EL CASO DE LA ANCIANA Y SU MICROEMPRESA DE LIMOSNEROS
Crónicas de un reportero policíaco
Por: Rene Martínez
Para distraerme un poco del trabajo diario, busqué un área que era, para mi, bastante conocida.
La cafetería a donde iba cuando estaba en la preparatoria, que entonces se ubicaba al lado sur de la plaza de Colegio Civil, ese edificio que fue convertido en museo, pero que yo conocí como aulas de estudio del bachillerato.
La cafetería llamada entonces “La greca” ya no existía, pero aún estaba el ventanal donde me sentaba al pie del mismo mientras ponía en el piso el maletín con la cámara y los lentes fotográficos.
El traficar de los camiones urbanos continuaba como cuando yo era estudiante, por la calle Juárez haciendo una parada en la plaza.
Y del lado de la Calle Benito Juárez había varias bancas para que los paseantes pudieran reposar y en la esquina una parada de camiones, así que ahí se juntaba alguna gente para esperar la ruta que buscaban.
Era un lugar para mi demasiado familiar, de mis tiempos de estudiante, y me ayudaba a descansar del tedio del trabajo diario en el periódico.
Atardecía y me parecía escuchar aun las canciones que sonaban en la radiola de aquella cafetería, ahora cerrada por una razón que desconozco.
Descansando y cosiendo, en la banca que se hallaba más próxima a la esquina donde la gente esperaba el camión, una anciana se hallaba sentada muy entretenida cosiendo una pieza de ropa.
Una escena urbana bastante apacible.
Hasta que observé un niño, de alrededor de ocho años, bajar de uno de los camiones urbanos con algo en la mano que le entregó a la anciana que, en silencio, guardó de inmediato en su bolso de mano.
Eso llamó mi atención poderosamente, me pregunté que, si era familiar de la anciana, ¿cómo ella permitía que tras bajar del camión urbano se regresara a la parada solo?
Algo sucedía que no lograba entender y puse más atención aún en la anciana, hasta que pude ver que otro pequeño de casi la misma edad, pero vestido diferente, hacía lo mismo; bajaba de un camión, y se acercaba a la anciana le daba algo y regresaba a la esquina a esperar como cualquier pasajero lo haría.
Por instinto busqué el maletín donde estaba la cámara y me dispuse a observar la escena con un lente telefoto 400 milímetros que, a esa hora del día, funcionaba perfectamente y me acercaba la imagen aquella, verifiqué si la cámara traía rollo y lo cambié por uno nuevo, pues no quería fallar la secuencia.
A la anciana la acompañaban cuatro niños, todos no mayores a diez años, vestidos con ropa humilde y mientras ella simulaba coser prendas de ropa a mano, los pequeños subían a los urbanos a pedir limosna y al obtener algunas monedas de los pasajeros regresaban a darlas a la anciana que las guardaba.
Una y otra vez ocurría lo mismo a plena luz del día mientras la tarde caía lentamente. Yo permanecí observando la escena, pero esta vez a través del lente de la cámara y tomando secuencias de fotos del proceder de cada niño y de la anciana.
Hasta que empezó a oscurecer. La anciana tomó a los cuatro niños a su alrededor y subió a un camión urbano de esos que van a la colonia Independencia.
No basta un botón de muestra, así que al otro día a las cuatro de la tarde ya estaba yo posicionado en el mismo lugar. La anciana llegó, pero vestía otras ropas, los niños también.
Las patrullas estatales pasaban frecuentemente por el lugar, pero los oficiales sin duda buscaban alteraciones al orden público.
Y los movimientos de los niños y la anciana, no alteraban el orden público, los veían como limosneros.
Pude hacer varias decenas de fotografías que explicaban todo.
Eran más de veinte fotografías. Al otro día presenté el trabajo al editor del periódico con una breve historia, yo esperaba que se publicara un día después pues así era la rutina.
Nada salió publicado.
Yo me dirigí al mismo lugar para poner atención en lo que iba a ocurrir.
Cerca de las cinco de la tarde ahí estaba de nuevo la anciana con los cuatro niños, pero cuando menos lo esperaba llegó una camioneta tipo combi del DIF y le arrebató a los pequeños, a todos.
A la anciana también la subieron a otra unidad.
¿Cómo? si esto ocurría desde hacía mucho tiempo y las autoridades no habían intervenido, puse atención al entorno y a distancia prudente dos patrullas de Seguridad Pública del Estado, con personal a bordo dentro de la unidad observaban los acontecimientos, pero sin intervenir.
El periódico más importante de la ciudad para el cual yo trabajaba “No había publicado nada”.
¿Las autoridades del DIF adivinaron lo que pasaba?
Me parecía improbable.
Me dirigí entonces a la central de Seguridad Pública del Estado que, en aquellos años, a principio de los noventa, se hallaba ubicada en el cruce de las calles de Venustiano Carranza y Constitución.
Buscaba a la mujer anciana detenida, pero no estaba.
Yo no entendía.
El entonces director de la Policía Estatal al ser entrevistado solo dijo: El caso es del DIF, nosotros no intervenimos para nada.
No había ningún informe.
Pero si había un representante del DIF ahí y le pregunté sobre el caso y su respuesta me dejó maravillado; “No damos datos de niños, ni casos que estén relacionados con ellos”
¿Y la anciana?
Su respuesta fue que Ingresó al penal directamente, a disposición de la agencia del Ministerio Público.
Yo no tenía su nombre, y la podían haber internado de inmediato a la Penitenciaría o esperado el termino legal que comprende tres días para ser internada, mientras se desarrollaban las investigaciones.
No había manera alguna para mí de seguir el caso.
Eso me produjo mucha frustración.
Decidí hablar con el editor sobre la situación, y me dijo solamente “son niños y es impublicable”
Entendí.
Y me retiré en silencio.
Las fotos no fueron destinadas para publicarse. “Alguien” se las entregó al director de la Policía para que las autoridades accionaran y a cambio, el director de pidió que no se publicara nada, a cambio de alguna concesión personal o monetaria.
Eso era obvio.
Días después un policía me confió una historia. La anciana vivía en la colonia Independencia, y pedía prestados los niños a los vecinos para ir a pedir limosna, pero al oscurecer los llevaba a entregar a cada uno a su respectiva casa.
Lo supo porque su “novia” trabajaba en el DIF, dónde todos se dieron cuenta del operativo realizado con la vigilancia de la policía.
Permanecí semanas observando la misma esquina. Pero nunca volví a ver a ninguna anciana cosiendo sentada en la banca, ni a pequeños subir a los camiones urbanos a pedir dinero a los usuarios.
Tampoco yo volví a confiar en mi editor. Ni en el director del periódico.
Por dentro me decía que, si no se había publicado, al menos pude conseguir que se remediara el problema y se acabara el engaño a los usuarios del camión urbano.
¡Ya no había niños pidiendo monedas en esa esquina!











