abril 15, 2026 6:30 pm
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LOS «MODUS OPERANDI» DE LOS DELINCUENTES

Los “Modus Operandi” de los delincuentes

Crónicas policíacas

Por: Rene Martínez

Gran parte del trabajo del reportero que cubría las fuentes policiales, era acudir tanto con la policía uniformada de Monterrey y la Policía Judicial para ver que trabajo habían realizado las últimas 24 horas.

No era solo recabar los informes, era entrevistar a los detenidos, así se había hecho siempre. Me tocó hacerlo desde finales de los años setentas, y me quedé durante varias décadas. Nadie quería esa parte del trabajo periodístico, querían cubrir política algunos, ver al gobernador, los diputados y los políticos en turno importantes, espectáculos, deportes y ver a figuras de importancia pública, grandes artistas o deportistas.

¿Ver policías a diario y delincuentes a diario?, los periodistas no querían eso.

Pronto pude darme cuenta de eso y me especialicé en algo que nadie quería hacer. ¿Mi pensamiento? cualquier periódico siempre tendrá un espacio para mí. Y así ocurrió, nunca me faltó el trabajo en toda mi vida.

Pero en los años setentas, esto significaba estar en contacto diario, cercano con los delincuentes y la policía. Así los delincuentes habituales hablaban conmigo frecuentemente, cada vez que eran detenidos.

Jaime Chavarría Vadillo conocido con el mote de “La chiquilla”, homosexual reconocido y ladrón que merodeaba el barrio de “La coyotera” era uno de ellos, Jesús Victorino Ochoa, de la colonia Moderna a quien apodaban “El N4zi” carterista de oficio, Ubaldina Costelo Olivares alias “La Uva” asaltante que recorría las principales zonas comerciales para robar a mujeres y muchos otros, pronto fueron personas muy conocidas para mi persona por sus frecuentes arrestos.

¿Y porque se hallaban casi siempre en libertad? por eso eran delincuentes habituales, habían aprendido un método para delinquir. ¿Cuáles eran sus secretos para no permanecer detenidos por largo tiempo? Poco a poco lo fui aprendiendo.

Diseñaban una manera de robar, se arriesgaban por pocas cantidades de dinero, un monedero de mujer, que fácil arrebataban y corrían como lo hacía Ubaldina, para perderse corriendo entre las multitudes de las calles del centro de la ciudad. Una prenda de valor en un puesto callejero que tomaban y corrían, pero de poco valor. Una medalla de oro que arrebataban a una anciana y corrían con ella arrancando la cadena. Pero en general cosas de poco valor.

Si eran detenidos era fácil regresar el producto y que el afectado retirase los cargos y en todo caso era una condena menor que no motivaba mucho tiempo de privación de libertad, por eso fácil salían libres.

No portaban arma alguna, pues una cosa es robar, y otra el robo a mano armada, el hurto simple permite, por ley, el pago de una fianza para salir libre y el uso de arma, para cometer el latrocinio, implica una condena mayor a cinco años de cárcel, según la ley.

Los ladrones hábiles, que hacían del hurto su manera de vivir, lo hacían buscando aglomeración de gente, en las paradas de camiones, en los asistentes a un espectáculo público, entre mayor cantidad de personas reunidas era mayor su paraíso.

Usaban dos o tres camisas o prendas superpuestas, por si la víctima los veía, se despojaban de la prenda superior así mientras el afectado decía que llevaba una camisa roja puesta el ladrón, la verdad era que se había quitado la camisa roja y arrojado la prenda en un bote de basura a su paso y luego de cometer el robo lucía una camiseta negra como prenda de vestir.

Yo los conocí a muchos de ellos, y los veía acudir al centro de la ciudad buscando los amontonamientos de gente. Pero ellos también me conocían, estaban acostumbrados a verme y que les tomara fotos cada vez que los detenían, me veían como parte de los sucesos que rodeaban su vida cotidiana y muchos se acostumbraron a mi presencia.

