CRÓNICAS DE UN REPORTERO POLICÍACO
Por: René Martínez
EL CHORIZO
Yo no recuerdo su nombre… Ni creo que nadie en el puesto de socorro lo recuerde…
No pertenecía al personal de base, es decir los que contaban con un sueldo, pero tampoco era integrante ni respondía ante los grupos de voluntarios registrados en la institución que estaban identificados y convenientemente monitoreados para exigirles la capacitación que se requería y la asistencia obligada a los turnos que les tocaba escalonadamente.
Solo se supo de él que le apodaban «El Chorizo».
Era un varón de alrededor de treinta años y con las características físicas de un mulato auténtico.
Alto de estatura pues casi media el metro con ochenta centímetros y además de ello podía notarse que su cuerpo mostraba la musculatura de un atleta.
No tenía vicios ni fumaba. Y tampoco conversaba con los otros voluntarios o choferes que realizaban su trabajo en las ambulancias para atender a los enfermos y heridos.
Tampoco cumplía con un horario fijo, en lugar de permanecer las ocho horas de rigor por turno como el resto del personal en ocasiones permanecía hasta dos o tres días realizando sus labores y ocupando un lugar en el sitio destinado como dormitorio a la hora adecuada.
Su ropa muy limpia. Tampoco nunca le vi portando el uniforme de la corporación con el clásico color verde en la camisola y café claro en el pantalón.
Y así como llegaba desaparecía, pero además era un hombre joven, que denotaba cierta educación y modales finos, pues saludaba a todos al llegar y al despedirse también.
No había ni hubo, en aquél entonces una queja sobre su actuar como rescatista ni voluntario en el puesto, durante los años que le vi ejercer lo que sabía hacer, ayudar sin hacer preguntas ni pedir nada a cambio.
Callado abordaba las ambulancias cuando había que hacer un servicio, y luego de realizar el trabajo necesario regresaba al puesto a continuar con su labor dentro del horario que él mismo se imponía.
Lo vi hacerlo durante varios años, y siempre me saludaba con una sonrisa.
Lo vi algunas veces despedirse del comandante en turno de manera amable y con una sonrisa indicando que procedería a retirarse y que en las próximas horas ya no se le considerase como personal disponible para las labores de emergencia.
Cargaba camillas con heridos, sabía cómo hacer parar una hemorragia, y atender una fractura sin lastimar al herido, por lo que yo como reportero trataba de no interferir en su labor comprendiendo que de alguna manera formaba parte del personal de emergencia de la institución.
Alguien que podría aparecer en cualquier momento y desaparecer de igual forma, pero quien acudía siempre que faltaban elementos para cubrir una guardia.
Conocía el manejo de la institución y los deberes de un rescatista.
Su conducta era intachable.
Un día que andaba de vago por las calles del centro de la ciudad, lo vi en una esquina con otros tres hombres jóvenes, sentados en la orilla de una banqueta justo en el lugar donde se formaba una esquina en la banqueta. Yo buscaba llegar a la antigua central de autobuses ubicada en la calle Colón y me convenía abordar el autobús en horas de la madrugada pues me esperaban tres horas de trayecto antes de llegar a mi destino a ver a la familia y si así lo hacía llegaría a casa al amanecer justo a la hora de tomar el primer café en compañía de los míos.
Ahí estaba, y cruzamos el saludo como siempre, luego de lo cual, yo continué mi camino sin pensar en el hecho para nada pues «El chorizo» era un personaje ya conocido por mí, así que continué mi camino sin detenerme.
La sorpresa fue semanas después… Un domingo por la tarde, mientras estaba cumpliendo con mi horario en el puesto de socorro en busca de noticia y permanecía en el patio de la institución a un lado de las ambulancias cuando escuché gritos y escándalo en el interior del área de urgencias.
Arriba de la camilla…. estaba el tipo apodado «El chorizo» y sobre su abdomen, podía ver sobresalir el mango y la mitad de un cuchillo de cocina grande.
El herido le gritaba al médico: ¡Sácalo! ¡Sácalo ya! El médico responsable y las enfermeras de turno guardaban silencio y al verme me hicieron la seña de que llamara a socorristas.
Los voluntarios llegaron de inmediato lo pasaron de una camilla a otra y lo condujeron al interior de una ambulancia que se dirigió hacia el Hospital Universitario para que lo atendieran.
De todo tomé fotografías. Quedó registrado como un herido sin nombre del que solo anotan las mayúsculas «NN» para indicar que se trata de un desconocido y sus datos físicos.
Ayudé a los socorristas a entregar al herido en el hospital en silencio.
Ya de regreso en el puesto de socorros me quedaban dudas y solicité hablar con el médico a quien pregunté esto: ¿Porque no le sacó el cuchillo doctor? Me miró en silencio unos segundos y dijo: «En el puesto de socorros no tengo instrumental ni personal para realizar la intervención, si hago eso se desangra internamente, se requieren varios médicos y enfermeras para hacer eso y un auténtico quirófano, no una sala de emergencias».
No pregunté más. El médico me había explicado muy bien, y era lo mejor para el herido.
Nunca más volví a ver a «El chorizo» como voluntario en aquél puesto de emergencias.











