Crónicas de un reportero policíaco
Por: Rene Martínez
Ya había terminado de redactar las notas de policía del periódico del mediodía cuando escuché a un compañero mencionar que el municipio de Galeana estaba aislado por una intensa nevada que había caído en la zona y agotaban sus alimentos los pobladores y requerían ayuda era el año de 1978 empezaba el invierno.
Guardé silencio, medité un poco. Me dirigí a solicitar audiencia con el director del periódico de apellido Espino y cuando me recibió me dijo: «Estás loco y luego que voy a tener que mandar un perro San Bernardo para que te rescate? claro no”
Salí de dirección abrumado y regresé a mi lugar en el escritorio, más tarde supe que esa misma tarde salía un convoy de ayuda llevando alimentos, medicinas y brigadas médicas para el lugar, según informó el vocero de prensa de Gobierno del Estado.
Los reporteros de la fuente se pusieron de acuerdo para no avisar en todos los periódicos ya que no querían que los mandaran a cubrir las noticias allá al sur del Estado.
Pensé rápido y esa tarde le llamé al subdirector de la Policía Judicial del Estado que me contestó amablemente y de manera cordial.
Yo fingí estar enojado y le dije: «Usted se dice mi amigo? esta tarde sale una brigada de ayuda al municipio de Galeana, y eso es en un rato más. ¡Y a mí nadie me avisó!, ¡Yo quería ir!…
La voz del otro lado del teléfono me preguntó: ¿Dónde estás, en el periódico? Yo le respondí que ahí me encontraba y solo dijo: «No te muevas de ahí, te van a buscar»
Unos minutos más, preguntaron por mí en la recepción y me avisaron que me buscaban. Yo ya estaba listo con el maletín fotográfico en la mano y había pedido dotación extra de rollos, pero me la negaron, solo nos daban uno por turno de 36 fotos o menos.
Solo medio rollo fotográfico traía para hacer esa cobertura; salí a ver quién me buscaba y era una patrulla, de la entonces Policía Judicial, con un grupo de agentes y al mando César Cortés a quien apodaban «El Campeón». Me identifique, antes había pedido a mis compañeros que aún estaban en el periódico que cooperaran entre todos para poder comprar otro rollo de 36 fotos y todos lo hicieron.
Me identifique con el entonces jefe de grupo César Cortés, quien solo me dijo: Sube a la patrulla, y en el camino hicimos alto en una farmacia Benavides para comprar otro rollo fotográfico lo cual me hizo sentirme más tranquilo.
Ya con el material fotográfico listo, César me dijo: El convoy con alimentos y medicinas ya partió, pero vamos a alcanzarlos en la carretera no te preocupes.
Y nos dirigimos al sur, y algún tiempo después me dijeron que habían escuchado por el radio de la policía que la brigada había hecho alto en el municipio de Allende, lo cual nos hacía más fácil el trabajo de alcanzarlos.
Era de madrugada cuando los topamos. Yo bajé del auto y me resbalé, entonces me di cuenta lo que pasaba: había una capa de varios centímetros de hielo sobre la carretera, la brigada no podía avanzar así.
Eso me amargó el rato, pero uno de los agentes policiales me dijo: Ve allá adelante, quieren hablar contigo y me dirigí hacia el frente.
Había tres patrullas de la Policía Rural, grupo perteneciente a la Policía Estatal Uniformada.
Mientras la brigada con medicinas estaba varada por el hielo, las patrullas de la Policía Rural si podían llegar allá y les pedí, de favor, que me agregaran.
El comandante del grupo se negó terminantemente. Dijo: «algunos de mis hombres no han dormido pues hicieron guardia toda la noche, y no le voy a quitar su lugar a ninguno de ellos para que un periodista vaya cómodo» Luego sentenció: Si quieres ir te llevo, pero parado en la defensa trasera de la patrulla».
Sonreí y mi respuesta fue: ¡¡¡Claro que sí!!!
En ese momento un fotógrafo que iba en el grupo de prensa del gobierno me saludó, se apellidaba Pámanes, en la conversación le dije que traía solo un rollo de película para mi cámara, se puso muy serio, me regaló un rollo y me dijo al oído “No le digas a nadie que te lo di, hay orden de que no te apoyemos en nada de nada”
Aborde la parte trasera de la patrulla y el convoy de tres de las unidades de la Policía Rural emprendió la marcha rumbo al municipio de Galeana.
El jefe del grupo de los Rurales sabía lo que decía, pero yo también; la temperatura era de varios grados bajo cero y afuera de la patrulla y parado sobre la defensa el aire golpeaba mi rostro incrementando su frio a la sensibilidad de mi piel.
