CHOFER DE EMERGENCIAS
Crónicas de un reportero policíaco
Por: Rene Martínez G.
Ser socorrista no es para cualquiera. Se requiere de muchas características especiales y carácter de las personas que integran el personal de los puestos de urgencia.
Hay riesgos y peligro de todo tipo. Más del que puede imaginar el hombre común que solo ve sus uniformes, sin saber de su espíritu de servicio, disciplina y conocimientos. Y hay aspirantes que no logran ocupar estos lugares.
Yo los conocía a todos, en la Cruz Roja de Monterrey. A los choferes: Rafael, a quien todos llamábamos “Rafita” por su nobleza; a Fidel, quién sus compañeros apodaban “El Cua cua” un hombre introvertido que no platicaba con nadie al hacer su turno, que todos suponían malhumorado, pero con quien tuve mucha amistad y tenía un excelente humor y era gran persona, solo era introvertido; Mascorro, siempre de excelente humor; en fin. Excelentes seres humanos.
Y entre los socorristas eran igual, todos ellos buenas personas. Y sabían trabajar en equipo para salvar vidas.
Me tocó estar presente a la llegada de un elemento nuevo, del grupo de choferes quien venía recomendado a la institución por uno de los mejores socorristas, a quien apodábamos “el gato” por su presencia silenciosa, constante y cotidiana.
Llegó uniformado, a su primer día de trabajo, yo lo vi desde la recepción de la Cruz Roja, donde me encontraba con un grupo de voluntarios conversando.
Se reportó en la comandancia de operaciones para iniciar su turno, y vio al grupo de choferes y socorristas que se hallaban a poca distancia y lo escuché murmurar “Yo les voy a enseñar a estos weyes hasta a manejar el traslado de pacientes cardíacos”.
De tez clara, abdomen abultado, pelo ensortijado y ojos color café claro, y con ademanes torpes, a mí me pareció que no tenía mucho que aportar con sus “conocimientos” pero no hice comentario alguno de lo que había escuchado, mientras el chofer nuevo miraba de reojo al personal de la institución.
Hay dos tipos de salidas de ambulancia del puesto de socorros, una es para emergencias, y la ambulancia sale accionando sirena y torretas de emergencia y otro, que es de traslado de enfermo, que se hace en silencio. Existe una tercera que se ve muy pocas veces y es el traslado de personal por asuntos administrativos, pago de servicios, u otras diligencias propias de administración.
Casi no se hacía en la década de los ochentas pues todos sabían que las ambulancias y choferes debían estar a disposición siempre para cualquier emergencia.
Las palabras del nuevo chofer resonaban aún en mi mente sin comprenderlas “Voy a enseñar…”
Más tarde me enteré que había trabajado varios años como chofer de ambulancias del Seguro Social y varias dudas me asaltaron… “Por qué lo correrían?”
En fin, ya potaba el uniforme de la institución, pero no me tocó salir en su ambulancia a ningún servicio, y conforme la tradición, era enviado a cubrir servicios sencillos y sin muchas complicaciones mientras se observaba su respuesta al trabajo que incluía la vocación de servicio, pero en realidad en esos días no escuché nunca hablar mal de su persona a nadie.
Yo no pertenecía a la institución, acudía como periodista para salir a bordo de las ambulancias, solo cuando había servicios de urgencias.
Mi trabajo consistía en recabar informes y fotografías de las cosas noticiosas para luego ir al periódico a redactar las noticias y se publicaran junto con las fotografías que había logrado, igual que se hace en muchos países del mundo por los periodistas.
El chofer nuevo de apellido Valero, en sus primeros días de trabajo, no había sobresalido en actitud alguna y su actuar yo lo calificaba como “gris” pero al menos cumplía sus obligaciones.
Nunca fue mi amigo, como Rafael o Fidel, con quienes sostenía a veces largas pláticas sobre cualquier tema y eran gente amistosa y educada.
Yo cubría el turno de noche.
Me gustaba llegar por la tarde y permanecía en la institución hasta las cinco o seis de la madrugada, cuando me retiraba a otro sitio para continuar con mi trabajo, pues había que acudir a las centrales de policía a recabar otro tipo de información.
En algunas ocasiones durante la noche, no acudían socorristas al turno, pero los choferes nunca faltaban pues ellos tenían sueldo, y el trabajo de acompañar a los choferes a bordo de las ambulancias era “voluntario” sin percibir ingresos por su labor, que era aceptada como altruista y luego de pasar un curso de capacitación de primeros auxilios que implicaba todo: manejo de pacientes, uso de camillas, resucitación cardiopulmonar de emergencia, inoculación de sueros y todo lo que implica salvar vidas: rescate acuático, urbano y de montaña, entre otras cosas de enfermería.
