abril 20, 2026 12:05 pm
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LA VEZ QUE DESCUBRÍ UNA T0RTUR4 POLICÍACA

Crónicas de un reportero policíaco

Por: Rene Martínez

Desde que inicié mi trabajo como periodista de la llamada «Nota Roja», fui asignado a cubrir el centro de Monterrey y como fuentes principales de información, tenía la entonces llamada «Policía Judicial» de carácter estatal, la Cruz Roja de Monterrey, la Cruz Verde Municipal y el departamento de bomberos.

La encomienda era simple, tomar fotografías y elaborar noticias en relación a los sucesos principales de interés para la comunidad.

Tanto la Policía Judicial del Estado como la policía uniformada estatal, elaboraban informes de los cuales se podían obtener los datos suficientes para la elaboración de noticias.

La cosa de las fotografías era aparte, pues los equipos para la sección del periódico eran integrados por un fotógrafo y un reportero.

Así, a la hora de elaborar la información, el fotógrafo elaboraba las imágenes que había logrado captar en su turno y las entregaba al reportero para que redactara las noticias.

Parece sencillo.

La policía Judicial tenía libros de tipo contabilidad gruesos donde anotaban las investigaciones realizadas y las detenciones que había realizado, por lo cual teóricamente si se consultaban esos libros podía un periodista tener un panorama de lo ocurrido en las últimas horas, los informes de la policía estatal se elaboraban cada doce horas con su respectivo parte de novedades.

El problema era que cuando algo ocurría fuera del área metropolitana, como un crimen o un incendio, se tardaban horas en regresar para asentar los datos.

Los reporteros de más experiencia, mayores de cuarenta años de edad, ya tenían mucho contacto con los investigadores y de manera fácil obtenían los datos de cada información importante mediante una llamada telefónica a los jefes de grupo o comandantes de investigación.

Ellos, tenían eso a su ventaja, yo no, pues apenas había cumplido la mayoría de edad recientemente y los policías desconfiaban de mi falta de experiencia y mi juventud.

Para equilibrar un poco las cosas tomé una costumbre no depender del fotógrafo, y acudir durante la noche a un puesto de socorros, tener mi propia cámara e ir al lugar de la noticia, si era posible, y en lugar de pedir datos a las diversas corporaciones, recabar yo mismo la información en el lugar de los hechos.

Pronto logré destacar entre mis compañeros de más experiencia, ahorré meses para comprar mi propia cámara y eso me hizo algo diferente a los demás.

Luego de más de una década, y trabajando para uno de los periódicos más importantes de la ciudad, recibí la encomienda de cubrir solamente ciudad Guadalupe y otros compañeros nuevos, que resultaron ser parientes alejados y amigos del director en turno, fueron asignados al centro de la ciudad.

Pero me incomodó la orden. Me tardé un tiempo en comprender el reto.

Ciudad Guadalupe tenía en aquellos años más territorio que la ciudad de Monterrey, más densidad de población, menos policías y no era lo mismo.

Un promedio de doce patrullas municipales por turno, dos ambulancias en cada puesto de socorros tanto de la Cruz Verde como de la Cruz Roja, y mucha más frecuencia de eventos que implicaban delitos desde lesiones, robo, como otros de menor importancia además de incendios, riñas, choques con heridos y más.

Y las corporaciones municipales asignadas tenían menos de la tercera parte de los recursos que tenía la ciudad de Monterrey.

Ya cubriendo la nota roja de ciudad Guadalupe, vi que había otros problemas mayores, que no entendí los primeros meses. El comandante entonces asignado a la Policía Judicial Estatal, para ese municipio de nombre Raúl, era muy prepotente y abusivo pero conocía muy bien su oficio y como abusar de sus credenciales.

Aparte de su sueldo como jefe del sector de la policía, pronto me di cuenta de sus otros negocios particulares: Poseía dos autobuses de lujo con los que organizaba viajes cada semana a la ciudad de Moroleón para llevar comerciantes y traer mercancía que vendieran en la ciudad.

