EL CASO DE LOS POLICIAS CON BALAS DE JUGUETE
Crónicas de un reportero policíaco
Por: Rene Martínez
Lo recuerdo como si fuera ayer, a pesar de que ocurrió hace décadas.
El reloj había marcado las tres de la tarde y habían cerrado las fiscalías del Estado y la mayor parte de las oficinas de los Juzgados que estaban en el edificio de Palacio de Justicia ubicado, en aquellos años, frente a la penitenciaría estatal, en la colonia Topo Chico.
Solo permanecía el personal destinado a la guardia, para que siempre hubiera una fiscalía disponible. Los demás terminaban su turno y abandonaban el edificio.
Yo había sido designado, desde varias semanas atrás, para cubrir la información referente a estos lugares, tales como: sentencias, careos de los procesos que enfrentan los acusados y cualquier cosa de importancia que pudiera surgir en las oficinas de los Juzgados, y a diario acudía al lugar para hacer mi trabajo.
Y como los juicios son públicos en nuestro país, no había problema para observar lo que ocurría siempre y cuando uno guardase la compostura al contemplar los procesos y solicitar posteriormente la información.
El caso es que al cerrar las oficinas ya no fluían noticias y era tiempo de abandonar el lugar y acudir a la redacción del periódico a escribir lo recabado durante el turno.
Los demás periodistas consideraban un «castigo», ser asignado a cubrir la información en el lugar, pues tenía varios inconvenientes, por ejemplo, antes de la creación del sistema de transporte del «metro», era necesario abordar dos camiones para llegar al lugar, inclusive, desde algunos puntos del centro de la ciudad.
Otro de los problemas es que estaba demasiado retirado del centro, lo que implicaba mucho tiempo de traslado y yo en aquellos años residía en el municipio de ciudad Guadalupe, la cosa es que, al abordar un camión hacia el lugar, perdías demasiado tiempo durante el trayecto, tanto de ida como de regreso.
El otro de los problemas es que se requería de conocer un poco de leyes, para descifrar el lenguaje usado por los abogados en los juzgados y el código de procedimientos penales, para entender lo que pasaba en las agencias del Ministerio Público y las determinaciones de los Jueces Penales.
Yo sonreí cuando me asignaron esas coberturas. Mi casa estaba a una cuadra de la estación del metro, en ciudad Guadalupe, más de veinte años atrás cuando era nuevo en la ciudad y en el periódico fue la primera asignación que recibí y enfrenté precisamente esos problemas, o sea que nada era nuevo para mí.
Así que salía de la casa a la hora que quería, abordaba el metro y en veinte minutos ya estaba en el edificio del Palacio de Justicia, por si esto fuera poco, un hombre que yo había conocido de escribiente en un Juzgado ya era Juez y me reconoció de inmediato.
Me presenté ante el director de la penitenciaría y nos caímos bien, así que tampoco tendría dificultades para realizar mi trabajo en el lugar.
Así que cuando terminaba mi labor, el metro me conducía rápidamente al centro de la ciudad, al llegar al periódico terminaba rápido mi trabajo.
En realidad, lo que a otros periodistas les parecía difícil, a mi manera de ver las cosas era la cobertura más simple y sencilla.
Justo frente a la puerta principal del edificio habían instalado una máquina expendedora de sodas en lata, que le introduces las monedas en un conducto, y en caso de quedar atoradas presionas un botón y te regresa las monedas, que tal vez por estar una defectuosa o pegajosa obstruye de alguna manera el conducto por el que pasan.
Pero algún mañoso de la empresa le había quitado el botón de la devolución de monedas atoradas por lo que, si se atoraba alguna, perdías tu dinero.
Poco a poco el largo conducto se iba llenando de monedas atoradas pues no había manera de liberarlas.
Cuando pude darme cuenta de eso esbocé una sonrisa. Yo conocía esos sistemas, pues había aprendido a reparar esas fallas años antes, por diversión.
Así que antes de abandonar el edificio acudía a la máquina, que ya tenía todo el conducto lleno de monedas atoradas y al no tener el botón que se presionaba, estaba lleno de morralla.
A esa hora la máquina estaba sola, pero yo sabía que punto de la máquina presionar suavemente para liberar las monedas que se hallaban obstruyendo el conducto.
Luego que lo hacía, la máquina devolvía un puñado de monedas equivalente aproximadamente a diez o quince pasajes de camión.