No me importó, llevaba únicamente un suéter con el que había salido del periódico pues ignoraba la temperatura que había en Galeana y ni siquiera pensé en eso.
A los pocos minutos de haber arrancado, las patrullas se detuvieron. Bajó el jefe de grupo, me vio en silencio y me entregó una chaqueta color café de las que usaban los rurales que traía de repuesto y me prestaron un sombrero de ellos para que me tomara unas fotos con el grupo. claro que sí!
Después de haber visto mi arrojo, me entendió y decidió apoyarme, otro rural se fue conmigo atrás para prevención ante cualquier cosa y seguimos la marcha.
¡Yo iba feliz, desde afuera podía tomar fotos con la cámara con una sola mano y el paisaje era increíble, toda la sierra nevada! ¡Además, traía ya dos rollos con el que me había dado Pámanes! Todo iba bien.
El grupo de Prensa de Gobierno del Estado se había quedado en Allende y no podían avanzar. Los Rurales me acercaban a Galeana en buen momento y además iba tomando fotos de todo el paisaje y guardando el otro rollo para cuando llegara a Galeana.
Al fin llegamos al centro de la ciudad y el comandante llevó a todo el grupo a un restaurante que estaba abierto en el centro y pidió machacado con huevo para todos con sus correspondientes frijolitos y salsa me pidió que me agregara a una mesa como invitado.
Estábamos a medio comer, cuando avisaron: El gobernador Alfonso Martínez Domínguez llegaba a Galeana a bordo de un helicóptero y estaba ya en el palacio municipal hablando con el presidente municipal de la situación.
Salimos todos corriendo. Alcance a ver la comitiva cuando salía del palacio escoltando al gobernador y cuando abordaba el helicóptero. No me dejaron acercarme.
Cuando la nave despegó, pude ver el rostro de Don Alfonso Martínez Domínguez saliendo por una ventanilla y la mano que saludaba a todos sobresaliendo.
Claro que hice las fotos. ¡Los policías Rurales hicieron fiesta! ¡Ellos me habían acercado al Gobernador! regresamos al restaurante a terminar de comer, peguntaron que, si algo me faltaba, pedí un teléfono y me dijeron que solo había uno público en la plaza.
Me dirigí hacia el teléfono y por medio de operadora pedí una larga distancia por cobrar a la redacción del periódico.
Me contestó el jefe de Redacción, se llamaba Hugo Rivera, y cuando le dije que pasaba esto me contestó: ¿Como piensas que te voy a creer?, ¡Si la brigada de Gobierno del Estado no pudo llegar más que hasta el municipio de Allende!, ¡Estás loco! Y colgó el teléfono.
Los aproveché para tomar fotos del reparto de alimentos y medicinas que se estaba realizando entre la población en esos momentos y entonces vi una patrulla militar realizando su labor de auxiliar a la población y me dirigí al teniente pidiéndole de favor que me acercara a la carretera para poder moverme ya que requería llegar a Monterrey con el material fotográfico para el periódico.
Llamó a un subalterno y le dio instrucciones, el militar me llevó a bordo de un jeep hasta la carretera, luego se detuvo e hizo señas al primer vehículo que vio pasar en dirección norte y el auto se detuvo.
Luego me dijo; Sube al auto lo cual hice de inmediato. Era un ingeniero agrónomo que regresaba a Monterrey y gentilmente me llevó hasta la puerta del periódico.
La media noche se acercaba, entre corriendo a la sala de redacción informando lo que traía. La edición ya se cerró me dijeron y volví a sonreír.
Me fui a la casa a dormir y al otro día llegué temprano, entregué los rollos para que se revelaran en el laboratorio y me puse a escribir la primera nota sobre el material que traía.
¡El jefe pidió más fotos, llenaron la primera página con ellas! las camionetas salieron a distribuir y regresaron por más ejemplares.
La rotativa fue echada a andar varias veces. Desconozco el número de ejemplares que se imprimían a diario en la rotativa, pero ese día se hicieron más de cien mil periódicos y ¡todos se vendieron!
Al otro día fui llamado a la dirección.
La orden tajante que recibí fue esta: “Cuando traigas un material de esta clase. No le digas al jefe de redacción, ¡es un burro!, su nombre es Hugo Rivera, ¡dime a mí directamente!”
Asentí y salí de dirección camino a casa. Reportaje exclusivo, fotos exclusivas, levanté el tiraje del periódico y lo único que recibí fue tres regañadas de los jefes. Ni siquiera una felicitación o un agradecimiento económico por el esfuerzo. Sólo regaños.
Sin embargo, dentro de mí, había un sentimiento de satisfacción que aún hoy no puedo describir.












