julio 15, 2024 2:09 pm
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VISIÓN EDITORIAL

LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO
Desigualdad y democracia.
Por: Edilberto Cervantes Galván
Cuando se hace referencia a la postura social-demócrata se le relaciona con el régimen de “economía del bienestar” que se desarrolló en Europa después de la Segunda Guerra Mundial y hasta finales de la década de los años ochenta del siglo pasado.
Con la economía del bienestar se desarrollaron instituciones y programas públicos enfocados a mejorar la calidad de vida de la población. Se trataba de recuperar la vida económica y social destrozada por el conflicto bélico y contrarrestar las corrientes políticas que promovían el socialismo y el comunismo. La “guerra fría” estaba en curso entre los Estados Unidos y sus aliados europeos, por un lado, y la URSS, por el otro. China aún no representaba un poder antagónico frente a “Occidente”.
En los estudios que ha realizado Thomas Piketty, en los que analiza la evolución de la propiedad y de la riqueza en los últimos siglos, ha identificado periodos en los que el crecimiento económico ha sido alto y también elevado el proceso de concentración de la riqueza: este es el caso de las últimas tres décadas del siglo XIX y hasta antes de la primera Guerra Mundial.
A partir de la década de los sesenta, con la “economía del bienestar”, se presenta una situación distinta, se redujo el grado de concentración de la riqueza en Europa y el grado de desigualdad en la sociedad. Con el fracaso del régimen comunista en la Unión Soviética y su desintegración (a fines de los años ochenta) se plantea en Europa y en los Estados Unidos una nueva estrategia de política económica que pone el acento en el funcionamiento de los mecanismos de mercado y la mínima o nula intervención del Estado.
Los gobiernos de Margaret Thatcher (en Inglaterra) y de Ronald Reagan (en Estados Unidos) impulsaron el régimen neoliberal y la globalización de los mercados. Para América Latina se planteó el “Consenso de Washington”, con el que se desarrollaron líneas de política económica como el proceso de privatización de empresas públicas (Argentina, Brasil, México) que se habían creado en la época del proteccionismo y de control de las importaciones y que se consideraban obsoletas e ineficientes (en Chile, los “Chicago Boys” se habían adelantado desde los años 70)
La globalización neoliberal entró en crisis en el 2008, sobre todo en su dimensión financiera y el comercio internacional empezó a resentir el peso de la economía china, la recuperación de Rusia, el rezago tecnológico en la industria tradicional y en la competitividad de los Estados Unidos y el quiebre (que no quiebra) de la Comunidad europea (el llamado Brexit y la salida de Inglaterra del arreglo económico europeo).
El registro que ha hecho Piketty de este periodo es que se revierte lo poco o mucho que se había avanzado en la reducción de la desigualdad: de los años ochenta a la segunda década del siglo XXI se hace más aguda la concentración de la riqueza y la propiedad. Los informes sobre Estados Unidos y México muestran una realidad similar a la de Europa.
En medio de este escenario de crisis económica, la llegada de la pandemia provocada por el COVID 19 contribuyó a desarticular los escasos lazos de solidaridad internacional. La Organización Mundial de la Salud resultó ineficaz para establecer mecanismos de cooperación y apoyo a escala global. Las empresas farmacéuticas reaccionaron con prontitud creando vacunas contra el virus y, aprovechando la protección del régimen de propiedad industrial, se han convertido en las grandes ganadoras económicas. Otra industria que ha disparado sus ganancias es la Digital. En general, en la crisis de salud el negocio siguió siendo negocio: los países con escasez de recursos no tienen acceso a las vacunas contra el COVID y cada país se rasca con sus propias uñas.
No se trata de la crisis “final” del capitalismo, para nada. Pero si se han levantado voces y propuestas de que hay que desarrollar esquemas de solidaridad, de apoyo público y privado, en favor de los pobres del Mundo. Y no es una cuestión de caridad, sino de realismo social y de realismo económico. Sucede en México y en otros países, el mercado interno no ofrece bases para el crecimiento económico: a medida que crece la pobreza se reduce el consumo nacional.
Causa sorpresa ver a los miles de migrantes centroamericanos y haitianos que llegan a México en busca de una opción de vida, pero así ha sido la migración de mexicanos a los Estados Unidos; entre el año 2000 y el 2010 la migración mexicana hacia los Estados Unidos fue masiva. Las remesas que envían los mexicanos emigrados a sus familiares en México tienen ahora un valor estratégico: ayudan a solventar las altas condiciones de pobreza.
“A lo largo de todo el siglo XX y durante las dos décadas del XXI, los ingresos del 10% más rico de la población mexicana fueron y siguen siendo 30 veces más altos que los del 50% más pobre” (World Inequality Lab). Por su lado, los Estados Unidos son “campeones” en la desigualdad, el 10 por ciento de la población atesora más que el 50 por ciento de la población
Desde la perspectiva de México, AMLO se atrevió a proponer en la sesión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas un esquema de donaciones de los países poderosos económicamente (los que integran el Grupo de los 20), de las grandes transnacionales y de los magnates globales, para canalizar esos recursos en favor de los países pobres. La crítica fácil a AMLO es que se equivocó de ventanilla y que el Consejo de Seguridad (que actualmente preside México) no es para tratar estos temas. La iniciativa de AMLO sigue un proceso de promoción y buscando adhesiones.
Desde la perspectiva europea, Piketty y un amplio grupo de personalidades académicas y políticas, lanzaron hace dos años un “Manifiesto por la Democratización de Europa”, apuntando a la brecha de desigualdad en la sociedad europea: “contra todo el ultraliberalismo económico que desmanteló los servicios públicos y las protecciones sociales desarrolladas en Europa en los compromisos de la posguerra”. Esto es, enfocarse nuevamente a una economía del bienestar, a partir de mecanismo fiscales que redistribuyan la riqueza. No es el socialismo ni mucho menos.
“Nuestro continente hoy se encuentra atrapado en un movimiento de pinza entre, por un lado, movimientos políticos cuyo único programa es la caza de extranjeros y refugiados, y por otro, partidos que se dicen europeos, pero que en el fondo siguen imaginando que el liberalismo absoluto y la competencia generalizada de todos (estados, empresas, territorios, particulares) son suficientes para definir un proyecto político, sin darse cuenta de que es precisamente la falta de ambición social que alimenta el sentimiento de abandono”
Ahí están dos propuestas que plantean que el problema más grave en la actualidad es la desigualdad, la concentración de la riqueza y la ampliación de la pobreza. Con dos posibles salidas. Despertando el sentido de solidaridad a nivel global o estableciendo un régimen fiscal (con apoyos directos a los jóvenes) en Europa.

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