La única ventaja era que podían, tras años de servicio voluntario, pedir una carta de recomendación de trabajo la cual significaba las puertas abiertas de cualquier empresa para una vacante, pues el haber pertenecido a la Cruz Roja significaba tener moral y honradez a toda prueba.
Yo me gané a pulso el honor de ser considerado voluntario, pues cuando no había socorristas yo estaba autorizado para ponerme el pectoral blanco con una insignia grande de la Cruz Roja que aún conservo, pues a fuerza de pláticas con los socorristas había aprendido su trabajo: Salvar vidas.
Me aceptaban y de faltar personal yo en automático me reportaba a la comandancia de socorros y me ponía la casaca hasta el amanecer.
Fue una madrugada de esas en que no había voluntarios y me tocó hacer labor de socorrista toda la noche y cuando alrededor de las cinco de la mañana, sonó el teléfono de urgencias y reportaron el atropello de un ciclista en el cruce de las calles Allende y Zaragoza.
El chofer asignado a cubrir la emergencia fue el nuevo, de apellido “Valero”, lo que me era indiferente, y abordé la ambulancia, en el trayecto revisé el maletín de primeros auxilios, que estaba completo, había férulas para entablillar fracturas, torundas de algodón secas, otras con alcohol; estetoscopio, baumanómetro, y otros insumos requeridos para tratar heridas con alcohol, jabón líquido estéril y me sentí confiado para atender la emergencia, mientras el chofer guiaba a la ambulancia al lugar indicado.
Yo sabía qué hacer y al llegar al cruce referido pude ver a un hombre tirado de mediana edad, y a su lado la bicicleta que manejaba al ser embestido por un camión urbano.
Así la camilla de ruedas, abrí las compuertas traseras de la ambulancia y bajé para llegar hasta el herido y poner a su lado el artefacto, al cual lo subiríamos para luego ingresarlo a la ambulancia, tras efectuarle la revisión de evaluación clínica, como había aprendido.
MI atención estaba en esta acción mientras, bajo mi hombro, estaba la cámara fotográfica para realizar mi trabajo, pero primero estaba la atención al herido.
A un costado de su cuerpo pude ver el montón de periódicos tirado y desparramado sobre la cinta asfáltica, era un repartidor, que probablemente trabajaba a poca distancia del lugar del accidente y como parte de su trabajo acudía a recoger su paquete a una empresa periodística cercana al lugar del percance cuando fue atropellado.
Yo sabía que muchos de ellos no contaban con seguro médico, eran llevados al hospital Universitario por no tener derecho al seguro y pensaba en esto cuando solté la camilla para tomar las fotografías, lo cual significaba unos instantes, y me sentí tranquilo al ver al chofer de la ambulancia que había tomado el maletín y con el estetoscopio puesto auscultaba al hombre inconsciente.
Eso me dio algo de calma, pues ya estaba siendo revisado por el chofer que había bajado con el maletín de socorrista cargando en una mano.
Yo espere a que terminara de auscultarlo y se me antojó que tardaba demasiado tiempo utilizando el estetoscopio mientras. al lado suyo, se hallaba un agente de tránsito desviando los autos que ya circulaban por el sector y dándonos protección para las maniobras de auxilio.
Cuando empezaba a perder la paciencia por la lentitud de maniobras del chofer, el agente de tránsito le gritó: Apúrate! Y el chofer hizo la señal de negación con la cabeza.
Al ver esto, me acerqué discretamente y le murmuré al oído al chofer la pregunta: “Que pasa?”
¡Su respuesta me desconcertó totalmente!
Me dijo: “Va a quincear”
La clave quince de la Cruz Roja que usaban los socorristas significaba “Muerto” Y el chofer se negó a subirlo a la ambulancia.
Yo tomé valor, pude ver las puertas de admisión de camilla abiertas en la ambulancia, pues así las había dejado al bajar, le di un empujón en el pecho al chofer mientras le hacía la señal al oficial de tránsito al tiempo que le decía: “Ayúdame”
Palpé con mis manos al herido en su cuerpo. Presentaba probable fractura de costillas, como de brazo y pierna del lado derecho, lugar donde fue embestido por el camión urbano, lo cual implicaba probables lesiones en las vísceras o pulmones cuya gravedad no podía evaluar y su inconsciencia revelaba probable contusión cerebral. Un cuadro clínico grave.
El chofer de la ambulancia no dijo una palabra, solo nos observaba, y con el cuidado que requería el herido y los procedimientos adecuados que yo conocía lo subimos a la camilla y luego a la ambulancia.
El chofer no esperaba esto, ya con el herido a bordo subió a manejar la ambulancia y al ponerla en marcha yo le grité dos veces: “Al Hospital Universitario, con sirena abierta y luces de emergencia”
La sirena no fue encendida por el chofer, ni las luces y casi a vuelta de rueda se dirigió al hospital Universitario.
