abril 20, 2026 9:49 pm
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EL CASO DE LA BEBÉ ABANDONADA

EL CASO DE LA BEBÉ ABANDONADA

Crónicas policiacas

Por: Rene Martínez

Recuerdo que eran aproximadamente las cinco de la tarde, justo despertaba en casa, había trabajado toda la noche en la delegación de policía haciendo mi función, buscando noticias y al amanecer me dirigí hacía el periódico a escribir noticias, mi rutina diaria, para terminar poco antes del mediodía, y buscar transporte a mi domicilio, y el tiempo de traslado hacia el lugar en promedio eran dos horas.

Al llegar me dirigí a la recámara y pude dormir todo el día.

Cuando desperté me di cuenta que solo tenía una hora para disfrutar pues, en una hora más, ya estaría en trayecto a la jefatura policial para poder iniciar mi turno de cobertura noticiosa nocturna y seguir los pasos de la policía municipal, estatal y federal y lo que se atravesara que fuera noticia; me preparé un café y acababa de dar el primer sorbo a la taza de porcelana llena de líquido caliente, cuando tocaron la puerta principal de mi casa.

Había escuchado, segundos antes, que un vehículo se estacionaba e intuí lo que ocurría. Algo pasó y estaba a punto de enterarme.

Salí al frente de la casa y pude ver a un policía conocido, al oficial de apellido Arzola, quien luego de saludar amablemente me dijo «Se te requiere, y dijo la comandante que te avisara si podrías acompañarnos» luego guardó silencio, esperando mi respuesta.

Dirigí la mirada hacia la mesa de cocina y junto a la taza de café pude observar mi maletín fotográfico, adentro había una cámara profesional, varios lentes de diferentes longitudes kilométricas, equipo de iluminación para espacios interiores y poder tomar imágenes nocturnas y varios rollos de película de 36 exposiciones justo lo necesario para realizar un buen trabajo fotográfico y me sentí satisfecho.

El llamado era de Eva, la primera mujer que conocí con el cargo de comandante de sección de la policía. Una mujer muy seria y profesional de buen trato, pero a quien nunca vi bromear, ni reír, pero siempre lucía afable, aun cuando le viera enfrentar la situación más adversa.

Ella nunca requería mi presencia lo cual me pareció raro, así que tomé el maletín, subí a la patrulla y ya ocupando el lugar del copiloto del policía que conducía el vehículo de emergencia abrí el maletín fotográfico, saqué la cámara y procedí a poner el rollo de tal manera que no ocurrieran fallas al resultado del trabajo ocasionadas por un rollo mal puesto dentro de la cámara, cosa que había aprendido como parte del oficio, a evitar cualquier falla.

El policía guardaba silencio y en lugar de dirigirse al cuartel dirigió la patrulla hacia el sur de la ciudad, pero yo no hice pregunta alguna.

Luego dio vuelta a la derecha, en una de las calles y me pareció que enfilaba a las colonias populares que ya habían en aquel entonces, los primeros años de la década de los noventas, invadido gran parte de la falda del Cerro de la Silla hasta que llegamos a un gran baldío.

Había dos patrullas y su tripulación en el lugar, todos aparentando serenidad, pero me parecieron angustiados y nerviosos, al menos esa fue la primera impresión que me dieron al acercarme y claro entre ellos estaba la comandante Eva, quien al verme alzó la mano derecha señalando en una dirección al baldío.

No dijo una palabra y entonces me di cuenta que nos rodeaba un ambiente silencioso, demasiado notoria era la ausencia de ruido, pero no me había percatado de ello y hasta los motores de las patrullas estaban apagados y debidamente estacionadas las unidades policiales de transporte.

Caminé entre los matorrales en la dirección señalada por la comandante, hasta donde estaba parado un policía y a sus pies pude ver lo que me pareció un trozo de sabana muy sucio, ante lo cual me acerqué para poder contemplar la escena y entender lo que pasaba.

La sábana estaba doblada como envoltorio y dentro pude apreciar el rostro de un bebé de algunas semanas de nacido, tal vez su rostro lucía rojizo, iluminado por los rayos del sol de la tarde.

¿Un bebé en mitad de un gran terreno baldío? Metí la mano al interior de la bolsa fotográfica y saqué un accesorio de lente al cual procedí a quitar el filtro para luz UV, ante lo cual quedaba como un cristal dentro de un arillo de fierro y lo acerqué al rostro del bebé y al retirarlo pude ver como el vidrio se había empañado ante lo cual alcé la voz: «Está vivo!» grité a los oficiales y luego comencé a usar la cámara y a tomar aspectos diversos del lugar. Fue entonces cuando la comandante se acercó y murmuró: «El reporte decía que estaba muerto» al tiempo que procedía a levantar el envoltorio de tela que contenía al bebé.

