abril 21, 2026 3:19 am
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EL CASO DE LA PANDILLA «LAS PIRAÑAS»

EL CASO DE LA PANDILLA “LAS PIRAÑAS”

Crónicas policíacas

Por: Rene Martínez

En el centro de la ciudad de Monterrey, existen cafeterías que funcionan toda la noche.

No acostumbraba mucho ir, a menos que olvidara que al día siguiente era día festivo y no se laboraba en el periódico, pero algunas veces me percataba de esto cuando ya me encontraba en el centro de la ciudad y antes de regresar a casa, decidía acudir a uno de estos lugares para tomar un café, y a veces acudir a mis lugares de trabajo para acumular material ya que no solía haber periodistas en cobertura en esas condiciones y las fotos o noticias que lograra recabar, serían material exclusivo para mi periódico.

Fue así como me di cuenta de uno de estos casos que pasaron por años inadvertidos para las diferentes corporaciones policiales tanto estatales, como federales y municipales.

Mientras degustaba el café en un lugar ubicado cerca del cruce de las calles Colón y Bernardo Reyes pude ver a una joven adolescente con apariencia total de estudiante, con una mochila en la espalda y bajo el brazo algunas libretas de peso ligero.

En un principio me pareció normal su estancia en el lugar, ya que es parada oficial de algunas rutas camioneras urbanas y pensé que podría tratarse de alguna estudiante que salió tarde de escuela nocturna y esperaba el transporte urbano para dirigirse a su casa, probablemente ubicada en las colonias del norte de la ciudad.

No presté mucha atención al caso pero luego, medité un rato en lo que pasaba, ya que era después de la medianoche, la hora en que cesa el paso de la mayoría de los camiones urbanos y las calles se van quedando solas.

Justo esa esquina es una de las que conforman la manzana de lo que la gente denomina: «Condominios Colón», proyecto fallido de la elaboración de un mercado en el que se construyeron módulos comerciales en toda una manzana completa pero la ubicación no resultó favorable a los comerciantes que no se sintieron atraídos por conformar un mercado como se pretendía.

Como resultado la gran mayoría de los locales comerciales estaban solitarios y así lo estuvieron por décadas con excepción los del lado de la calle Colón, que si fueron ocupados por diversos comerciantes pues ahí si había gran tráfico de personas que podían ser sus clientes.

El resto de los locales la mayor parte del tiempo estaban abandonados y solitarios tanto en horas del día como de la noche. Los pasillos que fueron construidos para el paso de clientes a los locales se mantenían en soledad total.

Era un proyecto inútil y nadie transitaba por esos pasillos, que durante la noche no contaban ni siquiera con iluminación ambiental nocturna, y los rodeaba el silencio y la oscuridad.

Fue en esos momentos, cuando recordé que en varias ocasiones había acudido a uno o dos de los pasillos a tomar fotografías de casos similares.

Personas muertas en la vía pública, víctimas de lesiones contundentes y fracturas en diversas partes del cuerpo y las autoridades judiciales procedían a dar fe del cadáver y ordenar su traslado al anfiteatro del Hospital Universitario para que le fuera practicada la autopsia de ley al cuerpo y se iniciaran las investigaciones.

Ninguno de esos casos había sido resuelto y en muchas ocasiones los cuerpos ingresaron sin nombre ni dato alguno para poder ser identificados.

Esto ocurría con cierta frecuencia.

La cercanía de la antigua Central de Autobuses hacía más difícil las investigaciones pues la mayoría de los casos las víctimas eran personas que no tenían familiares en la ciudad varones, jóvenes que habían muerto a raíz de los golpes recibidos.

Yo meditaba en estos casos, mientras contemplaba a la joven que esperaba inútilmente el medio de transporte.

Luego recordé que a poca distancia se hallaban varios establecimientos con venta de alcohol al público, cantinas, bares, algunos legales, otros no y a media noche por el crucero caminaban muchos ebrios.

Mientras seguía tomando mi café pude ver algo que me desconcertó totalmente, un ebrio se acercó a la joven con la mochila, y le susurró algo al oído.

Luego la abrazó y ambos caminaron con rumbo al interior de los pasillos del solitario mercado y se perdieron en las sombras de la noche.

Ya no vi a la joven regresar a la esquina. Ni al ebrio tampoco, pero esa era considerada zona peligrosa así que no me acerqué al lugar por el momento.

Al otro día llegué a la misma cafetería a media noche y pude ver a la misma joven esperando el transporte urbano con la misma mochila en su espalda y los cuadernos.

Toda la semana acudí al lugar y pude ver que eran varias menores las que hacían lo mismo a medianoche.

Esos días fueron encontrados dos cadáveres más en el lugar a la hora del amanecer-

Fue entonces cuando pude entender lo que pasaba. Era una banda de asaltantes con violencia conformada por menores de edad, hombres y mujeres vecinos de las colonias cercanas que habían diseñado el sistema.

La jovencita de la esquina atraía a los borrachos. Por su edad, por su apariencia de estudiante y tras recibir una propuesta indecorosa, guiaba al ebrio al interior de los pasillos, donde esperaba escondida la pandilla de menores de edad.

Armados con trozos de tubos, de palos, de ladrillos atacaban a golpes al ebrio hasta que lo desmayaban o lo mataban para despojarlo de dinero, joyas y los valores que llevaba consigo para luego huir y perderse entre las sombras de la noche. Atacaban como pirañas, en grupo y sin piedad hasta acabar con el desafortunado.

Algunos lograron sobrevivir a la paliza, luego de permanecer varias horas inconscientes por los golpes recibidos, mientras que otros murieron en el lugar.

Esos eran los cadáveres que de vez en vez eran denunciados a la policía por los comerciantes a la primera hora del día cuando se percataban que había un cuerpo tirado en el lugar.

No podía publicar la historia pues no tenía pruebas de esto.

Solo la estadística de muertes en la zona y por los mismos motivos.

Decidí platicar de este asunto y mis observaciones con uno de los jefes de la policía estatal, quien se asombró mucho al escuchar mi relato.

«Tienes razón, yo no lo había notado y tengo décadas como policía, pero ahí están los números de las muertes y todos con graves lesiones».

Yo no intervine, para nada, como periodista no podía hacerlo.

No me servían los datos ni las fotos de los menores involucrados por razones obvias, y la historia tampoco la podía comprobar, no había testigos tampoco de los hechos, sólo los cadáveres que aparecían esporádicamente y esos, Ya no podían declarar.

Me enteré de lo que hicieron. Mandaron policías vestidos de civil al café, pusieron el lugar en observación y en una semana todos los menores involucrados, ellas y ellos fueron detenidos.

Los muertos dejaron de aparecer en los pasillos solitarios del mercado abandonado y no hubo más crímenes en el sector como había ocurrido por años.

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