Y TODO POR UN TRAGO DE CERVEZA
Crónicas de un reportero policíaco
Por: Rene Martínez
Todos los días, para ir a trabajar, tenía que tomar dos camiones.
Uno para acudir al centro de la ciudad y otro para dirigirme a trabajar. Me iba directo a las fuentes informativas que visitaba a diario pues, para ir al periódico primero y luego a las fuentes, eran otros dos camiones y como no ocupaba quien hiciera fotografía, la hacía yo mismo y, eso era mi rutina.
El primer camión, me llevaba hasta la avenida Universidad o hasta la calle Colón donde pudiera abordar la entonces ruta 46, que era el único que llegaba hasta la avenida Venustiano Carranza y me acercaba al lugar, la jefatura de la entonces Policía Judicial.
Fue un día de invierno. Por la ventanilla del camión pude observar al típico grupo de indigentes que, buscando mitigar algo el frío, encendían una hoguera y se ubicaban alrededor de ella bajo el espacio comprendido entre dos pilares del Metro, en la parte central del camellón de la cinta asfáltica.
Ni la policía los inquietaba pues no molestaban a nadie.
Se juntaban tratando de mitigar los rigores del clima y solo eso, y permanecían hasta conversando entre ellos en voz baja.
Al llegar a la calle Venustiano Carranza, bajé de la unidad de transporte urbano y me dispuse a caminar desde la calle Colón hasta la calle Espinoza, donde por muchos años se ubicó el edificio de la Policía.
Me distraje un poco observando las casas ubicadas en la acera norte de la calle Venustiano Carranza pues había varias vacías que por alguna razón fueron abandonadas hace tiempo por sus moradores como ocurrió en muchas de las casas del centro de la ciudad en aquellos años.
Eran varias las que estaban deshabitadas por ese tiempo y me llamaba la atención de que a pesar de estar solitarias no había gran daño en sus frontispicios y en esto distraje mis pensamientos hasta llegar al edificio de la policía.
Cuando llegaba, un grupo de agentes salía de la sección de investigaciones de homicidios, salía a toda prisa del edificio, señalando hacia el rumbo Norte de la calle.
Los seguí caminando a distancia, sin preguntar nada, iban a pie; pensé que no irían muy lejos y podría alcanzarlos en poco tiempo.
Así fue, habían iniciado una investigación dentro de una de las casas que yo había visto abandonadas y afuera se encontraba el comandante de la sección de homicidios, Fructuoso Obregón custodiando el lugar y esperando a que los agentes recolectores de evidencias hicieran su trabajo en el lugar donde fue cometido el homicidio.
Ya nos conocíamos desde hace tiempo el comandante y yo, a fuerza de vernos en cada una de sus guardias y que él mismo diera informes cada turno de los casos importantes a los periodistas.
Estaba afuera solo y me acerqué a preguntarle que tenía de avances en la investigación y me hizo la señal de que entrase a ver lo que pasaba, pues se estaban retirando los agentes recolectores de evidencias.
En el cuarto de lo que fue la sala de la casa, y ahora estaba totalmente sin muebles, pude observar en el piso el cuerpo sin vida de un indigente.
Su cuerpo estaba boca abajo y sus pies lucían descalzos, pero además de esto le habían bajado el pantalón hasta las rodillas y probablemente había sido ultr4jad0 se**almente por su victimario, también había gotas de sangre sobre el piso, que muy probablemente fueron de la herida ocasionada en la cabeza al ahora occiso.
Observé detenidamente el lugar y pude tomar algunas fotografías, lo que pensé que podría publicarse del caso sin morbo, los detalles de los pies por ejemplo, y una botella rota que aparentemente habían usado como arma para golpearlo en la cabeza y causarle la mu3rte.
Luego de esto abandoné el lugar y me dirigí de nuevo a pie al edificio de la Policía Judicial para recabar el resto de la información del día.
Ya que tenía todos los datos y me disponía a salir del edificio, pude ver al Comandante Obregón que regresaba del lugar de hallazgo del cadáver, iniciándose las investigaciones del crimen del indigente que fuera además vi0lad0.
Busqué la entrevista y con la franqueza con que siempre nos hablábamos el comandante y yo le pregunté si tenía algún avance en las investigaciones.
Movió la cabeza en señal negativa al momento en que murmuraba “no hay nada, ni el nombre del tipo mu3rto, pues no traía identificación alguna y probablemente se trate de un foráneo según parece por el tipo de ropa que traía, pero no tengo nada más que las heridas y la botella que usaron como arma para darle mu3rte, pero eso ya lo sabes”.
Escuché atentamente lo que decía, medité un poco sobre los sucesos del día y luego le dije: “Oye comandante, ¿quieres avanzar en las investigaciones?”.
A lo cual dijo que si, y entonces le comenté esto “A casi una cuadra de distancia, hacia el sur de la casa donde encontraron el cadáver que fue reportado por una persona que lo vio por la ventana, podrás ver un grupo de indigentes que se calientan en una hoguera, puedes empezar ahí”
El comandante se quedó en silencio un momento, para luego volver a preguntarme que ¿debía buscar en el lugar?
Me gustaba su forma discreta de ser, como si no fuera un buen investigador, pero era un hombre inteligente, sencillo y teníamos excelentes relaciones de amistad.
Entonces le contesté “Busca un tipo que traiga sangre en el calzado”
Se retiró en silencio con un grupo de agentes y me pidió que lo esperara en el edificio de la policía, solo me dijo que no me fuera a retirar y los esperase algunos minutos en el edificio, y así lo hice.
Media hora después lo vi regresar con el grupo de agentes y una persona que a todas luces habían detenido, un indigente, como yo esperaba que fuera.
El comandante Obregón al verme aun ahí me dijo que podía entrevistarlo. Claro que además de su nombre le pregunté sobre el crimen y esta fue su historia: “Es que como tenía frío y estábamos varios en la hoguera vi pasar a Juan con una media botella de cerveza, que de seguro se halló tirada y para no compartir se dirigió hacia una de las casas abandonadas donde entró.
Yo no dije nada a mis amigos aguardé un poco y luego lo seguí para entrar a la casa y pedirle que me invitara un trago de cerveza, pero se negó.
Me dio mucho coraje y le arrebaté la botella, pero al ver eso quiso pelear conmigo por eso y le di un golpe en la cabeza usando la misma botella. Lo vi caer al piso se dio otro golpe en la cabeza y empezó a temblar de todo el cuerpo.
Como lo vi temblando y estaba inconsciente, se me antojó al ver el movimiento y le b4jé el p4nt4lón y lo v10lé, luego me acabé la cerveza y salí del lugar.
El comandante, quien observaba el diálogo entre el detenido y mi persona, solo hizo un ademán apuntando hacia el calzado.
Claro que tomé fotografías, llevaba en los pies unos botines bastante desgastados y sobre ellos podían verse algunas gotas de sangre.
Yo ya tenía toda la historia, exclusiva, y sabía que al resto de los periodistas iban a presentarla hasta el otro día, me dispuse a regresar al periódico a escribir, bastante satisfecho.












