abril 12, 2024 10:53 am
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VISIÓN EDITORIAL

LAS CUATRO LIBERTADES.
Por: Edilberto Cervantes Galván.

El régimen económico neoliberal estableció como su principal fundamento la observancia a nivel global de cuatro libertades: libre movimiento de bienes, de servicios, de capitales y de personas. La idea era que las fronteras político-geográficas de los países dejaran de ser barreras u obstáculos al libre movimiento de esos elementos. Esa era la base conceptual de la “globalización” neoliberal.

En lo que se refiere a los bienes y los servicios, el marco de la Organización Mundial del Comercio resultó lento en la facilitación de la libre circulación. En cuanto que no se pudo lograr un consenso en la OMC, el camino fue el de crear acuerdos a nivel regional: la Comunidad Europea fue un primer arreglo regional exitoso; el TLC de América del Norte, menos ambicioso en materia de integración regional, fue otro ejemplo de éxito comercial. Hubo otros intentos en América del Sur y en el sudeste asiático, con mayor o menor éxito. Sin embargo, la competencia comercial entre las grandes economías: los Estados Unidos, Europa, Rusia, las emergentes China e India, continuó tan fuerte como antes. El Brexit fue señal de la quiebra del Reino Unido.

El fuerte desequilibrio financiero del 2008 mostró que la desregulación del sector financiero y la mayor libertad a los capitales acarreaba riesgos sistémicos. Se estaba muy lejos de una comunidad financiera global estable. Los riesgos de transmisión de las fallas estaban presentes. En este contexto se produjeron movimientos sociales que señalaban a la desigualdad -la enorme brecha entre pobres y ricos-, como el principal riesgo social, a nivel global. La economía del 1 por ciento.

La economía global dejó de crecer. Los intereses nacionales volvieron a hacerse presentes en las estrategias regionales. El régimen de Trump quiso ser una reacción “nacionalista” ante las desventajas que Estados Unidos enfrenta en el comercio y la competencia tecnológica a nivel global. Boris Johnson se apuró a sacar al Reino Unido de la comunidad europea, aduciendo la falta de oportunidades de empleo para sus nacionales: el mismo argumento de Trump. El discurso de la globalización neoliberal estaba liquidado.

El factor humano, el factor trabajo, el libre movimiento de personas se fue diluyendo en el discurso de la política económica. Aparecieron “los migrantes”; miles de personas huyendo de agresivas realidades socio-económicas, buscando seguridad personal y algo en que ocuparse para sobrevivir. La prensa europea llamó la atención sobre la masiva migración de los países del medio oriente y del norte de África. No hubo una respuesta consensuada de la Unión Europea; cada país reaccionó conforme a las posibilidades de acomodar a los migrantes en su territorio. Miles han muerto en el intento por llegar a suelo europeo.

En la realidad americana conviene recordar que la migración mexicana hacia los Estados Unidos ha sido en grandes números; en algunos años alcanzó los 300 mil migrantes. Se estima que uno de cada cuatro mexicanos que reside en los Estados Unidos vive, de acuerdo con los estándares estadounidenses, en situación de pobreza. Dese hace algunos años México se convirtió en país de tránsito para nacionales de otros países que buscan ser admitidos en los Estados Unidos. La situación se ha vuelto compleja en territorio mexicano, con la presencia de miles de migrantes extranjeros. El presidente mexicano ha dicho que para enfrentar este fenómeno hay que crear oportunidades de empleo en los países de origen. Misma receta que debe aplicarse a la situación mexicana.
La realidad económica internacional ya estaba en crisis cuando a inicios del 2020 se desató la pandemia del COVID 19. Ningún país estaba preparado para enfrentarla; con sistemas de salud públicos debilitados y en proceso de privatización. La Organización Mundial de la Salud fue incapaz de impulsar una estrategia global. De nuevo los países poderosos económica y tecnológicamente tomaron ventaja, dejando de lado a los países de escaso nivel de desarrollo. A la crisis social provocada por el desvanecimiento de la economía globalizada se sumó ahora la crisis sanitaria; con la misma falta de sentido de solidaridad. Si a esto se agregan los riesgos ya presentes del cambio climático, la visualización de la degradación del planeta, las amenazas para el género humano son cada vez más evidentes.

En la ausencia de solidaridad internacional, con economías nacionales en crisis y sociedades en conflicto por los altos niveles de desigualdad, cada país está haciendo esfuerzos individuales por mantener una convivencia no violenta. La crítica política a los nacionalismos resulta vacía ante un mundo que está al borde de la catástrofe, como lo señaló el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas.

La aceptación del fracaso de la globalización económica neoliberal debiera dar paso a alternativas de colaboración y solidaridad internacional. Abandonar las estrategias neoliberales no tiene porqué suponer la adopción de alternativas comunistas o autocráticas. Se trata más bien de impulsar un régimen de reconstrucción de la solidaridad y la hermandad humanas. No hay recetas.
Una nueva agenda global con sentido social tendría que incluir estrategias para mitigar el cambio climático; sistemas eficaces de prevención sanitaria y de educación públicas; ingreso básico universal; impuesto global a las corporaciones internacionales, desarrollo científico y tecnológico aplicado a mejorar las condiciones de vida (las necesidades humanas). Esto sería una eficaz forma de respetar los derechos humanos: entender a la humanidad como una sola comunidad. Los problemas y desafíos son globales.

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