abril 15, 2026 10:59 pm
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EL CASO DE «EL CHIFLADO»

EL CASO DE “EL CHIFLADO”

Crónicas Policiacas

Por: Rene Martínez

En esta ocasión no pienso escribir el nombre del delincuente quién por aquellos años, los primeros de la década de los ochenta, había cobrado fama entre los corrillos del hampa de la ciudad.

Su apodo era “El chiflado” y se distinguía por cometer constantemente atracos violentos en las tiendas de conveniencia, que funcionan las veinticuatro horas en el centro de la ciudad.

Se suponía que tenía su domicilio en las calles de la colona Moderna, pero en realidad desde que tomó fama de asaltante ya no se le veía por ese barrio, solo era mencionado por sus víctimas.

En esos años, las tiendas mantenían el monto de las ventas durante todo el turno así que un atraco a los empleados dejaba una cantidad importante al asaltante.

Esto fue detectado por delincuentes como “El chiflado” que hicieron su manera de vivir atracando este tipo de negocios.

Fue entonces que la administración de estos establecimientos puso pequeñas cajas fuertes con una ranura de alcancía, fijas en el piso y ocultas a la vista de la clientela.

Cuando el monto de las ventas en la caja llegaba a cierta cantidad, el billete se guardaba en la caja fuerte cerrada y nadie tenía acceso al dinero.

Hasta que llegaba un vehículo con personal de seguridad y se llevaba el producto de las ventas mientras que el cajero operaba solamente con una pequeña cantidad de monedas y billetes.

Así cuando ocurría un asalto, quien lo perpetraba solo podía lograr como botín cientos de pesos en lugar de los miles que se llevaban antes los ladrones.

La otra cosa, eran los cambios en la ley, pues perpetrar un robo a mano armada, tenía un castigo hasta diez años de cárcel y ningún ladrón estaba dispuesto a tomar el riesgo a pasar este tiempo en prisión por tan poco dinero.

Esto no le importaba a “El chiflado”, y se decía que su carrera como delincuente atracador la inicio luego que fue a pasar una temporada como trabajador ilegal en los Estados Unidos y con lo que le pagaron consiguió una pistola escuadra y balas que se trajo de regreso a Monterrey.

El arma la utilizaba para perpetrar los atracos y luego emprender la huida que era a todo correr según los testigos.

Lo identificaban el arma, y la huida a todo correr y que siempre actuaba solo y en horas de la madrugada en distintos puntos del centro de la ciudad, esto además de que era un hombre joven, de tez morena y corta estatura.

Para la policía se convirtió en un dolor de cabeza pues perpetraba hasta tres o cuatro robos en una sola noche y las denuncias eran constantes.

La movilización de patrulleros también en su búsqueda y así corrían los días.

No había entonces teléfonos celulares, y denunciar el robo propiciaba que mientras investigaban uno, fueran cometidos los otros dos.

Por la madrugada de un verano de los primeros años de esa década se denunció el primer atraco a mano armada y se tendió un cordón policial en el área mientras una sola patrulla levantaba los datos del asalto.

El segundo robo, se cometió en la cercanía del cruce de calles Bernardo Reyes y Ruiz Cortines, cerca de un paso a desnivel conocido como “El Rube” una zona eminentemente industrial y hacia allá se dirigieron los policías tratando de localizar al solitario ladrón.

Yo me acerqué con precaución al lugar y pude ver el cerco de los policías alrededor de una fábrica cercada con un enrejado.

El asaltante había intentado esconderse en el patio vacío de la factoría que se hallaba vacía por ser de madrugada, pero un vigilante del sector observó su maniobra y lo delató.

Cuando me aproximaba al lugar, pude escuchar los disparos a lo lejos.

Decidí acercarme con gran cautela, y cuando logré llegar, los policías ya guardaban sus armas.

Dentro del patio de la factoría estaba el cuerpo sin vida de “El chiflado” con un certero impacto de bala en el rostro.

Casi a un paso de distancia del lugar donde cayó su cuerpo, estaba la referida escuadra con el corredor hacia atrás.

Pude tomar fotografías de todo y mientras era retirado el cadáver, me regresé a seguir con la cobertura noticiosa del turno.

Antes del amanecer procedí a dirigirme al edificio de la entonces Policía Judicial que estaba ubicado en el cruce de las calles Espinoza y Venustiano Carranza, para pedir el informe de día, de los hechos sobresalientes y claro de la muerte del asaltante.

Apenas pude cruzar la puerta frontal de acceso a las oficinas y estaba el agente de la sección de homicidios que conocía desde hace tiempo de nombre Julián Rea.

Vestía ropa de civil como todos sus compañeros y era jefe de grupo, sobresalía de su vestimenta una imagen de la virgen de Guadalupe que llevaba en una medalla por encima de una camisa color gris.

Yo pensaba saludarlo y seguir con mi trabajo pues lo conocía de años atrás y era un buen policía.

Cuando me aproximé pude ver el llanto en sus ojos, no le pregunté nada, sollozaba, levantó la vista, me miró de frente y solo dijo: “Flaco, yo lo maté”

Me acerqué y le di una palmada en la espalda y le contesté, “antes de que matara a más gente con el arma que traía”.

El policía murmuró: “Nunca pensé que yo podría matar a alguien”. Yo me alejé en silencio.

Era la nota fuerte del día, no tomé fotografías del agente pues no la ocupaba, me bastaban las de la tienda de conveniencia que había sido asaltado, su personal y el lugar donde fue abatido el asaltante para ilustrar la noticia.

Ningún otro periodista tenía esas fotos, yo lo sabía. Lo que no le dije al policía fue que, el cargador de la escuadra cuando tomé la fotografía se hallaba alojado hacia atrás para que el arma fuera recargada por el usuario, o sea que cuando apuntó al policía, ya no traía balas, pero el oficial al ver que le apuntaban disparó la suya y la bala le impactó en el rostro al asaltante y le quitó la vida en ese instante. Pero eso no era importante que nadie de los lectores del periódico lo supiera.

La entrevista al policía no se ocupaba. La historia era muy fuerte.

Rea era un policía con más de diez años de servicio y de una conducta intachable.

Y por algún tiempo, se frenaron los atracos a las tiendas de conveniencia, luego ya no los cometían los asaltantes pues no les convenía.

En mi memoria quedó la imagen del arma descargada y sin balas tirada sobre el piso a poca distancia del asaltante muerto.