junio 12, 2024 10:36 pm
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VISIÓN EDITORIAL

Soberanía tecnológica
Por: Edilberto Cervantes

Monterrey.- Hace algunas semanas tuve acceso a un video en el que se planteaba la pregunta ¿por qué América Latina no logra desarrollarse económicamente?
La respuesta que se adelantaba era que los gobiernos o los gobernantes no han tenido la visión para instrumentar estrategias efectivas. Y se citaban los casos de Corea del Sur, Singapur e incluso China, ahora Viet Nam, países que hace tres o cuatro décadas aún no despegaban en lo económico y ahora están muy por delante en la economía internacional.

La historia de América Latina es que desde la invasión europea (o el “Descubrimiento de América”) la región ha sido tierra de explotación de sus riquezas naturales, entre ellas los minerales de todo tipo, por ejemplo: el oro y la plata; también el cobre, el petróleo y ahora el litio. También los productos propios de estas tierras y climas: henequén, plátano, maíz, carne, ahora aguacate.

La riqueza extraída no ha representado ingresos dignos para los trabajadores ni recompensas económicas para las naciones originarias. Cuando era Presidente de Bolivia, Evo Morales expresó que si los Europeos reintegraran a América Latina el uno por ciento (o algo así) de la riqueza que se han llevado, desde la colonia, habría recursos para pagar la deuda pública e impulsar proyectos productivos.

(Como anotación al margen, desde hace unas semanas los países miembros de la Unión Europea acordaron destinar 50 mil millones de euros para apoyar proyectos productivos en América Latina; como posibles recipiendarios se han mencionado varios países, entre los que no aparece México.)

El desarrollo industrial no ha sido una posibilidad ni para aprovechar los recursos minerales o naturales, o para fabricar maquinaria, equipo o bienes de consumo.
La época de la sustitución de importaciones, entre los años cuarenta y sesenta del siglo pasado, representó una posibilidad real de dejar de importar bienes y sustituirlos con productos fabricados en la región. En esa era de la posguerra, las potencias industriales estaban recuperándose del conflicto bélico y reorientando su tecnología y producción. A los países de América Latina les concesionaron o licenciaron las tecnologías industriales (a punto de entrar en obsolescencia) para que produjeran bienes de consumo, sin dejar de ejercer el control de las patentes ni permitir que los países de AL intercambiaran estos bienes entre ellos. La economía de la maquila.

El caso de Brasil es interesante. En esa época Brasil decidió retirarse del “Acuerdo de París”, con el fin de poder hacer uso de tecnologías patentadas sin tener que negociar con sus propietarios. Aunque sólo se mantuvo algunos años fuera del Acuerdo, fue suficientes para que Brasil desarrollara una base tecnológica como para fabricar aviones y equipo militar.

En México, una historia no oficialmente confirmada es la de que, en los Acuerdos de Bucareli -que el gobierno del general Obregón pactó con los norteamericanos para lograr su reconocimiento diplomático en los años veinte- una de las restricciones que se establecieron fue que México no podría fabricar motores de combustión interna. Con ello se cancelaba el desarrollo de una industria automotriz nacional. Hasta la fecha no se sabe de motores de combustión interna producidos en México, si no es con tecnología y marcas extranjeras. Los motores eléctricos representan ahora una posibilidad, pero el desarrollo tecnológico nacional en ese ramo es muy incipiente.

A principios de los años setenta, un grupo de economistas y sociólogos latinoamericanos – brasileños incluidos- elaboraron una interpretación del esquema de desarrollo económico que se observaba en la región. Se configuró así la que se denominó Teoría de la Dependencia. La que explicaba que el crecimiento económico en los países de la región era un proceso subordinado a las leyes e instituciones extranjeras e internacionales, una subordinación a las orientaciones del mercado internacional.

En línea con la Teoría de la Dependencia, varios estudios revelaron que la producción industrial de la región se sustentaba en tecnología extranjera, sin ninguna posibilidad de absorción o asimilación por parte de los nacionales. La inversión extranjera traía los recursos financieros y también su propia tecnología, y también ingenieros, supervisores y demás.

