junio 13, 2026 12:56 am
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EL PECULIAR CASO DE LOS MEROLICOS

EL PECULIAR CASO DE LOS MEROLICOS

Crónicas de un reportero policiaco

Por: Rene Martinez

“Que no le digan, que no le cuenten, porque a lo mejor le mienten”

“Atrás de la rayita joven que estoy trabajando”

“Chumina baila, chumina canta, chumina se para de cabeza”

“Chumina, animal del demonio a la tercera palmada vas a ejecutar tu acto ante la gente que cortésmente acudió a escucharnos”

Eran muchas veces las palabras con que iniciaba su discurso al mismo tiempo que en sus manos que movía a la altura del pecho sostenía un pañuelo color rojo, del tipo que usan los ferrocarrileros como parte de su indumentaria y que en muchas regiones del país es conocido como “Paliacate”.

Alzaba la voz mientras manipulaba el pañuelo a la vista de todos, en cualquier plaza o espacio público y no usaba aparato alguno más que su propia voz, mientras la gente que se detenía a escucharlo, formaba de pie un círculo a su alrededor pues lo tomaban como si fuera un espectáculo callejero.

Mientras la gente observaba, el hombre vestido correctamente, ataba un nudo usando dos extremos opuestos del pañuelo de tal manera que dos de sus puntas sobresaliendo del nudo simulando las pequeñas orejas del supuesto animal que hacía moverse dando la ilusión de que el pañuelo cobraba vida y hasta lo hacía saltar con un movimiento rápido de uno de sus dedos oculto en el interior, para asombro de los espectadores que no eran más que paseantes que acudían a las plazas públicas.

A veces su discurso continuaba de esta manera: “Yo no te vengo a robar tu cartera, guárdala muy bien, cuida tu dinero, ni a pedirte ninguna limosna, pero si voy a aconsejarte para tu bien, para que en esta vida no tengas problemas y eso sin ningún costo para tu persona”.

Poco a poco la gente se empezaba a reunir a su alrededor formando un círculo al que se iban agregando poco a poco hasta que el hombre terminaba su discurso.

Y entre tanto hablar contaba con un “socio”, que iba repartiendo entre los que se acercaban pequeños sobrecitos de papel los que contenían algún polvo blanco, sin olor alguno, al mismo tiempo que seguía pronunciando su largo discurso al tiempo que daba sus consejos a la gente que lo escuchaba: “Nunca saludes con la mano izquierda, al dormir trata de descansar tu cuerpo sobre el lado derecho para que tu corazón no sufra presión alguna por el peso del tórax, esto definitivamente te ayudará a vivir más y mejor” al tiempo que maniobraba el pañuelo rojo que atraía la atención de quienes lo escuchaban y observaban.

Luego pedían que les devolvieran las bolsitas que contenían aquella cantidad de polvo sin valor alguno quienes no quisieran utilizarlo y pedían que les dieran cualquier cantidad de dinero si se la querían quedar, tras de lo cual se retiraban a descansar un rato en alguna de las bancas del parque para minutos después iniciar de nuevo su acto levantando la voz para llamar la atención de los paseantes.

En la ciudad de Monterrey, en la década de los años ochenta, era muy común poder observar la actuación de esos personajes en lugares como la Alameda Mariano Escobedo, o plazas como la de Colegio Civil, donde realizaban públicamente su discurso.

Pero, ¿que contenían los sobres que repartía?, ese polvo blanco que ofrecía no era más que árnica en algunas ocasiones y otras la mezclaban con bicarbonato de sodio, el cual recomendaban rociar sobre la piel para atenuar dolores musculares, o con algún talco barato de poco olor que no causa ningún daño sobre la piel y por algunos curanderos es considerado un tanto medicinal.

El vocablo “Merolico” empezó a ser utilizado en México luego del año 1946, tras la llegada en un barco al puerto de Veracruz de un nombre de ascendencia judía, polaca llamado Rafael Juan de Meraulyock quien trajo a nuestro país la idea, entonces difundida por toda Europa, de personajes que ofrecían todo tipo de brebajes y pociones ofreciendo curas milagrosas y que viajaban por diferentes países a bordo de carretas ofreciendo, de ciudad en ciudad, sus curas milagrosas.

