junio 13, 2026 9:13 am
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EL CASO DE «LOBITO»

Crónicas de un reportero policiaco

Por: Rene Martínez

EL CASO DE “LOBITO”

Una tarde entró a las instalaciones de la Cruz Roja de Monterrey, caminando a través del portal que utilizaban para la salida y acceso de las ambulancias.

Era un adolescente muy callado, pero de aspecto un tanto siniestro. Los socorristas estaban de guardia frente a la comandancia, de donde emanaban las órdenes para choferes, ubicado precisamente dando frente al patio donde se estacionaban las unidades de emergencia.

A un costado de la comandancia y recepción trasera de la Cruz Roja, se hallaba el cuarto de socorristas, amueblado con camastros donde se les permitía dormitar al personal que cubría los turnos de noche.

Esa puerta de acceso siempre estaba cerrada.

Frente al patio, los socorristas de turno aguardaban la orden de salida para la ambulancia a la que estaban asignados, listos para abordar en caso de movilización.

No había gritos, nunca, el comandante de turno para movilizar una ambulancia oprimía un botón, una luz se encendía y una ambulancia se movilizaba encendiendo los faros de emergencia inicialmente ante lo cual abordaban los socorristas y salían a cubrir una emergencia.

Hasta allí llegó caminando el muchacho. Todos lo vimos, pero nadie expresó una palabra. No era un adolescente aún seguía siendo un niño a punto de entrar en la adolescencia, se dirigió al grupo de socorristas y sonrió al tiempo que alargaba su mano en señal de saludo.

Su aspecto era siniestro, sufría de una enfermedad en la piel que se le manifestaba fuertemente en el rostro: Hipertricosis, que se manifiesta como exceso de pelo en la piel y en el rostro.

La apariencia de su cara era casi igual a la del “hombre lobo” de las películas de Hollywood, pero su conducta era afable, amigable y se le notaba en exceso la inocencia.

La misma enfermedad le impedía hablar y se comunicaba mediante señas.

Ningún socorrista le hizo un desdén, alguien sacó una pelota de fútbol, y se fueron a jugar al fondo del patio del estacionamiento como lo hacían habitualmente y en silencio, el joven recién llegado se unió de manera torpe al juego y entre carcajadas y risas de los jóvenes socorristas.

Lo apodaron desde ese día “Lobito” y de tarde en tarde llegaba a jugar con ellos.

Yo solía invitarle una soda que teníamos que traer desde fuera del puesto de socorros, y que aceptaba haciendo ademanes de alegría.

Las tardes que pude convivir con él eran de bromas a señas, nunca le vi una actitud violenta y cuando se iba despedía de cada uno de los socorristas con un abrazo.

Yo, a veces, no llegaba con las manos vacías, antes de llegar al puesto de socorro en el trayecto compraba dos pollos fritos, y cuando llegaba lo compartía con los socorristas del turno de tarde que cooperaban entre todos para comprar un kilo de tortillas y salsa.

Otras veces era una bolsa grande de pan de dulce y dos litros de leche y ellos agregaban, a veces, café ante lo cual “lobito” también estaba invitado y se agregaba a todos alegremente.

Uno de los socorristas contó que su enfermedad era hereditaria y que conocía a su familia y varios de ellos tenían ese aspecto.

Los socorristas nunca lo rechazaron ni yo tampoco.

Nunca recibió un mal trato o un gesto de rechazo el tiempo que acudía a convivir con los voluntarios, todos ellos muy jóvenes mientras los choferes observaban en silencio desde cada ambulancia sin hacer ningún comentario.

Yo iba todos los días como periodista y me agregaba al turno de tarde de los socorristas y cuando no había personal suficiente el comandante de turno en aquellos años José Castrillo, me asignaba a una ambulancia como si fuera socorrista, ellos mismos me habían habilitado y de ellos aprendí primeros auxilios.

Poco a poco con el paso de los años, había aprendido el administrar primeros auxilios a un herido o enfermo, sabía cómo atender fracturas, hemorragias, contusiones y otras cosas, además de ser miembro honorario del grupo de rescate.

Estuve así laborando muchos años, pero a “Lobito” solamente lo vi unos cuantos meses y esporádicamente ya que no acudía a diario a convivir con los socorristas y a mí me tocaba todos los días ir en el turno de tarde.

Lo veía disfrutar intensamente jugando fútbol con los muchachos en el patio a veces, otras solamente acompañando al grupo en silencio.

Un día dejó de acudir de visita al puesto de socorro. Nunca más lo volvimos a ver, y a todos nos quedó solamente el recuerdo amable de su presencia.

Tal vez por eso no disfruto de ver películas del hombre lobo. Ahí aprendí que quien tiene esa apariencia no es un monstruo, es un ser humano enfermo, que sufre el rechazo total de su comunidad, de la gente de la ciudad, pero con los mismos sentimientos y actitudes de cualquiera de nosotros.

Solo lo hace diferente el problema de su piel, y la manera en que reacciona la gente al verse en su proximidad. Y eso pone a mediar a cualquiera.

Espero que se encuentre bien donde quiera que esté y también que haya encontrado otro grupo de amigos que lo acepte incondicionalmente como lo hizo el grupo de voluntarios del turno de tarde de la Cruz Roja.

Porque sus problemas son solamente un accidente genético que marca una profunda diferencia con el resto de la comunidad.