EL CASO DE LA PRIMER MUJER POLICIA DE NUEVO LEON, Y QUE NUNCA HA SIDO RECONOCIDA
Crónicas de un reportero policíaco
Por: Rene Martínez González
En aquellos años, ser periodista de nota roja, en una ciudad de millones de habitantes, no era fácil. Yo era considerado por muchos como muy bueno, los nuevos compañeros no sabían los secretos de la profesión. Lo fácil que era cometer un error, donde localizar informes fidedignos de las corporaciones de seguridad, por ejemplo.
Otras veces por escribir una nota con datos falsos, pude ver como otros compañeros perdían su trabajo en un periódico de inmediato.
Uno de los medios escritos tenía como lema: “Si lo leyó aquí, es cierto”. La falsedad al publicar una información, aunque fuera por error, era muy sancionada.
Podía causar desde una suspensión, hasta el despido inmediato.
Por eso era importante verificar la información con las fuentes y que fuera obtenida de manera legal pues las versiones de testigos relataban “su impresión” de lo ocurrido y mentían sin darse cuenta por errores de apreciación de los hechos.
Así conocí a la Sargento de apellido “Breceda”
La primer mujer policía que hubo en el Estado y cuyo nombre no he visto en ninguna placa del recuerdo, ni de las organizaciones feministas, ni entre las mujeres destacadas de la historia contemporánea de Nuevo León, ni supe que hubiera sido homenajeada de ninguna forma a pesar de tener un expediente limpio en su carrera.
De tez morena, estatura promedio, de impecable uniforme y encargada por las tardes de la oficina de operaciones de Seguridad Pública del Estado así cumplió sus últimos años de trabajo antes de retirarse jubilada.
Ya estaba por dejar el oficio, cuando la conocí a finales de los años ochenta.
Me gustaba invitarle un café que yo mismo le llevaba a la oficina y conversar con ella al tiempo que tomaba la información de los partes policiales que yo revisaba y ella me facilitaba para que pudiera hacer mi trabajo.
Un brillo muy especial podía verle en sus ojos cuando le preguntaba sobre sus inicios como policía, sin ánimo de publicarlo, y reconocía que hizo la solicitud al no tener muchos estudios y batallar para encontrar trabajo.
Ella sabía que esto quedaría entre nosotros y que no se trataba de una entrevista para el periódico, y cuando alguna vez intenté hacerlo ella fue contundente al responder “Prefiero que no lo hagas, eso lo ven muy mal los jefes”.
Me relató que le pusieron muchas trabas, pero al verla sobresaliente en los exámenes psicométricos de admisión fue contratada y capacitada.
Pronto se vio que su presencia era necesaria.
Si una mujer era detenida en comisión de algún delito, los policías hombres no podían registrarla corporalmente, pues eso equivalía al delito de “tocamientos”, entonces se llamaba a Breceda para el registro y no había delito alguno si ella realizaba la revisión corporal a las detenidas.
En las redadas en bares, era requerida para escoltar y supervisar a la unidad que trasladaba mujeres detenidas, para vigilar que no se cometieran abusos contra ellas de ningún tipo por parte de sus propios compañeros uniformados.
Estaba muy orgullosa de haber logrado el grado de “Sargento” eso implicaba cursos, capacitación y mando sobre los oficiales nuevos, a quienes no les caía bien tener una oficial sargento mujer.
Ella sonreía al recodar, y también que fue requerida muchas veces para acompañar y cuidar en trayectos a esposas de políticos importantes de visita en el Estado o de funcionarios.
Su presencia en la policía se volvió importante para todos los oficiales, pues realizaba labores policiacas que los varones difícilmente podrían cumplir con aceptación popular.
Los nuevos policías la saludaban con respeto al ver las insignias sobre sus hombros que indicaban su grado y mando.
Además, era una mujer muy culta, de plática interesante y capaz de abordar cualquier tema.
Varios años después, me toco conocer otra mujer policía destacada, la comandante de sección Evangelina Torres, en ciudad Guadalupe.
Destacó mucho cuando, en la vigilancia nocturna que comandaba, al pasar por una tienda de conveniencia decidió bajar de la patrulla para comprar una soda dejando al acompañante en la unidad pues no tardaría más que unos instantes.
Su compañero se distrajo y permaneció en la patrulla, mientras ella entraba a la tienda al momento en que un asaltante apuntaba con una pistola a la cajera, para exigir que le entregara el dinero.
La comandante Eva, se lanzó contra el hombre armado logrando asir con sus dos manos la pistola y lo derribó y desarmó para luego someterlo, y sacarlo ya con las esposas de inmovilización puestas y subirlo a la patrulla.
Tuve que entrevistarla, y recabar su versión de los hechos.
De sus palabras sobresale una frase que recuerdo “No lo pensé ni un instante, al verlo empuñando el arma solo reaccioné y lo derribé, para luego desarmarlo”.
Su compañero llevó la peor parte. El arresto de un asaltante armado con una pistola hecho por la comandante y ni siquiera se había dado cuenta hasta que lo vio detenido.
Para dar risa, su estupidez, y para hacer brillar más la acción de la comandante.
En mi desempeño como periodista de información de sucesos conocí a muchas otras mujeres policías en diversas corporaciones.
Pero a mi forma de ver las cosas, destacan mucho la Sargento Breceda y la comandante Eva responsable de las acciones de dos doscientos hombres a su cargo, cada turno.
Y de ninguna de las dos he visto que se les haga homenaje alguno, ni se recuerde su nombre por los hechos destacados de sus carreras policiales. Una sola pregunta me sigo haciendo al recordarlas, ¿será por el hecho de que fueron mujeres muy destacadas en un oficio y profesión, que mayormente es ocupado por hombres?










