlos al ser trasladados a un hospital, también la forma de atender una herida sangrante y frenar una hemorragia,
Así era más tolerada mi presencia entre ellos al ver que no era un inutil y podría ayudar hasta a cargar las camillas con los heridos.
Llegué a conocer a todos los choferes de ambulancia tanto en la Cruz Roja como en la Cruz Verde, Rafael a quien apodaban «Rafita» por su nobleza por ejemplo en la Cruz Roja y el «Cua cua»,,, hombre de pocas palabras que no hablaba con nadie pero tenía largas pláticas conmigo y de la Cruz Verde a Elías Borrego, Lamberto Arizpe y otros.
Hoy quiero hacer referencia de un caso aislado, el único de esta clase que me tocó ver en décadas de realizar mi trabajo y solo llamaremos al hombre «José Luis».
Realizaba su trabajo como chofer de la Cruz Verde y sus compañeros le apodaban «El Matehuala», tal vez por que había nacido en esa ciudad.
Realizaba su trabajo, en silencio y no hacía amistad con nadie, y siempre parecía estar de mal humor, pero realizaba limpiamente sus labores en la institución, su uniforme siempre limpio, sus zapatos bien boleados y brillantes, y mucha cortesía con todo el personal y a quienes daba su servicio.
En lo personal me llamaba mucho la atención que a diferencia de sus compañeros no buscaba la amistad de nadie y se relacionaba muy poco con sus compañeros de trabajo y casi nada con los periodistas.
Al contrario, parecía evitar a todos y siempre buscaba estar en soledad.
A poca distancia de la ubicación del edificio de la Cruz Verde se hallaba en la década de los años ochentas el edificio que albergaba las instalaciones de la entonces llamada «Policía Judicial».
Las dos instituciones estaban radicadas en la misma manzana y en la mitad la cárcel municipal, lo cual hacía mucho más fácil las labores de recabar información pues pasaba yo a pie de una institución a otra sin problemas para recabar datos de las noticias.
La Policía Judicial tenía la norma de informar periódicamente sobre el avance de sus investigaciones a los periodistas y presentar a las personas que habían sido detenidas en relación a la investigación de un delito y se les permitía hablar con los periodistas.
Había una hora para hacer esto y un reportero tenía que estar en ese momento en el lugar para realizar las entrevistas o conformarse solamente con los informes que daba la policía.
Esto se hacía a diario y cuando había un caso especial, se nos avisaba para que uno pudiera acudir al edificio a realizar el acto de levantar la información y por supuesto de tomar fotografías de lo ocurrido.
Esto era una acción diaria.
Sin embargo, fuera de este horario y durante la tarde recibí en el periódico la llamada de uno de los comandantes comisionados a la investigación de robos que conocía desde hace varios años y me pidió que me presentara en el edificio fuera de la hora acostumbrada para todos.
Un tanto intrigado accedí y cuando ya estaba en el edificio, lo pude ve que ya me esperaba y me dijo que antes quería platicar conmigo.
Estas fueron sus palabras: «Te llamé pues se que eres de los pocos que trabajan hasta fuera de horario y que siempre estás localizable para todos, pero además porque se que eres una persona justa».
Pude haber presentado este caso, a todos pero se muy bien que existen intereses y si lo presento a todos no lo van a publicar y voy a ganar su enemistad, y por eso estás aquí».
Luego me acompañó a los pasillos de celdas y dijo al carcelero a quien apodaban «El chicles»… «Ya sacalo unos momentos por favor que van a platicar con el «.
Su postura me sorprendió mucho y estaba intrigado sobre la persona que sacarían de celas y fue mucha mi sorpresa cuando de las celdas vi salir «Al Matehuala» aun vistiendo la camisola del uniforme de la Cruz Verde que usaban los choferes como uniforme.
Por experiencia propia, procedí a tomarle dos fotos con mi cámara mientras el comandante policiaco observaba mis acciones y luego le dirigí la palabra al detenido.
«Que pasó?»… Que hiciste?… y mientras callaba un poco y pude ver que su rostro se sonrojaba al verme el comandante habló y dijo esto:
«Alla cerca de la calle Arteaga hay un bar donde los socorristas y choferes acostumbran tomar unas cervezas cuando salen del turno para convivir… Este es el caso, Me llamó el cantinero a quien conozco de hace años y me mostró lo que le habían empeñado a cambio de unas cervezas durante una borrachera, que era un reloj que aceptó en prenda mientras le pagaban».
«El Matehuala» lo había llevado a empeñar…. Y yo pregunté de inmediato: ¿Y cuál es el delito? empeñar un reloj?
Y de nuevo habló el comandante: Ya sabíamos del reloj, había una denuncia del propietario.
Y siguió diciendo: «No es cualquier reloj, es un Rolex».
Dirigí mi vista al hasta entonces chofer de la Cruz Verde, y el hombre asintió con la cabeza.
Fué así como aprendí que los relojes Rolex tienen un número de serie… y que cuando una persona los compra la empresa anota el nombre de quién lo compró, para que le pueda recuperar e identificar en caso de que se lo roben y eso fue lo que pasó… El Rolex empeñado estaba registrado a nombre de una persona que había resultado inconsciente en un accidente vial, y quién fue auxiliado por personal de la Cruz Verde para ser trasladado al Hospital y como en ese momento no había socorristas, el traslado del hombre inconsciente lo realizó «El Matehuala» en la ambulancia que conducía pero en el trayecto lo despojó del reloj, que luego procedió a empeñar en el bar sin saber que estaba denunciado por la víctima y se hallaba a su nombre.
«El Matehuala» no solamente perdió su trabajo, perdió su libertad por varios años pues se trataba de una alhaja muy costosa, cosa que no sabía y que pensó en cambiar por unas cervezas durante una borrachera.
Desde entonces nunca más fue visto en los puestos de socorro como chofer y tampoco como chofer de camión urbano o de carga.
Sospechamos que se regresó a vivir a su ciudad de origen cuando pudo recuperar su libertad, o de plano se dedicó a otro oficio.
Nunca lo volví a ver o a saber de su paradero, pero su caso único nunca fue olvidado por el personal de los puestos de socorro.
Por René Martínez G.
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