abril 20, 2026 6:05 pm
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EL CASO DEL DIPUTADO ASALTANTE

Crónicas de un reportero policíaco

Por: Rene Martínez

Un caso que estremeció a toda la sociedad regiomontana, pero sobre todo a la clase política del momento, tuvo lugar un 24 de diciembre de 1982, por insólito y porque no había en la historia del crimen local algo similar.

Ya era de día, cuando al llegar la hora de las nueve de la mañana, el sistema de alarma silenciosa y prevención de asaltos bancarios puso en alerta a las fuerzas policiales, ya que un robo a mano armada estaba en proceso en el interior de una sucursal de una cadena de bancos, ubicada en pleno corazón de la ciudad.

La movilización de patrulleros de la policía uniformada se realizó de inmediato, al igual que las de turno de la entonces llamada «Policía Judicial» quienes no portaban uniforme, ni carros con insignias o logotipos, en un intento de evitar que la gente los pudiera identificar como agentes investigadores del Estado.

Todos iban en busca del solitario asaltante cuya descripción física y características de vestimenta fue proporcionada mediante los radios de comunicación de la policía, a lo cual añadieron el tipo y color del vehículo en el que había huido sin lograr su cometido.

Y es que, apenas había entrado a la institución empuñando un arma de fuego para amagar a una de las cajeras cuando se empezaron a escuchar los sonidos de las sirenas evidenciando la movilización general de los patrulleros, ante lo cual el autor del ataque al banco, atemorizado, prefirió huir a pie para luego abordar un auto que había dejado estacionado cerca de la sucursal bancaria y escapar rápidamente del lugar.

Los policías recibieron la indicación de que el vehículo, en que huía el asaltante, enfiló con el rumbo de la colonia Obispado a donde se dirigieron en su búsqueda.

De esto me informó uno de los operadores de la planta de radio de la policía, quien dijo que estaban estrechando la búsqueda en calles de esa colonia, normalmente poblada por gente que pertenecía a la clase media alta.

Y luego los patrulleros ya no escucharon nada.

Las indicaciones para buscar al asaltante armado cesaron y la planta de radio guardó silencio y lo mismo ordenaron a los patrulleros de las corporaciones policiales.

Yo estaba en esos momentos en la redacción del periódico pues ya había terminado con la redacción de las notas de la sección de policía del día y permanecía algunas horas en mi lugar ya sin nada que redactar, pero atento a lo que pudiera ocurrir mientras el periódico se elaboraba, lo cual acababa de pasar.

Como periodista estaba interesado en el desarrollo de la información, era muy importante si se lograba la captura del asaltante, además del intento de atraco a mano armada al banco, lo cual pasaba a segundo plano pues era más noticia que pudieran lograr la detención del fallido ladrón.

Pero el silencio de las comunicaciones de policía por medio del radio de transmisión era evidente y prolongado, ni siquiera para reportar el curso que seguía la persecución a toda velocidad por las calles del centro de la ciudad y por más que preguntaba a mis diferentes contactos de confianza de las corporaciones, no obtenía ningún dato que pudiera indicarme dónde se hallaban.

Eso me provocaba frustración aunado a la emoción de la noticia que se generaba y alistaba la cámara para salir a tomar fotografías, tanto de la institución donde fue el fallido atraco y me hubiera gustado hacer eso con la persecución, pero no había datos de por donde andaban las patrullas.

Opté por no salir del periódico cámara en mano como acostumbraba cuando algo importante ocurría y escogí esperar al desarrollo de los acontecimientos, mientras sentía la agitación en el cuerpo preparándome mentalmente para salir corriendo rumbo a la acción.

Pero no informaban de nada y cuando habían pasado varios minutos de esto, un compañero del periódico, muy joven, de la sección de espectáculos, entró corriendo a la redacción vistiendo aún sus piyamas y con pantuflas y se dirigió en silencio hacia la sección donde las compañeras escribían las notas de culturales en una esquina de la sala de redacción del periódico.