Se reconoció la importancia estratégica de buscar soluciones tecnológicas que reflejaran las prioridades e intereses nacionales. En algunos países, México entre ellos, en los años sesenta y setenta, se impulsó la creación y desarrollo de centros de investigación científica para generar soluciones tecnológicas que atendieran las prioridades nacionales. Se emitieron leyes para tener cierto control de la inversión extranjera y propiciar la transferencia de tecnología.

Con motivo de la conmemoración de los 50 años del derrocamiento de Salvador Allende (1973), se divulgó un proyecto de tecnología digital que estaba en ese entonces en desarrollo por ingenieros chilenos. La iniciativa Intec buscaba movilizar a científicos, ingenieros y diseñadores, para impulsar la competencia técnica de las empresas estatales chilenas y sus ministerios, disminuyendo su dependencia de la tecnología extranjera. La más importante de las iniciativas de Intec fue el Proyecto Cybersyn, cuya sala de operaciones fue reconstruida para exhibirse en 2023 en Santiago: Cybersyn representó un esfuerzo audaz para construir un software que apoyara el programa de nacionalización de la Unidad Popular. Allende aplicó sistemáticamente una política tecnológica geopolíticamente informada y no rehuyó enfrentarse a poderosos actores corporativos (como la ITT).

Apenas seis semanas antes del golpe, Orlando Letelier, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Allende, incluso planteó la idea de una institución internacional similar al Fondo Monetario Internacional, pero en tecnología y con los intereses del Sur Global en su centro.

Con la llegada de los Chicago Boys a Chile y la instrumentación de las políticas neoliberales en toda América Latina, los avances en el desarrollo de una capacidad soberana en ciencia y tecnología se diluyeron con el tiempo. Las nuevas tecnologías, protegidas con el sistema de patentes, son recursos monopólicos de las empresas que las desarrollan, muchas veces con el apoyo de fondos públicos, como en los Estados Unidos. La ideología de la globalización se sustenta en un sistema financiero mundial y un sólo mercado de bienes y tecnología.

La tecnología digital, en la que se concentran las innovaciones en la actualidad, se desarrolla en unos cuantos centros a nivel global. Los chips o los transistores avanzados son materia de monopolización y guerra comercial. El acceso a los dispositivos digitales está sujeto a control y es motivo de conflicto entre los países tecnológicamente avanzados.

Si bien en los años setenta México contaba con un importante conjunto de centros de investigación, los gobiernos neoliberales modificaron las prioridades y el enfoque nacionalista. Con la privatizaron de las grandes empresas publicas y el abandono de las políticas nacionalistas se trastocaron los esfuerzos en investigación y desarrollo. Organismos como el Conacyt, creados para impulsar la investigación orientada a los problemas nacionales, modificaron sus prioridades y acabaron apoyando financieramente las necesidades tecnológicas de empresas transnacionales.

La reciente renovación en la ley de ciencia y tecnología de México está diseñada para que el esfuerzo de investigación y desarrollo con recursos públicos se oriente a partir de las necesidades y prioridades nacionales.

La “dependencia tecnológica” en la que se encuentra América Latina elimina cualquier posibilidad de decisiones y acciones autónomas sobre la mejor manera de aprovechar los recursos y atender nuestras necesidades y prioridades. Por ejemplo, para la explotación del litio se tendrá que recurrir a la tecnología extranjera.
En el proceso de reubicación de empresas extranjeras hacia México –el nearshoring- nadie se plantea siquiera la posibilidad de diseñar procesos de asimilación o absorción de la tecnología que traen consigo las empresas. La mayor preocupación es preparar operarios.

La soberanía tecnológica requiere capacidad para seleccionar tecnología, asimilar el conocimiento desarrollado en el resto del Mundo y diseñar soluciones en atención a las prioridades nacionales, como son: a) alimentación: producción y conservación de alimentos; b) salud: estrategias de prevención, vacunas y medicamentos; c) energía: eficiencia energética y energías limpias, d) tecnologías digitales, e) educación: basada en el aprendizaje significativo, cooperativo y científico. Las universidades tienen un papel clave que desempeñar.

Se necesita definir un estilo tecnológico propio sin que eso signifique aislamiento del resto del Mundo y si la asociación estratégica con los países en condiciones similares. La cooperación Sur-Sur. Algunos especialistas consideran que la actual es una coyuntura para impulsar una nueva etapa de sustitución de importaciones, que vaya más allá de un régimen de maquila avanzada.

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