enero 21, 2026 11:18 pm
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EL CASO DEL «VIOLIN»

EL CASO DEL “VIOLIN”

“YA NO LO VUELVO A HACER, PATRÓN”

Crónicas policíacas

Por: Rene Martínez

Ocurrió según recuerdo cerca de la medianoche, una de esas tranquilas noches de verano apacible, en que había llegado al cuartel de la policía municipal desde temprana hora, antes del acostumbrado cambio de turno, como lo hacía siempre.  

Eso me daba oportunidad de conversar con los uniformados sobre los sucesos relevantes del día, cuando tu turno justo terminaba, y muchos accedían a conversar conmigo, mientras se dirigían al banco de armas a entregar la que habían recibido de “comisión”, las armas “de cargo”, pistolas; revólver calibre 38, y escopetas 12 milímetros, una que otra arma M1. 

La tropa de municipales se formaba en el patio, antes de la salida de turno y había pase de lista para luego el consabido rompimiento de filas. Luego se alineaban los policías del turno entrante para la misma rutina el conteo y la recepción de órdenes. 

Los grupos especiales de reacción traían otros horarios, igual que los de vigilancia escolar y bancaria. 

Pero el grueso del grupo de policías realizaba a esas horas de la tarde el cambio. 

Yo esperaba en la banca frente a la barandilla a que ellos realizaran el acto cotidiano. Luego la entrega por parte de unos de las patrullas y la recepción de otros. 

Yo no formaba parte de las filas policiales, era un espectador de lo que ocurría, acudía a diario para buscar la noticia. A buscar las historias que se publicarían al otro día en el periódico, ese era mi oficio. 

Muchos uniformados me evitaban, lo sabía desde hace años, los que tenían antecedentes penales o historias oscuras y a pesar de eso continuaban laborando y vistiendo el uniforme, yo no los molestaba. A final de cuentas, nadie quiere ser policía, solo un puñado y siempre hay vacantes en esas corporaciones.

Gran parte de ellos se alistaron en las filas luego que se retiraron del boxeo, otros de la milicia, o de la lucha libre o cualquier deporte de contacto, saben defenderse y atender contingencias, algunos no tienen cultura, es una masa de elementos diferentes que, solo agrupa el uniforme y la voz de mando de un sargento o comandante.  

Hacía décadas, había aprendido a mezclarme con ellos, a hablar su lenguaje a fuerza de la convivencia diaria, lo cual me daba algunos privilegios, pero más que eso contaba el no hacer como otros periodistas que dividían su turno de ocho horas entre cuatro o cinco de la guardia en los puestos de emergencia o las corporaciones policiales y otras cuatro en la redacción para elaborar sus notas. 

Yo pasaba la mayor parte del tiempo entre los cuarteles de policía, o los puestos de emergencia, eso me daba el doble del tiempo para captar la noticia, era un recurso simple, de lógica que a otros se les escapaba y no entendían cómo se elaboraban las noticias que yo recababa, pensaban que tenía una gran red de informantes, lo cual era cierto, pero la base estaba en la disponibilidad, en estar en el momento justo en el lugar preciso y esa era mi disciplina. 

Claro que daba resultados. Muchas noticias exclusivas publicadas en primera página del periódico del mediodía. 

No me gustaba abordar patrullas siempre, así que pude ver como los vehículos de la policía abandonaban el patio uno a uno. 

Que hicieran su trabajo, si realizaban una detención importante, yo estaba ahí para recibir el detenido antes de que ingresara a celdas. 

Si ocurría un accidente fuerte, ellos me movilizarían, solo debía de estar en contacto con la planta de radio. Y ellos siempre avisaban. 

La noche fue avanzando, con incidentes menores, no a todos los detenidos entrevistaba, solo a los que hubiesen cometido un delito. Las faltas al reglamento de policía y buen gobierno no ameritaban ser materia de noticia a menos que se tratase de un suceso extraordinario totalmente. 

Esos que incurrían en faltas serían liberados tras pasar unas horas de arresto en las celdas o pagar una multa. 

Con los años llegué a conocer a muchos de ellos, clientes frecuentes de la barandilla de la policía. Y poco a poco, sin que me diera cuenta, los delincuentes también me reconocían, no sólo los policías, esto era algo que ya había aceptado y sabía cómo manejarlo sin problema alguno. 

La noche avanzaba, aparentaba ser una “guardia tranquila” Uno de los radios de servicio de la policía estaba cerca de donde yo me encontraba, podía escuchar los reportes codificados de cada patrullero y cada caseta donde había un gendarme de guardia. 

Se escuchaban muchos “Sin novedad” y “enterado, pendiente”, era la rutina de la planta de radio, casi me toma distraído cuando se escuchó el mensaje de una patrulla que recorría la periferia de la ciudad. 

Reportaba atender la queja de unos vecinos, por escándalo en la vía pública. Pero no solo eso, sino que profirió fuera de la codificación normal algunas frases que no entendí, en ese preciso momento. 

Minutos después se escuchó la voz del patrullero reportando que había logrado la detención de un presunto delincuente y se lo había “quitado a la gente de la colonia”. 