Fue el apellido de este hombre el cual deformado por el pueblo, creó la palabra “merolico”. ¿Pero, porque si sus polvos medicinales eran de ningún valor, no eran detenidos por las autoridades? Porque no estafaban a nadie sus palabras incluían las frases como: “Puedes usarlo como” o bien: “Es recomendado para” lo cual no los comprometía a nada y porque no lo vendían.

Pronto su conducta y discurso fue copiado por otros desempleados quienes en busca de mejores horizontes se dirigieron a realizar estos actos en la capital del país o en ciudades con mucha población,

Su producto que no era más que polvo inofensivo, lo ofrecían a quienes se acercaban a ellos y luego decían las palabras siguientes: “Si quieres creer en mí, ofrece a cambio del producto lo que tu corazón te dicte, lo que tu generosidad quiera obsequiarme convirtiendo la transacción en un agradecimiento voluntario.

Pedir dádivas en la vía pública no es delito y para ocupar los espacios de las plazas, ellos acudían ante las autoridades municipales a solicitar un permiso temporal de vendedor callejero y como lo que ofrecían tampoco servía para nada y a nadie le cobraban nada, su oficio se convertía en el de limosneros autorizados, y personas que no querían el producto lo regresaban al ayudante del merolico para que prosiguiera con sus actos.

Ellos no eran delincuentes, sino vendedores ambulantes con permiso de las autoridades, si así se quiere entender, pero tras de estas maniobras había cosas oscuras e ilegales.

A la par de su presencia, merodeaban los carteristas, que se aprovechaban de que los hombres que se aproximaban a las damas que presenciaban el espectáculo callejero y, estaban distraídos con ellas, ante lo cual los ladrones de carteras usaban a su ventaja para despojarlos utilizando sus habilidades discretas.

Cometido el robo, se alejaban en silencio antes de que el afectado por el latrocinio se diera cuenta de que había sido despojado o de su cartera o de alguna alhaja, ya que una de las maneras más fáciles de hacerlo era que el ladrón portaba unas pinzas cortadoras de alambre, las cuales sutilmente accionaba sobre las cadenas de oro o de plata que algunas personas suelen ponerse sobre el cuello de la camisa o blusa y de esta manera caía la joya al piso de tierra o zacate el cual había sido bien elegido para que la prenda cayera al piso sin hacer ruido, la alejaban del círculo de gente con un leve movimiento de los pies, la recogían y se alejaban del grupo de gentes en silencio.

Pero los merolicos nunca fueron detenidos por la policía pues ejercían su oficio con permiso de vendedor ambulante.

Nunca se les vio contar el dinero que recababan en estos actos públicos.

Otras veces combinaban sus ofertas con espectáculos dignos de un faquir. Quebraban varias botellas de vidrio y los trozos los amontonaban sobre un gran trozo de tela y luego uno de ellos se acostaba sin camisa sobre los vidrios rotos mientras otro se paraba sobre el hombre acostado arriba de los trozos de vidrio o realizaban actos de tragafuego ante los mirones.

Alguna vez escuché una plática entre ellos mientras tomaban su descanso en una banca. Mientras reposaban tras ingerir algo de alimentos, uno de ellos preguntó al otro: ¿Ya listo para seguir vendiendo mugrero? y decir también a media tarde: “Apenas se han juntado dos mil pesos en media tarde, hay que seguir un rato”

No faltaba quien, incluyera algunas bromas al ofrecer a la gente el producto de esta manera: “Para que no se le arrugue, para que no se le maltrate y la traiga siempre derechita y dura” lo cual repetía una y otra vez hasta que alguien preguntaba: ¿Es liquido o son cápsulas jóvenes? a lo que el merolico contestaba con una sonrisa: “Son micas para credencial”

Hacer reír a los escuchas, también era bien visto por quienes los observaban.

Sin embargo, ante el cambio de administraciones municipales repentinamente con el tiempo, se dejaron de otorgar este tipo de permisos para vendedores ambulantes y tras una temporada en la cual los merolicos actuaban sin permiso municipal, poco a poco fueron desapareciendo del paisaje urbano de la ciudad.

Y su voz y discurso fácilmente reconocibles se dejaron de escuchar en los lugares de paseo de la ciudad. “Chumina canta… Chumina baila… Chumina se para de cabeza”.