El cinismo de algunos era grande, al verme, me saludaban y agregaban “Andamos jalando jefe” al saludo que me dirigían. Así entre sustos y corridas y algunas veces en el interior de las celdas transcurría su vida.

No tenían estudios, la gran mayoría. Morirían en una celda detenidos, o de las lesiones recibidas al ser capturados por su víctima o por la propia policía.

Por eso sus fines de semana transcurrían en las más tenebrosas cantinas de la ciudad, ingiriendo alcohol para embrutecerse porque, además, los ebrios eran algunos de sus clientes favoritos.

Platicar con ellos, entrevistarlos, conocerlos en persona, escucharlos cuando querían hablar, ese fue el trabajo que tuve por décadas.

Como si yo fuera un policía viejo, conocí a los delincuentes, sabía anticipar la hora y lugar en que cometerían sus delitos, pero sin darme cuenta, la ley del hampa callejera me fue alcanzando.

Era la ley del silencio, No hablar de esto.

No denunciarlos, pues tomaban represalias rápidas al sentir amenazado su modo de vivir. Opté poco a poco por alejarme de las multitudes, de las calles del centro de la ciudad y evitar las zonas donde sabía que su presencia era casi permanente.

Sabía que las farderas que operaban en el robo de tiendas, vivían en la misma calle en la colonia Independencia.

Los estafadores conocidos, como “Paqueros”, también eran todos vecinos y tenían sus sitios de reunión donde se ponían de acuerdo para cometer sus fechorías ilegales.

Yo conocía perfectamente eso, era parte de ejercer mi oficio, pero esa gente dedicada al delito, me respetaba, por eso, porque a pesar de que los conocía y sabía sus correrías y también sus puntos de operación nunca los denunciaba a pesar de que podría identificarlos.

¿Por qué? tal vez porque mi presencia constante entre las filas policiales motivó que muchas veces los representantes de la ley dejaran de maltratarlos o golpearlos, pues esto no lo hacían delante de un periodista.

Y mi llegada al momento de su captura evitaba que fueran lastimados por los golpes, pues los policías mostraban compostura y no los acosaban, ni golpeaban en mi presencia y eso motivaba la gratitud de los detenidos.

Alguna vez tuve que gritar a un policía que golpeaba a un delincuente: “¡Delante de mí no! ¡Si le das un golpe, voy a tomar fotografías y te vas a quedar si trabajo si publico yo eso!” Y la violencia cesaba de inmediato.

Los delincuentes sabían eso, lo sentían, al fin y al cabo, seres humanos también contemplaban mi presencia como un “mal necesario en su vida” y no se molestaban cuando les tomaba fotos y platicaba con ellos y muchos me lo agradecían.

Las notas periodísticas publicadas en nota roja, le darían indicio a sus familiares de que se encontraban detenidos y el porqué de su arresto, un mundo difícil de entender para la gente normal que no está relacionada con el mundo del crimen, y al que poco a poco, pero sin saberlo, me había ido integrando por mi trabajo.

Eso era mi seguro de vida, y me mantuvo alejado de problemas toda mi vida.

Un día con las décadas me harté, me retiré de esa parte del oficio, incursioné en otras áreas del periodismo, pero nunca olvidé a esa gente, ni ellos a mí. Y cuando menos lo esperaba uno de ellos me sorprendía al ponerme la mano en el hombro acercándose a mí por la espalda y diciendo: “jefe como ha estado? Tanto tiempo sin verlo” y al voltear el rostro y poder identificar al delincuente contestaba a su saludo con una sonrisa.

Mi vida se iba llenando de anécdotas curiosas cada vez que uno de ellos me reconocía en las calles y me saludaba, pero nunca me agredía.

Había aprendido con los años a ser: “reportero de sucesos policiales” Y cubrir “Nota roja”.