EL CASO DEL MALDITO HURACAN, EN EL VERANO DEL 83
Crónicas policíacas
Por: Rene Martínez
Camino en silencio a unas horas de haber regresado a la ciudad. Me acerco poco a poco al cuartel de la policía. Sé lo que voy a encontrar, sin duda alguna, el saludo casi sordo despersonalizado totalmente del comandante de guardia, que ha pasado la noche en vela o parte de ella en vela; dormitando a ratos pues nada importante ocurría.
Las teclas de las máquinas de escribir que repiquetean en el departamento administrativo de la policía, la elaboración, casi en silencio, de la lista de los detenidos que pueden significar noticia para el periódico del mediodía.
Maldito huracán. Aún me parece escuchar el ruido del volar de los techos de lámina del caserío mientras esperábamos en un rincón urbano dentro de un auto estacionado que acabara de entrar en el puerto y nos llegara el “ojo”, la parte de la falsa calma que tampoco sabíamos cuánto iba a durar pues es impredecible.
Entre las sacudidas que se daba el auto, preparaba un sándwich de aguacate con jamón, en esos momentos, afuera la naturaleza se desbocaba.
Se aglomeraban los recuerdos en mi mente, una imagen tras otra, los refugios donde familias completas amontonadas aguardaban y en el rostro de cada uno de ellos se dibujaba el desconcierto, la mirada serena de los brigadistas que repartían cobijas y comida horas antes de la llegada del fenómeno a las costas.
Vientos que hacen recostarse las palmeras en la playa, pero no se quiebran, esas fotos las publicaría la agencia Reuter al día siguiente, pero eso aun no lo sabía, no imaginaba que esas imágenes captadas por mi cámara le darían la vuelta al mundo y tal vez cientos de editores tendrían que escoger alguna como opción para ilustrar la portada y lo que ahí pasaba tal vez solo para agregarle unas líneas de texto, un huracán siempre es noticia.
Ese era mi motivo de estar en el puerto, lejos de casa, de los compañeros de trabajo, de la rutina diaria, para ese instante ya habíamos recorrido casi toda la ciudad y la playa de donde nos echaron fuera un grupo de militares que salieron de su refugio, que era un auténtico bunker, para pedirnos que nos alejáramos de la playa y nosotros contestamos haciendo funcionar las cámaras. El grupo de militares que avanzaba despacio inclinando mucho sus cuerpos para evitar ser derribados por la fuerza del aire, pero obligados a salir por nuestra presencia en el sitio, en una playa solitaria que golpeaba el viento y las olas con fuerza.
Son solo fotos, me repetía una y otra vez mentalmente, pero la adrenalina fluía dentro, lo sabía, tenía todos los sentidos alertados, pero este era un estado al que me había acostumbrado con el paso del tiempo, tal vez por el oficio.
Me dispuse a comer el emparedado que había preparado lentamente. El carro se balanceaba una y otra vez, al recibir el impacto lateral del viento, el ruido de las sirenas de alerta se mezclaba con los que provocaba la naturaleza en su furia.
Luego, repentinamente la calma, un silencio que se antojaba criminal después del escándalo tal de la naturaleza provocado al tocar el huracán la costa. Al frente la calle solitaria, no había gente en las calles, ni vehículos circulando, las ventanas de las casas cubiertas con madera clavada para que no se quebraran los vidrios. Una ciudad que se antojaba fantasma pero que en tiempos normales estaba llena de bullicio.
Era lo que esperaba, la llegada de ese lapso de silencio en que hasta la intensidad de la lluvia desaparecía, ya lo conocía, como se identifica a un viejo amigo, Miré a mi compañero de cobertura y le dije: “Es tiempo de salir de la ciudad y emprender el regreso a toda prisa”.
Había que lograr el ojo, poner en marcha el vehículo y buscar la carretera para estar seguros de que podríamos alejarnos de la costa a toda prisa.