Y al acercarlo a su cuerpo, todos los ahí presentes pudimos escuchar el llanto del recién nacido.

Ella solo dijo, ya fue requerida la ambulancia, luego volvió a guardar silencio mientras los sollozos de la criatura se escuchaban y la mujer policía trataba de consolarlo.

Yo sabía que ocurría, el puesto de socorros solo contaba con una ambulancia para servir a la comunidad y era un modelo antiguo que recibía el mínimo de mantenimiento para que pudiera realizar sus funciones.

Al ocurrir una emergencia y solicitar su servicio, de inmediato se le informaba al chofer, que invariablemente se encontraba realizando el traslado de otro herido o enfermo hacia el Hospital Universitario que estaba en Monterrey, muy lejos del municipio de ciudad Guadalupe.

Era entonces cuando el operador de la ambulancia encendía la sirena, las torretas de luces rojas de la unidad e imprimía una velocidad razonable al vehículo ya que había una emergencia.

Iba a tardar unos minutos en llegar la ambulancia así que procedí a seguir tomando fotos en silencio, sin hacer preguntas como yo solía hacerlo, armado de paciencia y tratando de observar todos los detalles de lo que ocurría en el lugar, para lo cual inconscientemente solía caminar unos pasos hacia atrás para poder tener mejor punto de observación de la escena.

Llegó la ambulancia y uno de los socorristas procedió a tomar al bebé que le entregó la comandante sin hablar, no había necesidad, ya se les había comunicado por el radiotransmisor lo que ocurría y subieron al infante a bordo del vehículo de emergencia tras lo cual se puso en marcha.

Pude ver la maniobra del socorrista cuando preparaba el catéter del suero para inocular al bebe y pensé en mi interior que era la primera maniobra de emergencia pues debía tener deshidratación. No sabíamos cuánto tiempo pasó abandonado en el lugar solitario.

Como parte de su triste historia, el bebe ingresaría al hospital como «NN» siglas usadas para determinar que no había nombre y tomadas del sistema inglés que abrevian así las palabras «No name» y que se hicieron populares luego de la primera guerra mundial entre los cuerpos de socorro.

Pude ver como la silueta de la ambulancia se perdía en la distancia y abordé la patrulla que me llevaría a la comandancia central de policía a iniciar mi turno de cobertura noticiosa al momento en que pensaba que ningún periodista se había acercado al lugar.

Bajé de la patrulla en el interior del estacionamiento de la policía, reservado únicamente para vehículos de emergencia, pensando en cruzar la calle e ir a la tienda de conveniencia a comprar un café, meditaba en lo ocurrido.

¿Un hijo no deseado?, ¿Un embarazo de madre soltera ocultado a la familia?… ¿Un bebé de una pareja joven e inexperta que prefirió abandonarlo en el monte?, ¿O fue rechazado por su propia familia y su madre?, ¿Quizá un robo de infante que a última hora produjo que lo abandonaran?, ¿Un parto fuera del hospital, acaso en un domicilio privado?…

Había muchas posibilidades de que una de esas historias le correspondiera al caso.

Llevaba mi vaso de café en la mano cuando regresé al patio de la central de policía, justo en el momento en que la comandante Eva procedía a bajar de su vehículo de transporte.

Pronto terminaría el turno y se preparaba para ello. Luego de intercambiar un saludo le pregunté si había algún dato que agregar a la historia del bebé, Y me corrigió muy seria diciendo: «Dirá usted la bebe; era una niña, y solo puede agregar que presenté la solicitud de adopción en la Cruz Verde» a lo cual contesté: ¿Usted también?, ¡Yo hice lo mismo! Media sonrisa esbozó su rostro y murmuró: «A ver quien, de los dos, gana».

Días después, comentamos de nuevo que ambas solicitudes fueron rechazadas. El Dif se hizo cargo de la recién nacida y el procedimiento para adoptarla estaba lleno de requisitos casi incumplibles. La comandante solo dijo: «Si vuelvo a encontrar otro bebé abandonado en un baldío, no lo reporto, ¡me lo llevo a mi casa y que nadie se entere!, La frase me arranco una carcajada, pero luego pensé que, quizá hablaba en serio la mujer.

Enfile mi paso hacia la planta de radio, tenía que tomar datos de otras noticias ocurridas, y una vez más, tenía muchas cosas en que pensar.