LOS MEDIOS Y LA CORRUPCIÓN
Por: Edilberto Cervantes G.
Ex-Srio de Educación en N.L.
Monterrey.- En septiembre de 2019, en su columna Ojo por Ojo, el periodista de medios Álvaro Cueva publicó un artículo con el título que encabeza este escrito. (Milenio, 8 de septiembre, 2019, p.19.)
“Hace muchos años, yo diría que hasta el sexenio de Miguel de la Madrid, las cosas eran muy claras en el mundo de la televisión. Se hacían contenidos, se comercializaban, se obtenía dinero y todos eran felices”, afirma A. Cueva.
Y continúa: “Los escritores creaban, los vendedores vendían, las noticias ocupaban espacios muy específicos… Se hacían muchas telenovelas, variedades. Todo apuntaba hacia la diversión”.
“Con el paso del tiempo –agrega– una larga lista de instancias de gobierno comenzó a repartir dinero a través de mecanismos insólitos. Eran verdaderas fortunas a cambio de promoción, de silencio y de cosas que a veces se contradecían. Pero era dinero y al dinero casi nadie le dice que no.”
“¿Qué fue lo que sucedió? –se pregunta–. Que la mayoría de los vendedores dejaron de proponer y solo iban a recoger cheques. Como los millones llegaban solos ¿para que gastar?, ¿para que crear? Hagamos refritos, compremos historias baratas en Sudamérica”.
“Salvo unos cuantos casos, el negocio de la televisión dejó de ser la televisión. Obviamente las audiencias huyeron a los cables, a las antenas, a las redes sociales y a las nuevas plataformas”.
“Los espacios que antes ocupaban la música, el humor y las producciones infantiles se convirtieron en barras de noticias y de análisis político. Ahí estaba el negocio”.
“Para no hacerle el cuento largo, hoy que el gobierno dejó de entregar aquellas carretadas de billetes, decenas de empresas e instituciones están al borde del colapso.”
Álvaro Cueva concluye diciendo: “Estamos pagando el precio de muchas décadas de corrupción”.
Álvaro se refiere a lo que sucedió con las televisoras, pero las prácticas que menciona se extendieron hacia las radiodifusoras y los medios impresos. Las “barras de noticias” como los espacios de “opinión” ocupan, desde entonces, buena parte de los contenidos. En la radio, como en la tele, hay “noticias” mañana tarde y noche. Hay canales dedicados a “informar” todo el día.
Desde hace tiempo se ha planteado la conveniencia de que en los noticieros y otros espacios se distinga entre lo que es información y lo que es opinión. Pero, en la práctica, los conductores de noticieros actúan como lectores de notas y también como comentaristas o editorialistas. También es usual que la información de “noticias de interés público” sea comentada y criticada por especialistas u organizaciones de profesionales o no gubernamentales, sin ninguna representatividad; la participación de “fuentes” oficiales es mínima.
Se da el caso, en medios impresos, que el mismo día en que se da a conocer una información como noticia, en la misma edición aparecen comentarios editoriales y hasta caricaturas o cartones con una misma postura opuesta a las versiones “oficiales”. El esfuerzo por orientar o desorientar se diseña desde antes de que la información se dé a conocer.
En la actualidad, la comunicación y difusión de opiniones están al alcance de quien dispone de un aparato celular, con “aplicaciones” diversas. Ya no se requiere la formalidad de empresas de televisión, de radio o de medios impresos, para transmitir contenidos. Ahora las personas en lo individual lo pueden hacer. Los medios digitales trasmiten contenidos de “influencers”, “youtubers”, “bloggers”, y demás. Nadie puede validar que la información u opiniones que transmiten sean ciertas o verificables.
Desde la primera campaña de Donald Trump, por la presidencia de los Estados Unidos (2016), las nuevas tecnologías de la comunicación vinieron a hacer más complejos los procesos y a poner en duda el peso de la racionalidad en la toma de decisiones de los votantes.
De acuerdo con Alfonso Ayala Sánchez: “Cuando se analizan tanto los mítines como los discursos, los ademanes y hasta la forma de hablar y de vestirse del candidato Trump, se puede entender que nada se dejó al azar y que toda la estrategia de campaña estaba supeditada a la exacerbación de ciertas emociones dirigidas a un grupo de votantes claramente definido”. Exacerbación de las emociones. El triunfo de Trump parece haber demostrado que apelar a las emociones es casi dos veces más eficaz que presentar hechos concretos.
El hecho es que, a los cuatro años, Trump, con todas las ventajas que supone ser el Presidente en funciones, no logró ganar el siguiente proceso electoral. El triunfador fue Biden. Para el New York Times, la campaña de Biden no fue “… un ejercicio de creatividad enérgica, sino más bien un caso de estudio sobre la disciplina y la moderación”. Exacerbar las emociones frente a la moderación.
Ahora están en curso las campañas electorales en los Estados Unidos y en México. En los Estados Unidos Trump parece que aplicará su estrategia basada en la agresividad, apelando a la respuesta emocional. En México, más que los candidatos, son los medios de comunicación convencionales, como la televisión, la radio y la prensa escrita, los que están más activos enfocando su atención y sus críticas en la actuación de AMLO. Claro, todavía no se inicia la etapa formal de la campaña electoral y AMLO continúa atrayendo los reflectores públicos.
Se advierte que la estrategia de las noticias falsas será un recurso recurrente en las “redes sociales” y que el uso de la Inteligencia Artificial agregará nuevos elementos con los que se estimularán el engaño y la confusión.
La denominada guerra sucia parece que todavía no empieza; aunque los críticos de AMLO están arreciando sus ataques, no obstante que AMLO no es candidato.
El periodismo auténtico (alguien dice “el periodismo crítico, el “fuerte”, el “independiente”) es una de las instituciones decisivas en el proceso democrático.
Hay quienes construyen escenarios electorales sin mayores elementos que una buena especulación. O los que utilizan las encuestas para vaticinar futuros triunfos o derrotas, cuando las encuestas son muy puntuales. Todo se vale, en el ánimo de crear falsas expectativas o alentar el negocio de la desinformación.
Los partidos políticos en su mayoría están en un proceso de decadencia, como meros gestores de las franquicias que suponen las candidaturas. La reelección en los puestos de elección ha contribuido a consolidar grupos de élite al interior de los partidos.
Las empresas que se dedican al negocio electoral no tienen grandes variantes en sus estrategias. Los denominados influencers creen que pueden influir en el ánimo de los electores como si estos fueran consumidores de los productos que promocionan.
Siguiendo el ejemplo de los norteamericanos, en lugar de una contienda cívica, se asiste a una guerra de estrategias de marketing y manipulación, en la que se invierten grandes cantidades de recursos económicos, con controles y fiscalizaciones no muy efectivas.