Con un lienzo de tela terminaba de secar el equipo, sabía que la lluvia azotaría con fuerza en cualquier momento de nuevo y solamente esperaba que nos alcanzara a distancia suficiente de la costa para que hubieran perdido fuerza los vientos.
El vehículo fue puesto en marcha a toda prisa. Iniciábamos el regreso, yo revisaba los rollos de película, cuantos, en blanco y negro, así como los de color, los entregaría en el periódico al laboratorista separados para que no tuviera problemas al procesarlos, en esos momentos esa sola idea ocupaba mis pensamientos, ver las fotos reveladas e impresas.
Luego, que el editor hiciera su trabajo, serían fotos exclusivas en la ciudad y quizás en toda la zona del país, pues en el lugar donde golpeó, no había otros periodistas con nosotros haciendo el trabajo.
Una exclusiva local. La idea me hacía sonreír.
Al otro día ya habían pasado varias horas desde mi regreso a la ciudad, las fotografías se lograron, son las primeras horas de la mañana, el periódico ya circula. Las fotos están en la primera página y llevan mi firma.
Las calles inundadas, las casas cubiertas casi hasta sus techos por el agua y algunas lanchas de remo navegando por lo que fueran las calles de la ciudad y ahora parecen corredores de arroyo grueso de agua.
El periódico que vi lleva las fotografías más impresionantes, Igual que el artículo principal de la portada, con el agregado a la firma de la tradicional leyenda “enviado especial”. Lo veo en un estante de un distribuidor de periódicos. ¿Enviado especial? Me sabe a burla, ni siquiera me enviaron, me prohibieron que fuera, partimos con nuestros propios gastos arriesgando hasta el sueldo.
Ahora ya sé que me regresarán los gastos. Siempre ha sido así. Y tal vez vendrán algunas palmadas en el hombro, pero no me felicitarán por eso. Lo sé bien.
Pero no habrá ningún aumento de sueldo, ni premio efectivo especial, solo la envidia y rencor de los compañeros tanto de mi periódico como quienes laboran en otros medios rivales y a quienes les hubiera gustado esa firma de primera página, pero no fueron al lugar.
Con el paso de los años me he acostumbrado a ser uno de los periodistas más odiados entre los compañeros. Comprendo que sus sentimientos y que no me tengan buena fe. Nunca soy bien recibido entre ellos, muchos me conocen, pero fingen no verme al cruzarse conmigo para no saludarme, a veces en reuniones escucho como murmuran insultos al verme.
Todas esas actitudes me hacen sólo sonreír. Es el precio de que me guste hacer mi trabajo y tratar de hacerlo siempre de la mejor manera posible.
Retiro la mirada del estante de periódicos y recuerdo a donde voy. La delegación de policía está cerca, puedo imaginar la voz del carcelero llamando por su nombre a los detenidos de hoy a quienes habré de tomar las fotos. Las historias que llevará la sección de la nota roja de la edición de este día. Apenas inicio el proceso de recabar la información, y no hubo accidentes importantes en horas de la madrugada.
Entonces recuerdo que, por instantes, alcancé a llegar antes del cierre de la edición y pudieron modificar la portada del periódico para insertar las fotos y la historia del huracán.
Mis pasos avanzan hasta la puerta de entrada del cuartel policial, voy a caminar hasta cerca de donde se encuentran las celdas.
Pero mi mente sigue evocando las imágenes, los ruidos estremecedores de la lluvia y el viento. Los militares, los refugiados, las calles anegadas por las que era imposible circular con el vehículo, los rostros de la angustia y desesperación. Como se apilaban las fotos en la mesa del editor. Imágenes fuertes.
Pronto habrá informes oficiales. Dirán que no hay muertos. Ni desaparecidos y que las pérdidas fueron mínimas a raíz del fenómeno meteorológico. Pero, yo sé lo que vi y pude vivir. Que digan lo que quieran los voceros oficiales. ¡No vivo de ellos!
Maldito huracán







