Y TODO POR UN PAR DE ESPOSAS
Cónica de un reportero policíaco
Por: René Martínez
Los policías en aquellos años, al menos los funcionarios públicos, estaban divididos en tres categorías conforme los marca la constitución y nuestras leyes.
Municipal, Estatal y Federal principalmente, aunque existían otras como la bancaria, pero eran de carácter privado y aparte de cumplir con la ley tenían sus propios reglamentos que solían respetar totalmente.
Yo, en mi trabajo como periodista asignado a cubrir sucesos donde interviniera la policía, escogía como área principal de permanencia el puesto de socorro de la Cruz Roja o una policía municipal y acompañar a sus elementos en sus acciones para poder captar la noticia.
Y al principio de los noventa, en lugar de estar comisionado en la zona centro del área metropolitana de Monterrey, recibí la orden de concentrarme en el municipio de ciudad Guadalupe.
Esta situación me molestó un poco ya que tenía más de quince años de cubrir como asignación, en los distintos medios de comunicación en que laboré siempre, en la zona centro.
Luego de meditar un poco me empezó a agradar la situación ya que la central de policía municipal estaba a menos de diez cuadras de mi casa y podía hasta ir caminando de casa para iniciar mis labores. Eso me simplificaba mucho el trabajo y en ocasiones podía hasta reportarme por teléfonos y regresar a casa.
Un compañero de trabajo que había laborado como guardia de seguridad un día me sorprendió regalándome unas esposas y al ver mi gesto de extrañeza me dijo antes que le preguntara: “agárralas las vas a tener que utilizar”.
No le contesté por educación y las tomé guardándolas en el maletín donde guardaba los accesorios de mi cámara fotográfica.
“Yo soy periodista, no policía pensé” pero de igual forma las guardé. No pasó mucho tiempo cuando en esos andares del trabajo y por acercarme a donde se generaba la noticia, contemple un policía que sometía a un delincuente mientras sus compañeros lo observaban durante el forcejeo.
¡Unas esposas! Gritaba una y otra vez, ¡Unas esposas!, no traía y sus compañeros tampoco, Imposible trasladarlo ante el juez calificador forcejeando todo el camino arriba de la patrulla. Y entonces recordé que traía un par en el maletín, las busqué y me tardé un poco en ofrecerlas.
El oficial las tomó, las puso al detenido y me agradeció por prestárselas. Una vez que el detenido estuvo en celas me las regresó.
Así pude darme cuenta de que no todos los policías estaban bien equipados, algunos se compraban desde el uniforme hasta las esposas y solo le daban unas cuantas pistolas al escuadrón completo, de tal manera que ni la tercera parte adoban armados.
NI el equipo, ni el armamento eran suficientes para todos los integrantes de cada turno.
Con el tiempo vi la utilidad de no portarlas en el maletín sino en el cinto. Era más rápido el acceso si se ocupaban y esto era muy frecuente de hecho varias veces por turno.
Cuando terminaba el turno las guardaba y me dirigía a casa. Hasta que una vez no las guarde por olvido, las dejé en el cinturón, pero como traía puesta una chaqueta de mezclilla no se veían.
Esperaba a que pasara un camión urbano y abordarlo, era de noche aun, cuando un sujeto desconocido para mí se acercó llevando en la mano derecha una navaja con la que me amagaba al tiempo que murmuró: ¡Saca todo lo que traigas de valor!
Ni siquiera se me aceleró el pulso, no cargaba ni dinero, ni alhajas, nada de valor y levante la parte delantera de la chamarra de mezclilla para meter la bolsa al pantalón y ver que podía encontrar, pero en el ademán quedaron a la vista las esposas.
El asaltante echó un brinco atrás al verlas al tiempo que gritaba: “perdóneme jefecito no lo vuelvo a hacer” para luego alejarse del lugar corriendo.
Me tardé en comprender que había pasado, pero lo entendí, sin que le dijera yo nada el sujeto pensó que era policía y prefirió alejarse.
Medité mucho en eso y decidí siempre portarlas, cuando algún policía me llamaba la atención solo le contestaba: “No son armas”, “No está prohibido usarlas”- Y me dejaba en paz.
Era algo mágico, cualquier delincuente al ver que las portaba en el cinto se alejaba de inmediato.
Cuando salía a pasear con mis hijos era cuando más las usaba, así ningún maleante nos molestaba nunca.
Así fue como llegaron a convertirse en una prenda más de vestir de uso diario. Además, siempre andaba entre los policías y sus arrestos. Muchas veces me las pidieron para inmovilizar a un detenido violento y claro que las facilitaba.
Y solo era un par de esposas….