El enfermo estaba en la camilla y yo procedía a revisar el cuerpo para ver si tenía otras lesiones o heridas pues seguía inconsciente y fue cuando estuve a punto de caer sobre el herido por una maniobra brusca del chofer de la ambulancia.
Todo el camino fue dando “volantazos” tratando de derribarme mientras yo con una mano me aferraba al tubo superior instalado en el techo de la ambulancia y me esforzaba por ver los signos vitales del herido.
La puerta de admisión del Hospital Universitario para ingresar heridos con ambulancia está en el segundo piso.
Los choferes de las unidades de emergencia suben la rampa hasta posicionarse frente a la puerta y proceder a bajar el herido.
Yo lo sabía muy bien.
Solo que a la llegada al hospital la ambulancia fue estacionada por el chofer debajo de la rampa para dificultar las maniobras con la camilla y el herido por la rampa.
“Menté infantil” pensé al darme cuenta de lo que había hecho, bajé de la ambulancia y desde ahí grité con toda mi fuerza dirigiéndome a la puerta de ingreso de heridos: ¡Camilleros! ¡Camilleros!
De inmediato tres hombres, al verme abrir la puerta trasera de la ambulancia bajaron corriendo y sin hacer pregunta alguna, me ayudaron a cargar la camilla hasta el segundo piso e ingresar al herido, yo conocía la rutina. Entré como socorrista a proporcionar los datos de mi apreciación de lesiones y recabar el nombre del herido, si es que lo identificaban.
Cuando cumplí con esta formalidad, yo solo bajé la camilla y la subí a la ambulancia mientras el chofer dirigía su rostro hacia otra parte para no verme de frente y guardaba silencio.
Ya a bordo de la ambulancia, esperaba que el chofer la pusiera en marcha y se dirigiera al puesto de la Cruz Roja pero esto no ocurrió.
No encendió el motor y bajó a fumar un cigarrillo tranquilamente.
Yo guarde silencio ante su actitud. Tenía que dirigirme al periódico para entregar fotografías y redactar se me hacía tarde. Ya pasaba de las seis de la mañana y el chofer seguía en su actitud.
Lo hizo reaccionar el llamado por radio de la central, le pedían su ubicación y la razón de estar en el lugar y le ordenaban regresar el puesto de socorro.
En el trayecto de regreso, pude ver lo que ocurría, el chofer estaba esperando ver llegar a la ambulancia del servicio médico forense para recoger el cadáver quizá para decir: ¡Te lo dije!
Con evidente malestar, el chofer regresó a la ambulancia y al llegar al estacionamiento del puesto de socorro yo bajé de inmediato a buscar un taxi para dirigirme al edificio de la policía a recabar más información y luego al periódico a escribir.
Al otro día por la tarde al llegar al puesto de socorros de la Cruz Roja el comandante del turno Andrés Castillo, salió de su oficina para acercarse a mi persona y me dijo, “Tememos que hablar” Y continuó: “Que pasó ayer durante la atención al herido de atropello de la calle Zaragoza”.
Yo guardaba silencio hasta que dijo “Ya lo sé todo, tengo el informe del oficial de tránsito que solicitó el auxilio al atropellado, eres voluntario, yo soy tu comandante y amigo”
Y relaté lo ocurrido para recibir como respuesta del comandante: “Ya lo sabía, lo tengo por escrito del oficial de tránsito, solo quería escuchar de ti para corroborar, sabía que no me dirías mentiras”
Luego en silencio regresó a su oficina de la comandancia de operaciones de la Cruz Roja.
Pasaron varios días, yo me olvidé del incidente y acostumbraba acudir a la misma hora por las tardes a un café del centro de la ciudad antes de ir a la Cruz Roja a iniciar mis labores como periodista. Y ahora lo sabía con seguridad, también como socorrista voluntario.
Estaba solo en la mesa, cuando se acercó un hombre diciendo mi nombre. Era el chofer de apellido Valero con el que había tenido el incidente.
Lo habían despedido de la Cruz Roja.
Sus palabras fueron estas: “Yo tengo familia, hijos que mantener, necesito el trabajo, habla por favor con el comandante Castillo para que me regresen mi puesto de chofer, necesito el trabajo”, estaba visiblemente nervioso, desesperado.
Yo medité un instante mi respuesta. Y le dije: “Recuerdas aquel herido por atropello que te negabas a atender?, ¿El ocurrido en las calles Zaragoza y Allende? yo te pregunto ahora, Si hubiera sido tu padre o tu hermano, ¿también le hubieras negado la ayuda?
El hombre guardo silencio, su rostro se puso serio, se paró de la mesa y caminó hacia la puerta de salida de la cafetería.
Yo seguí tomando mi café con toda tranquilidad viéndolo alejarse de mi mesa. Y nunca más supe del tipo, no así de mis conocidos de la Cruz Roja con quienes aún tengo contacto. Y siguen siendo mis amigos.








