EL CASO DEL JEFE BURLON
Crónicas de un reportero policiaco
Por: Rene Martínez
Era mi primer día de trabajo en la empresa.
Un buen periódico de la ciudad de Monterrey, el sueldo prometía ser bastante aceptable para vivir bien, y las condiciones de trabajo ideales, o al menos así lo aparentaban. Me presenté ante el editor responsable de la sección para la que había sido empleado, nota roja, la cual elegantemente en Europa llaman “noticias de sucesos” pero aquí desde hace muchas décadas es denominada así “nota roja”
Y justo al momento en que me presentaba, avisaron de los puestos de emergencia -Iniciaba la década de los años ochenta, que había un incendio en la Sierra Madre a mayor altura de donde se encuentra Chipinque y me dijo, trae unas fotos de eso, mientras preparaba la edición del periódico de mediodía.
No lo pensé dos veces y salí corriendo en esa dirección, mientras pensaba que ni siquiera le había dicho que llamara a un carro de alquiler para que me llevara, pues entonces yo no conocía el procedimiento que empleaban en esa empresa pues era mi primer día de trabajo, así que me dirigí lo más aprisa que pude, hasta donde podría abordar un camión de transporte urbano que me llevara hacia la colonia San Pedro y me acercara lo más posible al lugar del incendio forestal.
Donde me bajé faltaba un largo tramo para llegar al cerro, así que utilicé un auto de sitio para que me acercara más al lugar y emprendí la escalada en un lugar donde ni senderos para caminar había.
Los incendios en la sierra se ocasionan muchas veces por personas que acuden hasta parajes solitarios para hacer una carne asada y dejan las brasas del carbón encendidas, una chispa y el aire que corre naturalmente, hacen lo demás, es muy raro que estos siniestros surjan por sí mismos.
Empecé a subir en la dirección donde había visto la columna de humo que salía de entre los árboles de lo alto de la serranía. Eran varios kilómetros de subida y me detenía tras subir un tramo, lamentándome de no traer conmigo la cantimplora para estos menesteres que siempre acostumbraba llevar, pero eso era cuando me avisaban con tiempo y me preparaba. En este caso todo fue muy rápido y fue mi recibida en la empresa prácticamente, por lo cual no pensaba en quedar mal. Horas después de caminar, logré llegar hasta un tramo donde algunos pinos tenían llamas y pude ver cómo se esparcía el fuego.
En el lugar ya se encontraba una brigada de soldados realizando su trabajo de sofocar las llamas e impedir que se extendiera el fuego, utilizando métodos que conocen de sobremanera tras realizar una y otra vez estas labores de protección tanto al bosque como a la ciudadanía que vive cerca.
Busqué a un militar de rango, me identifiqué como periodista, y solicité permiso para tomar algunas fotografías de sus acciones a lo cual accedió de inmediato.
Las tomé y me angustiaba el tiempo de regreso, ya que los que saben de subir montañas, conocen también que es más pesada la acción de bajar que de subirlas, por la inclinación natural del cuerpo que busca el equilibrio, pues cuando subes el torso se inclina hacia atrás, pero cuando bajas, de frente, el torso se inclina hacia adelante y dificulta la maniobra.
Horas después ya había bajado, y avancé por las calles de San Pedro buscando un carro de sitio, para regresar al periódico, ya era muy tarde, pasaba del mediodía. Luego de largo rato pude conseguir un taxi para regresar al periódico ubicado en el centro de la ciudad de Monterrey.
Me identifiqué en la puerta con la recepcionista del turno de tarde y me permitió pasar informándome, de paso, que el jefe de redacción era Ricardo Omaña, entré pregunté por él, y me escuchó en silencio pero recibió el material fotográfico, explicándole que era yo el nuevo reportero del periódico del mediodía y me despedí.
Rentaba entonces un departamento en el centro de la ciudad y me fui a descansar a la casa para presentarme a primera hora al otro día y hacer mi recorrido habitual por las madrugadas a la Cruz Roja y luego a la policía a ver los casos de detenidos y para recolectar información noticiosa.
Cuando me dirigí al editor para rendirle cuentas de las noticias recabadas me interrogó, ¿Que pasó ayer? Noté que estaba molesto, las fotos que traje de los militares apagando el incendio y del bosque en llamas adornaban las primeras páginas del periódico Matutino, eran exclusivas, nadie había subido, yo estaba satisfecho, pero mi jefe parecía no estarlo.
Le contesté a manera de explicación: “usted me mandó a tomar fotos del incendio en la sierra, en el bosque”. Me respondió con una carcajada y luego dijo: es verdad, pero lo que yo quería era que tomaras una o dos fotos panorámicas de la sierra donde se viera la columna de humo y regresaras con eso al periódico, no esto que trajiste” y continuó riendo.
Me supo su respuesta a una franca burla, pero yo entendí que esa sería la tónica de trabajo y no me equivoqué. Hacia todos los días lo posible por provocarme y hacerme enojar, yo pensé que no caería en el juego y con ese trato trabajé cerca de una década, mientras en el periódico matutino elogiaban mi trabajo y mis colaboraciones con ellos, todos los días sufría agresiones verbales de mi jefe inmediato protestando lo que yo hacía.
Esa era su postura, pero por la tarde colaboraba con el periódico matutino, y mis reportajes y fotos a todo color engalanaban las primeras páginas y mi nombre aparecía de nuevo al calce lo cual me hacía sentir muy satisfecho de mi diaria labor.
Aparatosos accidentes viales, incendios en edificios, y todo tipo de percances con mis fotos se publicaban frecuentemente en el matutino que era de los más importantes de la ciudad y eso significaba dinero extra para mi familia además que me hacía sentir bien.
Lo que le enojaba a mi jefe en verdad es que al terminar mis labores yo salía caminando buscando la puerta con una sonrisa y cantando alguna canción. Podía superar eso y más, hasta que un día, años después, decidí renunciar y volví a salir del periódico con una sonrisa, y directo a otra empresa periodística donde ya me esperaban.