Recogía las monedas, salía y se las cambiaba a un comerciante, de los que estaban fuera del penal, pues ellos requerían esas monedas, que me cambiaban con gusto por billetes y eso significaba un ingreso diario variable para mí lo cual también me divertía.
Ya me dirigía a la estación del metro para abordarlo cuando, en el radio de una patrulla estacionada, escuché que reportaban un asalto a mano armada a la clínica cuatro de ciudad Guadalupe en esos momentos.
Traté de pensar rápido, ¿Y si yo fuera delincuente? luego del asalto ¿por dónde huiría para escapar? Lo entendí rápido, la ruta de escape que seguirían era la carretera a Reynosa, por estar cerca de la clínica y tener más fluidez de tráfico vehicular.
También me preguntaba ¿Como supieron los delincuentes la hora de la entrega del dinero a la clínica para pagar los sueldos? Definitivamente, alguien que labora en la clínica les informó.
Dejé de pensar en esas cosas y abordé el metro al tiempo que preparaba mi equipo fotográfico para ponerle rollo nuevo a la cámara.
Pronto estuve frente a la última terminal en ciudad Guadalupe y ahí abordé un auto de sitio (taxi) pidiendo al chofer que se dirigiera hacia la carretera a Reynosa.
Frente a un baldío ubicado en la colonia Olímpica, vi a dos patrullas estacionadas que pertenecían a la Policía Municipal y bajé del auto de alquiler, luego de pagarle sus servicios al chofer.
Entre el grupo de oficiales que estaban al lado de las patrullas, que intuí que habían seguido a los asaltantes, se encontraba el oficial de apellido Varela, asignado a comandar al grupo de reacción, y me dirigí hacia el preguntando qué pasaba.
Estaba muy enojado, y me señaló el frente de las patrullas. Eso fue al preguntarle porque no habían seguido a los ladrones.
«Hubo balacera» dijo solamente.
Los oficiales me mostraron los impactos de bala que habían hecho blanco en el frente de las dos patrullas y uno de los vidrios estrellado por los proyectiles.
Conociendo el valor del oficial, seguí preguntando, ¿y por qué razón paraste las patrullas?, ¿acaso no traen pistolas ustedes o no saben disparar?
Se mordió el labio al tiempo que sacaba el revólver que llevaba en la cintura calibre .38, y procedió a abrir la mazorca del mismo como si fuera a retirar casquillos vacíos y me lo mostró.
No declaró nada, pero pude ver el reverso de las balas de la pistola, estaban percutidos varias veces los casquillos, pero aún estaban completas sin accionarse.
Eso ponía en claro todo, trataron de responder los balazos de igual forma, pero los proyectiles de los policías nunca accionaron, optaron por detenerse y dejarlos escapar.
Tomé las fotos de las balas inútiles al tiempo que otro de los policías me decía: «Nos dan balas que no sirven, para abastecer las armas.»
Me dispuse a tomar otras fotos del frente de la patrulla donde se veía los impactos de bala realizados contra los policías por los asaltantes.
Me despedí de los oficiales con dirección al periódico, a escribir las noticias del día.
Meditaba, en lo ocurrido, escribiría la noticia del asalto a la clínica 4 del Seguro Social, los periodistas de otros medios no habían acudido al lugar, las fotos eran exclusivas de mi periódico.
¿Cómo publicar que las balas de los policías no servían? era decirles a los delincuentes abiertamente que los policías municipales de la ciudad estaban indefensos.
Nada bueno podía salir de ahí.
Era darle motivos al hampa para realizar más robos violentos. Me decidí a publicar la noticia subrayando el valor de los oficiales al enfrentar los asaltantes, que disparaban en su contra impactando los proyectiles las patrullas, pues de eso tenía fotos, terminando la nota con que los ladrones lograron escapar con varios millones de pesos como botín.
Se llevaron los sueldos de todo el personal de la clínica, médicos, enfermeros, barrenderos y empleados administrativos.
Unos días después me enteré que los policías habían sido dotados con cartuchos nuevos comprados directo a la fábrica donde los elaboran.
Y esas balas si funcionaban. Mi consciencia pudo recuperar la paz.
Alguien supo que yo me enteré de lo que pasaba. Y se ocupó de surtir buenas balas a los uniformados.
Una pregunta me quedó entonces. ¿Y si un oficial de policía hubiera resultado mal herido o muerto por las balas disparadas por los asaltantes? Pero, afortunadamente no fue así. Y por cierto, los ladrones nunca fueron identificados, ni detenidos.