Las compañeras, que ya estaban en su departamento, lo rodearon al ver cómo había llegado vestido y claro le preguntaban el motivo.

Visiblemente nervioso y presa del miedo, y aun ahogándose por el esfuerzo hecho Edgardo Reséndiz explicaba que no sabía que ocurría.

El edificio donde rentaba un apartamento según dijo, en un área muy tranquila de la ciudad, había sido rodeado por patrullas y entraron policías empuñando sus armas revisando cada uno de los departamentos que había en el edificio.

Al escuchar a lo lejos su relato, pues yo estaba al otro lado de la sala de redacción, me llegó rápido la idea. ¡Estaban buscando en el lugar al fallido asaltante armado!

De un brinco me puse de pie de mi escritorio y haciendo a un lado las compañeras que lo rodeaban, lo tomé bruscamente del cuello de la camisa gritando: ¿Dónde vives?, ¡Dame la dirección! Pero eso sólo parecía ponerlo más nervioso, hasta que acertó a balbucear: En la colonia Obispado, y me dio el cruce de calles y número donde se encontraba el edificio de apartamentos.

Salí corriendo en busca de un auto de alquiler, para dirigirme hacia el lugar, lo abordé y nos dirigimos al sitio, pero ya estaba rodeado de policías uniformados con la orden de no permitir que nadie se acercara. Ni periodistas.

Intenté un rato, penetrar sin lograrlo hasta que comprendí que mi esfuerzo era inútil y regresé al periódico pues la edición del mediodía estaba a punto de salir a la calle.

Regresé a la oficina de redacción y dejé ir la noticia con los datos que tenía, lo cual me provocó un tanto de frustración pues pensaba que pude lograr algo más si hubiera conseguido fotografías del interior del departamento y el nombre del fallido asaltante, pero sabía que la información que tenía era exclusiva de mi periódico y eso me tranquilizaba.

Un día después las autoridades que investigaban el caso revelaron el nombre del ladrón armado que no pudo cometer el atraco.

¡Era un diputado en funciones, del partido tricolor!

Intentó evadir la persecución de las patrullas y fue a esconderse al edificio de apartamentos en renta que estaba en la colonia Obispado, pero al verse cercado por los representantes de la ley, se quitó la vida infringiéndose él mismo un d1spar0 en la sien.

Andrés Montemayor Hernández se había quitado la vida.

Eso escapaba a mi comprensión de reportero. ¿Un diputado convertido en asaltante?

Nunca había visto nada igual, ni podía entenderlo, para nada. ¡Los asaltos bancarios no los perpetraban los políticos, los realizaban los delincuentes!

Días después aun sin comprender lo ocurrido, así lo manifesté en una plática con uno de los jefes de policía de confianza, ante lo cual me respondió esto: ¡Ahhh! No entiendes, mira, el diputado estaba ya por concluir su periodo en la cámara.

Unos meses más y ya no tendría cargo alguno. Y se había acostumbrado al poder político. Y en aquellos años los candidatos del partido tricolor tenían que poner dinero de su bolsa para pagar las campañas, gastos de traslado, publicidad y otros, pues el dinero que les proporcionaba la federación no era suficiente para hacer una gran campaña publicitaria entre los electores y claro que el diputado quería contender para algún cargo de elección popular por el tricolor a sabiendas que ganaría la elección. Pero no tenía el dinero necesario. Tal vez por eso pensó en el asalto».

Luego guardó silencio. Eso del pago de campañas por dinero del candidato era un secreto a voces, pero que nadie mencionaba en público, ni tampoco los medios que utilizaban para esto.

La información en torno a estos hechos solo se publicó durante 3 días, y al terminar ese año. Nadie más volvió a mencionar el tema en los medios de comunicación.

A mí me había tocado publicar la exclusiva y el tema no se mencionó de nuevo.

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