Cuando supe de eso, pensé en los números, 44 pasajeros por cada autobús por semana, daba un total de 88 pasajeros, y como el viaje de era de ida y vuelta para quienes ocuparan el servicio si consideramos un precio por pasajero de 600 pesos sumaban más de cincuenta mil pesos por semana el producto de las ventas.

Y eso no era todo, tenía otro «negocio».

Esto eran la recuperación de autos robados. Como la policía municipal no era policía investigadora, cuando detectaban un vehículo abandonado y probablemente había sido robado, lo reportaban a la Policía Judicial y se llamaba una grúa que lo conducía a las afueras de las oficinas del comandante Raúl mientras se informaba al dueño para que lo recogiera.

Ahí estaba el detalle, cuando el vehículo era recuperado, el comandante en lugar de llamar al dueño, llamaba a la compañía aseguradora que pagaba varios miles de pesos como gratificación por la recuperación del vehículo al comandante y evitaba reponer la totalidad del valor al propietario quien se enteraba de la recuperación por la compañía aseguradora y no por la policía.

Nada fuera de la ley. Pero esto no le bastaba, su prepotencia era tal que cuando los policías municipales realizaban una detención, de un delito mayor, el comandante Raúl procedía a realizar la detención de los uniformados para «investigarlos» y eran hasta privados de su libertad por varios días. 

Una noche se recibió en la central de la policía una llamada de un particular denunciando que en un tramo del arroyo La Pastora, a orillas de la ciudad, parecía haber una riña y los vecinos pedían la presencia de la policía en el lugar para restablecer la calma.

El comandante en turno de la sección quiso dirigirse al lugar, y al verme en el patio del estacionamiento me avisó y me dijo que si los acompañaba.

Claro que le respondí afirmativamente y a bordo de la patrulla nos dirigimos hacia el lugar señalado.

Un poco retirados del borde del río había dos autos estacionados y junto a la rivera un grupo de varias personas y se escuchaban los gritos.

Al detenerse la patrulla, con la cámara en la mano me pude aproximar y tomé la primera fotografía iluminando la pequeña zona la brillante luz del flash.

Un agente de la Policía Judicial se irguió del borde del arroyo mientras me gritaba: «No tomes fotos» y al momento que alzaba la mano, tomé la segunda, y luego una tercera; al borde del arroyo dos agentes sostenían de los hombros a un hombre, mientras lo obligaban a sumergir el rostro en el agua para torturarlo y sacarle una confesión de quizá algún delito.

A un lado de ellos en silencio estaba parado el comandante Raúl. Lo reconocí y esa fue mi cuarta fotografía. Fue entonces cuando sentía la mano sobre mi hombro del jefe de turno de la policía municipal que me susurró al oído: «Ya vámonos».

Escuché varios insultos a mi persona provenientes de los agentes. No me importó, abordé la patrulla municipal y regresé a la central de la policía uniformada. Tenía mucho que pensar.

Por la mañana cuando llegué al periódico hablé de inmediato con el editor y le pedí de favor que revisara muy bien esa nota y las fotografías que la acompañaban.

No quería cometer ningún error. Tenía el temor de que no llegara a publicarse nada, lo cual me ponía en un grave riesgo, pues los agentes involucrados y el comandante podían sentirse de alguna manera «intocables» y capaces de hacer cualquier cosa e infringir la ley sin que pasara nada.

Terminé de redactar las notas del día y salí del edificio del periódico rumbo a un café cercano para buscar algo de almorzar, tenía hambre además de la inquietud personal de lo que había vivido y la duda de que decidirían publicar, así que regresé al periódico cuando la rotativa estaba en marcha ya imprimiendo los ejemplares del día.

El periódico aparecía cerca del mediodía.

En la primera página estaba una foto grande ilustrando los hechos y tres más pequeñas que gráficamente demostraban el texto mientras que el encabezado en la parte superior decía con letras muy grandes: «Tortura policiaca».

De alguna forma eso me hizo sentirme más tranquilo y más seguro.

No hubo represalia alguna hacia mi persona por parte de los policías torturadores, pero el comandante siguió un tiempo en funciones.