Eso me intrigó totalmente y procedí a encaminar mis pasos a la planta de transmisiones de radio a preguntar, el oficial encargado de internar detenidos a celdas me saludó con una sonrisa, su calzado siempre bien lustrado y el uniforme muy limpio, totalmente impecable como el acostumbraba ser, le devolví el saludo, pero no la sonrisa. 

El juez calificador estaba ocupado realizando los oficios de su cargo y redactando escritos, tal vez informes o relaciones de trabajo, ni siquiera me interesaba. 

No alcancé a llegar a la planta de transmisiones para hablar con el oficial responsable pues uno de los comandantes me interceptó a mitad del camino. 

Me vio muy serio, como lleno de dudas, y solamente me dijo, “espérate en el patio, te conviene” Lo conocía desde hace años, sabía que era confiable y sincero ya que muchas veces me proporcionó datos que a otros periodistas no se les comunicaban. 

Ellos me respetaban, pues muchas veces me tocó recibir las mismas agresiones que ellos recibían, hasta balazos y adoptaba la misma postura de los policías. Guardaba silencio, pero continuaba haciendo mi trabajo, captando imágenes con la cámara, muchas veces en el sitio mismo donde se originaba el conflicto. 

Eso era el oficio, yo lo sabía, me arrojaban las mismas piedras que a ellos y también las mismas balas esporádicamente. 

Y todo eso era porque me confundía entre ellos, pero sin ser policía, esa era la única diferencia yo solamente ejercía mi oficio, ser periodista. 

Opté por regresar al patio en los momentos en que el oficial que intervino en el caso reportaba que llevaba el detenido hacia el puesto de socorros de la Cruz Roja para que le realizaran un dictamen médico y establecer su salud, así mismo que no presentaba lesiones ocasionadas por su captura. 

Ese era un procedimiento de rutina en cualquier detención. Y se aplicaba rigurosamente en cada arresto. 

Ya había regresado a la banca que estaba frente al patio, donde se estacionaban las patrullas, pues ahí llegaban también las que traían a los detenidos a celdas. Era en ese lugar donde me tocaba esperar como siempre en silencio la llegada del capturado, tomar las fotos y esperar a recabar los datos de la historia. 

Ni siquiera estaba preparado mentalmente para lo que iba a ocurrir. Pero me di cuenta de que era algo grave cuando en silencio una a una, fueron ingresando todas las patrullas en servicio al patio del cuartel, pero no llevaban detenidos. Sin que la central de comunicaciones de radio lo mencionara, se reunían todos en el patio en silencio y al igual que yo esperaban. 

Nunca había visto que ocurriese eso. Pero tampoco pregunté nada.  

Cuando menos lo esperaba salió al patio el director de la corporación, y pasó caminando a un lado de donde yo me hallaba y siguió avanzando hasta el centro del patio, justo en el momento en que la patrulla entraba por el portón de acceso llevando a un hombre detenido de una edad aproximada a los veintitrés o veinticinco años, moreno, delgado no muy bien vestido, y cuando los oficiales lo bajaron de la patrulla yo ya estaba tomando fotos. 

Lo pararon frente al director de la corporación y los dos oficiales le custodiaban a los flancos. Uno de ellos a manera de informe le dijo al director “Este es jefe”. 

El detenido permaneció de pie frente al jefe de la corporación, lo miró un instante y apenas alcanzó a murmurar  “Ya no lo vuelvo a hacer patrón”. 

La mano derecha del jefe de la policía se descargó de lleno en la mejilla del detenido aun esposado que del golpe fue derribado al piso. 

Los oficiales que habían llegado al cuartel bajaban ya de sus patrullas y se acercaban con paso lento hasta donde se desarrollaba la escena. 

Fue entonces cuando se inició la golpiza frente a mí. Yo, decidí bajar la cámara, meterla en el maletín mientras el jefe de la policía murmuraba, “hijo de tu put4 m4dr3”, Y en ese momento volteó su rostro hacia mí, el hombre iba en dirección a su oficina privada dentro del cuartel y me dijo “¿Quieres un café?” 

Di la espalda a la violenta escena. Se escuchaba el ruido de golpes y los gritos de dolor del detenido al recibirlos, caminé con aquel hombre hacía un negocio ubicado enfrente del cuartel donde pedimos que nos sirvieran una taza de café a cada uno. 

Los vecinos de una colonia de la periferia de la ciudad, habían escuchado un grito en un baldío y uno de ellos se aproximó de inmediato para ver que el hombre, que ahora estaba detenido, llevaba a una niña hacia el centro del terreno donde la maleza era espesa, una pequeña de cuatro años y lo siguió de cerca hasta que vio que la derribaba al piso y le arrancaba la ropa. 

Los gritos del hombre pidiendo apoyo movilizaron a los vecinos del barrio y uno de ellos alcanzó a dar aviso a la policía, eso evitó la agresión a la pequeña. La rápida llegada de los uniformados al sitio pudo también evitar que el grupo de vecinos lo linchara. Y así fue detenido y conducido al cuartel. 

Yo meditaba en las palabras del tipo ya detenido “Ya no lo vuelvo a hacer patrón”, antes de recibir el primer golpe. 

También en el primer párrafo de la historia que tendría que escribir para publicarse en el periódico al día siguiente: “La oportuna intervención de la policía pudo evitar que el agresor de una pequeña fuera linchado luego que lo sorprendieron cuando intentaba afectarla dentro de un solar baldío».